Contratansferencia: Sobre Música, de Yukio Mishima

Por: Guillermo Cóbena

 

Los motivos por los que aquí se propone, vale la pena abordar Música, de Yukio Mishima, van un poco más allá del ámbito de la escritura como oficio. De hecho, digamos, por quienes nos hemos preguntado qué hacer, y qué no, con lo que sabe; cómo incorporar al propio discurso una nueva perspectiva, con su correspondiente jerga, y cómo no hacerlo. A muchos nos cuesta vencer el deseo de lucir la nueva lección, curiosamente, a menudo, hasta que de veras la hemos aprehendido.
Pese a lo pronto quizá no sea necesario, pero me permito advertir que esta propuesta no va de halagos al autor japonés. El mismo, por otra  parte, los merece sobradamente a causa de otros títulos. En tal sentido, aprovecho y si me permiten, os recomiendo al margen, la tetralogía completa El mar de la fertilidad, la novela Confesiones de una máscara e incluso la también excesiva Sed de amor; asimismo, su narrativa breve: notable.

 


Para empezar con Música:

Va de una bella joven, Reiko, que acude al psicoanalista; este mismo narra la historia, como bien advierte el subtítulo de la novela, en plan precisamente de “Una interpretación psicoanalítica de un caso de frigidez femenina“. Ella desea tratar su incapacidad para “oír música” (y bueno, no es difícil saber que esto no va precisamente de otorrinos). En fin, se desata entonces la lucha entre la paciente, que pretende ocultar los orígenes de su mal, y el terapeuta, que busca llegar a la esencia de este y curarla a ella. Se menciona por ahí: “lo demoniaco”, “el mal”, “lo sagrado”, etcétera.

Primera sugerencia… Apreciar, a propósito, las diferencias entre tópicos (referentes de una terapia), lugares comunes (en cuanto a temática de conversación), términos clave (para un tramado narrativo) y guiños para hacernos sentir, de a pocos, listillos (?). Más importante: Lo mismo pero entre ligereza y superficialidad.
Seguimos…
Música, sí. Sensualidad, mucho más que sexo, desde luego; pero debido a la pretensión de contundencia en la demostración del supuesto saber, también sexo a secas, difícilmente verosímil como mecanismo complejo. La mención de las múltiples categorías, los esquemas pautas, estaciones, luces y otras pistas que realiza este detective de la conducta, del tabú, que pinta Mishima, no alcanzan a más. Esto, porque a las claras pretende demostrar que como método, basta; porque pretende dar respuestas en su ficción, peleando arte –y he aquí, la clave del fracaso.
El psicoanalista narrador tan elegante, por cierto, y esto último quizá a su pesar, dado que, ay, es además tan sencillo, tan profesional, vamos, tan mono…, y que hasta tiene por compañera una enfermerita bien puesta, leal, fiel, de carácter fuerte, pero muy estable ella, hasta en sus naturales celos–, es este, este personaje, él, gracias a su virtud y ciencia –o sea ¡los de Mishima!– el que ¡llega a la verdad!
En fin…
El arte es de por sí una afirmación. Suma. Abre posibilidades donde en realidad nadie las ha pedido, donde ni en primera instancia ni en las últimas, racionalmente, las necesita. Y abre posibilidades porque cuestiona. Así, nos enfrenta y obliga a menudo a quitarnos uno o muchos más velos, para ver mejor, también hacia adentro.
Aquí, de eso hay poco. Como en la cátedra orgullosa del aprendiz. Cuando aún no se ha percatado que nada más avanza a lo hondo, a más preguntas, que las soluciones no implican necesariamente una plena comprensión.
Mishima nos ofrece para volver al contenido de Música, categorías…, no, más: el catálogo casi completo: Electra, Edipo, represión, castración, histeria femenina, transferencia y contratransferencia…, con apenas este último par de conceptos sin mención expresa (!). Todo, pistas. Ah, que, claro, vamos tras la esencia del mal que aqueja a la señorita Reiko y –como se advierte también, en su momento, más allá, a lo que trasciende cualquier terapia, vamos, a por un mal universal, muerte en la vida, la perdición como parte del fenómeno humano…
Y a quizá esto último corresponda lo mejor del texto. Entonces Mishima se moja de veras.
Sus personajes son otro asunto. Nos brinda una buena lección sobre el cuidado con que debemos plantear nuestros ejemplos a la hora de lucir el nuevo saber
Aquí, entre tapa y contratapa, contamos con un buen surtido de damas complejas y otros personajes más o menos torturados, desequilibrados, autodestructivos –ni qué decir de la protagonista, con esa su actitud errática.
La sensibilidad de la que surgen las cataclísmicas revelaciones del thriller, la manifiesta a través de ellos, en el cada paso al devenir de la tragedia siempre la tragedia–, se ve rendida fatalmente al martirio del sexo, mil veces el sexo, y a la muerte, más veces aún. Por momentos, ostentosamente.
Esta ostentación convierte la firma del autor en garabato. Pese a los esfuerzos (y los reflejos de un talento innegable, tremendo):
En momentos extremos, Mishima alude con guiños poco disimulados para evidenciar su pleno control en la dosificación de los hechos y los datos, su plena consciencia de la provocación sensual. Pero “las coincidencias”, llegado un punto, no dejan de parecer inverosímiles.
Otro psicoanalista de cartón podría decir: El corsé de la razón, el afán de control, reflejo del miedo, digamos, aprieta muy fuerte… desde el mismo tono… ¿Acaso, señor Mishima, usted reprime… y qué reprime?)-…
Pero este terapeuta, con tan oportuna provisión de citas, siempre, y la dosis apropiada de modestia, señala y apenas parafraseo que la subjetividad juega un rol decisivo en la emisión de un juicio sobre la inmensidad de lo humano…
Todos erramos.



2 comentarios

  1. Mientras leía Música me ha costado creer, y todavía me cuesta, que esto lo haya escrito el mismo autor de Confesiones de una máscara, entre otros. Es burdo, torpe, casi parece la obra de un principiante que ha tocado de pasada el tema del psicoanálisis y quiere hacer una novela de detectives. Penosos los personajes (no hablemos de la indiscrección tan natural del terapeuta que cuenta a quien quiera oirlo las intimidades de sus pacientes), penosa la trama, penoso el tratamiento. En fin, hay otros Mishimas que leer, afortunadamente.

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