Cuestión de enfoque: Notas en torno a la propuesta de Christopher Colville

Por: Juan Pablo Torres Muñiz
  
Cabe decir acontecimientos, sucesos, eventualidades. Al margen, otro término: accidentes. Los accidentes implican una voluntad contrariada.
Cambian con los hechos, los escenarios, las condiciones; mutan, se transforman. Las circunstancias, por otro lado, corresponden a perspectivas de los hombres. Es al margen de estas que el mundo, como dicen, sigue girando. Somos nosotros quienes establecemos una separación. Asunto de escalas y proporciones.
Hay imágenes que ayudan a entenderlo mejor. A preguntarnos mejor. Dicen más y se abren a más aún, que no puede ser dicho. Son más que elocuentes manifestaciones de las llamadas leyes naturales. Y nos dejan sin argumentos.
Aquí, la propuesta de Christopher Colville.

 


 

En el ámbito humano, el de la posibilidad de la compasión, de padecer por otro, hemos de saber bien de la tragedia. Esta representa para nosotros una distorsión en el discurrir ideal a la experiencia. De hecho, podríamos afirmar que la tragedia corresponde a la parálisis del sujeto ante el flujo de lo inevitable: la impotencia en múltiples escalas…
Así, a menudo, tenemos al hombre ante y contra la química, la física, lo llamado inerte y el ser minúsculo que le sobrevive por millones de años. De otro lado, en última instancia, el instinto ciego de aquel otro, el inhumano, que juega a encarnar, a ser él mismo fuerza de la naturaleza sin saberse apenas medio, catalizador, accidente…

 

 

 

La contemplación es también asunto complejo.
Impresiona. Conmueve. Pero depende una vez más de la escala. Tiempo y espacio. Tiene que ver con el foco, con el origen de la luz: nuestras luces. No me refiero a técnica de fotografía, si no a la que ofrecemos con nuestra experiencia previa y, sobre todo, nuestra disposición. Si hemos de entregarnos en atención, la distancia al momento de su ejercicio marcará pleno el testimonio.

 

 

Veamos lo que Christopher logra con su acercamiento a los objetos.
Asomo equivalente, acaso, al del niño que descubre un nuevo mundo cada vez. Invita rápidamente a la abstracción. En otros términos: ofrece pronto una realidad en qué perderse, apropiada a la meditación. Todo ello, a lo mejor, según el instante.
Cosa del enfoque y sigo sin aludir a ninguna técnica–…

 

 

 

Los grandes paisajes están ahí. Su contemplación nos aparta de los ciclos que nos corresponden y nos reducen ante nuestros propios ojos, junto con el significado que de común atribuimos a nuestra propia muerte.
Nuestros pasos, en nuestras huellas…

 

 

 

Un hombre en una fotografía al pie de un cañón, un risco o una cascada no es si no el grano de nuestra medida, puesto ahí para contrastar el tiempo de la mole, para que podamos medirla en respiros humanos de este lado de la realidad, de nuestra vida…
Respiros: Aire limpio…, aire viciado…; ciclos breves con que podemos contar sobre el rumor de los cadáveres, sobre su infinito acorde.
 

 

 

Los fenómenos también están ahí y la presencia de un hombre registrada en fotografía o video, cerca del lugar de su desarrollo, sorprende siempre… No suponemos que dichos fenómenos puedan –quizá inclusive, deban– por lo general ser grabados.
Coincidencias…

 

 

 
Los “intrépidos” cazadores de tornados o los exploradores en zonas de erupción de volcanes no inspiran una admiración reflexiva respecto de su –evidentemente falso– valor o coraje. Ni siquiera lo hacen quienes, a salvo sobre un tejado, han logrado filmar el paso de un tsunami por una ciudad costera. En ninguno de estos casos cabe hablar de desafío; no se lucha contra los elementos, apenas puede uno escabullirse de sus efectos, soportarlos siendo flexibles a su inevitable paso, y siempre con limitaciones…

 

 

 

Se trate de grandes paisajes o fenómenos naturales, su contemplación provoca vértigo, y puede hacerle a uno obviar el espanto de la propia mortalidad a costa de hacérnosla creer insignificante, como si nuestros fueran los ciclos de los astros, como si pudiéramos soportar por más de una billonésima parte del tiempo que le toma a una estrella formarse, la idea de nuestra propia extinción, valorándola en proporción a la vida del universo…
Células. Ni siquiera eso…, fluidos –aparentemente– inertes…
Auténticos portadores de la clave mayor…

 

 

 

 

Quienes reconocemos la ilusión, a menudo nos volvemos a lo inmediato, frágil, perecible: nuestros monumentos, y si por un instante nos hacemos sabios, al esfuerzo de vivir. Los que no, se consuelan en creer su propia visión posible y la atribuyen a un pequeño gran dios, diciendo que él sí puede verlo todo, más allá de adonde llega la propia imaginación, que se ve sobrepasada por la evidencia de nuestra finitud, de lo incomparable, el vértigo y el desmayo.

 

 

 

Vida.
Cuestión de distancias, de escalas. De enfoque.



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