El vértigo y los ecos: Notas sobre la lectura de Los demonios, de Heimito Von Doderer

Por: Guillermo Cóbena

A veces, en efecto, conviene simplemente respirar hondo, frotarse la frente con el torso de la mano y, recuperado el aliento, si bien con la sensación del hierro aún entre frente y nuca, alzar la cabeza para probar a ver de nuevo.
No se trata de extensión, de volumen (aunque son más de mil seiscientas páginas), el asunto va en realidad, netamente, de consistencia. Así, fuera de toda duda, la obra de Heimito Von Doderer (Viena, 1896 – 1966) es enorme, descomunal.
Primer y más grande teórico de la llamada novela total, el alemán apuesta a lo más en Los demonios: plasmar la vida toda a través, claro, de determinados fragmentos de esta, vastamente detallados. Y esto, apenas para empezar.
No siendo mi propósito llegar a la médula del monstruo, lo que excede por mucho mi capacidad, procuraré una cómoda aproximación, más allá de una lista de expresiones de asombro…


Iré tentando a partir de lo más obvio.
El aliento contempla un objetivo claro; lo consigue sobradamente mucho antes del primer centenar de páginas; el resto es asentamiento, convencimiento, aprehensión. Como parte de la magnífica conducción a través de los hechos, son de agradecer a cada paso el humor, la agudeza, lo mismo que los cambios de ritmo, el soberbio juego de perspectivas, una y otra vez; en suma, el permanente asombro. Hasta que se deja atrás el punto de cambio de la propia visión, trastornados los pareceres propios, ideas con las que uno acudió a la cita.
Es así que conforme madura la experiencia vivir en y con el libro , deviene el cuestionamiento, hondo. Siempre, a través del discurso, aunque se acomode mejor decir sistema, el mismo del que, prontamente y con asombrosa “naturalidad”, participamos. 
Es inevitable, entonces, un profundo extrañamiento: la interpretación con que al cabo se nos tienta a concebir la realidad de la novela como la realidad toda, más allá, incluso de su época, revela repentinamente iluminadas las aristas, los márgenes aparentes de una posición personal propia: constan las huellas de los golpes, los ecos del impacto, el desajuste de las lentes, patente en la propia auto evaluación.
La luz refractada que diría Juan Pablo Torres  por gracia del libro en las veces de prisma de Newton, se descompone en múltiples ideas, concepciones particulares, etcétera; nuestro bagaje. Tal contenido será, según el caso y la ocasión, confirmado, cuestionado, agitado, desmentido.
Vaya forma de lograr vigencia. Es, por decir lo menos, abrumador.



Tomar aire, nuevamente… Permítaseme.
La impresión se grabará; el vértigo, por otro lado, sí, pasará, pero al cabo de buen tiempo (lo que hará necesario elegir con el mayor cuidado posible las próximas lecturas, no se nos vayan a caer de las manos por resultar en comparación apenas esmeradas, atrevidas narraciones)…
Recuperar el aliento, y aclimatarse nuevamente, remontada la cima… que excede los ocho mil…
Acudir a otros nombres de altura suele funcionar…

Afirmó alguna vez George Steiner parafraseo , que no ha habido otro escritor que, como Proust, haya alcanzado a desarrollar por completo sus planteamientos filosóficos a través de la ficción. Cerca, nada más Robert Musil, antes que Elias Canetti, cuyo Auto de fe, decía, representaba más bien, al caso, una postulación prematura (lo que es más que discutible). Finalmente, dejaba de lado, con acierto, a Thomas Mann, que se servía de tesis preexistentes para edificar extraordinarios monumentos a la sensiblidad; y a lo mejor convenga hacer lo mismo con Hermann Broch, que llevó al extremo, con la ficción y en ciertos casos su discurso desnudo, múltiples cuestiones planteadas desde el límite mismo del pensamiento “moderno”, superando también en sensibilidad, por apuesta de la propia integridad aquella suerte de instancia última de la retórica: la forma clara de los argumentos, por una propuesta auténticamente plástica de la realidad, el tiempo y la humanidad…

Bien, Von Doderer, como mínimo entrega un sistema completo para la comprensión de su texto y ahora sí que conviene pensar en el número de páginas, en el tiempo, la experiencia que importa pasar por ellas , que excede sus fronteras para penetrar en la vida misma, en nuestras historias y la Historia.



Es imposible cerrar el tocho, indemne…
Lo que cambia, cambia detrás del lenguaje, si bien el fenómeno se debe a este, a su violencia.
Por otra parte, no es posible referir una simple línea argumental para Los demonios; conviene, en lugar de ello, decir lo que quepa para invitar a quien no lo haya hecho todavía, a abandonarse a la vorágine de su coro “endemoniado”.
Los hechos, sí, claro, están allí y brillan además por la forma, pero lo que marca la gran diferencia, lo que hace de esta obra una Obra Maestra, es la suma total, el sistema revelado al son de tantos pasajes dignos de cita, relectura, análisis, memorización…
Mucho más allá del título, resuenan los ecos de Dostoievski, pero es el caso que del Maestro de Petersburgo al gigante alemán, median más influencias y la convulsión de un siglo para el que Von Doderer, quien lo vivió de veras intensamente, encarna en perspectiva una especie de intérprete ad hoc… A fin de cuentas, entonces, cabe asentir: su empresa supera por mucho tanto el homenaje como las posibilidades, aun in extremis, del molde original.



Finalmente, la complejidad de esta obra es, contra todo posible prejuicio, felizmente inteligible. Esto ha pesado lo suyo motivando a muchos otros autores a seguirle, con resultados desiguales, remotos en comparación… Carlos Fuentes, por ejemplo, incluso en sus mejores momentos. Mejor, Alejo Carpentier, o los mismos William Gaddis y Thomas Pynchon; más recientemente, el William T. Vollman de Europa Central
Tremendo. Y los ecos se proyectan, todavía, más allá.



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