De desplazamientos, y otras realidades medio mudas: Notas a partir de una experiencia con la migración venezolana

Por: Juan Pablo Torres Muñiz
  
Acordamos encontrarnos en otro café. Me había hecho notar que en el que trabaja no podría sentirse tan cómodo como sin duda sería necesario. Además, mira, está prohibido fumar.
En el balcón de cara a la plaza principal –encendida en blanco y dorado–, adonde acudió puntual, apenas hubimos tomado una mesa, fue posible entrar de lleno en materia, relajados y acompañados de humo. La noche era fresca.
Dos cafés, dos vasos de agua; cenicero, por favor…
Fue comprobar al instante su enorme curiosidad; el mejor ánimo posible. Lucía su sonrisa amplia, los hombros ágiles con cada gesto, como presto a interpretar cada capítulo de la historia entre las mesas, a cantar, si fuera necesario…
Bien, ¿tienes algún problema con que tu nombre aparezca en el texto?
No, no, para nada.
Entonces repasamos con Keiber, esta vez con más detalle, de qué iba el asunto.


Hace unos meses el gobierno de Perú abrió de par en par sus puertas a los inmigrantes venezolanos. Todo mundo por aquí aplaudió; la crisis vecina era noticia del día, las imágenes de las marchas enfrentadas a tiros por las autoridades, los testimonios de la violencia que desde antes se cernía sobre la población, rematando la grave escasez de productos de primera necesidad, parecían haber tocado de veras la sensibilidad de la mayoría. Fue una alegre bienvenida.
Pero hoy los titulares son otros, pese a que por allá las cosas siguen otro ritmo. Su propio ritmo. Son otros los locos cuyos apellidos ocupan desde hace un tiempo los titulares en Internacionales; saben sembrar más miedo todavía. Es al cabo otra escala. Pero en qué quedamos por aquí y cómo les va a quienes ya vinieron, y qué hacemos juntos; ¿sigue todo tan bien dispuesto como parecía en un principio?
La idea es darle rostro a este tramo presente. Aún hay tarea por hacer, sin duda. Y aquí, para nosotros mismos, las cosas vienen cambiando también debido a lo ocurrido allá.
Finalmente, aunque estamos en Arequipa, la segunda ciudad más importante de Perú, bien podría tratarse de muchos otros sitios. Al cabo, aparte el idioma, tenemos mucho, tanto en común.
Ah yo encanta’o, muy bien.




Años atrás, en un periodo de especial inutilidad (semanas con la mente en afán justificador, a la defensiva, por el empeño de escribir, escribiendo sin embargo muy poco), confundido por encontrarme rodeado de gente de lo más segura respecto de hablar sobre sí misma –debían tener vidas y “demonios propios”, como los llamaban, de lo más interesantes–, me pasó por delante, accidentalmente, una suerte de realidad medio muda.
Aunque más bien fueron dos: la primera, evidencia de que, en efecto, su mudez era tal apenas en mi medio: a nadie tendía invitación para hablar por ella; nos era parcial, pero de este lado, completamente indiferente. La segunda, de fondo, que esta, la vida de los otros, nos pasaba desapercibida porque formaba parte del paisaje hondo de la nuestra. Una sección más o menos inconsciente. Parte de un fondo: el detalle del sueño que no recordamos y que luego a menudo confundimos con pura invención –subestimando la memoria.
Todos los años, llegado julio, empieza la temporada de circos. Llegan de distintas partes, para aprovechar el ánimo festivo, los días libres y el pago de gratificaciones. Se levantan en escampados, que durante el resto del año prácticamente carecen de otra función, las carpas de colores; brillan aquí y allá los anuncios. Circulan por entre las calles los carros con los artistas de cuerpo pintado encima, que invitan a todos a asistir a una función. Se reparten los volantes. Vuelan besos de las acróbatas.
Cada vez vienen menos. Cada vez el espectáculo de su fracaso es más triste. Ya a casi a nadie le interesa meterse en los toldos, ver a los payasos, por ejemplo. Antes, por lo menos –dicen–, traían animales, aunque maltratados; los niños podían ver de cerca un elefante, un león, una cebra, o un caballo pintado como tal.
Cuando aquel periodo mío de inutilidad, fue el turno de caer para un circo que antes, y durante más de una década, había tenido buena taquilla. Atisbé de pasada, en un viaje de taxi, con la tarde por morir, a la familia completa –porque entonces vi, eran los dueños–; discutían de pie en círculo, sobre la tierra gris, entre la utilería, con los niños de la mano.
Fue ver y preguntarme por primera vez de dónde venían, ellos y los demás (algunos, de otros países); cómo vivían todos mientras estaban aquí; adónde irían después, y si volverían.




Veintidós.
Veintidós años, solamente…
La sorpresa no se debía a sus rasgos. Era por un leve tajo en la luz del gesto, que lo suspendía apenas un instante, hasta que la sonrisa se abría del todo y vencía plena (y con ella, el empuje sembrado en casa años atrás).
De Barquisimeto. Nací en el Hospital Central de allá. Trabajo desde los diecisiete años. Empecé en una zapatería.
¿Una fábrica?
No, no; una tienda. Yo estaba en ventas.
Apenas tras esta simple aclaración Keiber se afanó en brindarme información sobre sus estudios, su experiencia laboral, en demostrar que sí, lo tenía todo bien claro.
Fue inevitable encajar esta iniciativa como brusco reflejo: la prisa en la descripción inicial, la tensión de sus manos juntas, decían suficiente. Sus ojos buscaban en los míos una señal positiva. Le recordé que uno de los motivos porque se me había ocurrido invitarle era que se le notaba bastante desenvuelto, más aún para la edad que ahora le comprobaba.
Entiendo, entiendo…
Apenas hayamos terminado, por favor, hazme llegar una copia de tu hoja de vida. Por supuesto te ayudaré en cuanto me sea posible.
Agradeció y tomó un cigarrillo más de la cajetilla puesta por medio. Primera bocanada y vuelta a sonreír.
Solo he conocido un gobierno, desde chico. O sea, el de Chávez, primero, y luego el de Maduro. Pero es como una sola cosa que fue cambiando. Hay quienes no lo perciben así, pero basta ponerse a ver un poco…
Yo tenía seis o siete años cuando Chávez entró a la presidencia. Vivía con mi mamá. Eran seis, sí, seis años. Y vivíamos solo mis hermanos y yo con ella. Es que lo que tuvo con mi papá fue como un romance. Se embarazó pero vivieron separados siempre… Ah, pero él le ha cumplido sin falta. A todos nosotros. Hasta hoy me comunico con él. Es técnico en sistemas y administrador de empresas; se dedica a eso. Mi mamá es ama de casa.
Ella siempre veló por nosotros tres, sus hijos. La mayor es también ama de casa. El segundo, administrador; estudió lo mismo que yo.
En un principio ocupamos parte de la casa de mi abuela. Pero luego nos mudamos adonde mi abuelo. Problemas familiares, esas cosas que pasan. Y fueron quince años allí. Gracias al trabajo que entonces tenía mi hermana nos mudamos por fin a un lugar aparte. De alquiler. Cinco años. Luego compramos un terreno y empezamos a construir. Pero no completamos la construcción. Se quedó en casco, como dicen. De modo que vendimos lo hecho y con unos ahorros –la mayor parte, de mi hermana; lo que pudimos poner los hombres, y otro tanto mi mamá– compramos una casa ya terminada.
Mamá y la abuela aún viven allí. Se vino con nosotros. Es que el lío había sido con sus hermanas, no con ella.
Como te dije hace un rato, empecé a trabajar a los diecisiete. Terminé la escuela y me puse a buscar. Me contrataron en una tienda de zapatos. Un mes. Luego empecé mi curso de formación en administración.
Este curso es becado. Accedí a la beca por el inse. Mi carrera es la única becada, junto con Secretariado y Asistencia Contable. Una vez que te gradúas, la propia institución te emplea si eres bueno. O sea, vamos algunos de los egresados. Claro, no se puede con muchos porque tienen que guardarle cupos a los que vienen saliendo.
Un año y medio. Es lo que dura el curso.
Ah, esa etapa la pasé de maravilla. Hice muchos amigos.
Estudiaba medio turno. Y en paralelo, también mi carrera en la universidad del ejército.
Esto es interesante. No es como en otros lugares, donde nada más van los hijos de los militares. Es excelente, abierto a todo el público. Como brindaba, además, facilidades a los deportistas y yo tenía antecedentes en la udeté por waterpolo (había ido a varios campeonatos), obtuve mi cupo.
Unefa se llama esa universidad.
Al poco la dejé por la ucla. Y justo cuando estaba por terminar mi primer semestre, empezaron los problemas en la propia institución. Que no les pagaban a unos y a otros, que si el presupuesto, ¡todo un rollo! Así que hubo paros y más paros.
Tuve que separar mi matrícula. Y hasta ahora eso sigue ahí congelado.
Y yo acababa de terminar mi pasantía en Pasta Capri, la empresa, pero no pude ser contratado porque mi hermana era entonces la asistente del gerente de la compañía. Se hubiera prestado a mal pensar, aunque yo cumplía muy bien con mi trabajo y la gente me quería. Pero así fue.
De modo que volví a vender zapatos. Pero no adónde el principio. Otro sitio.
Luego pasé a una cadena de droguerías. Con ellos llegué a asistente de piso de venta. Y temporadista por tres meses. Al poco, vuelta a la segunda zapatería. Al rato me fui a barra en una hostería. Y más tarde a una tienda de cadenas, a vender pasta. Nueve meses.
O sea era rotar y cambiar de trabajo por algo mejor, por eso todo el movimiento. Ganar un poquito más. Pura necesidad y que así salían las cosas: una u otra oportunidad…
Algunos de mis amigos del instituto lograron trabajos fijos, recuerdo. Una chica, por ejemplo, que llegó a planta de una compañía grande; seguro le va más o menos todavía. Pero la mayoría no. Buscaban como yo. Iban dando saltos.
Keiber mencionaba completos los nombres de varios de sus excompañeros; surgían por inercia de la memoria, pero más bien como una lista fría, sin el menor detalle personal. Solo después tendría certeza de a qué se debía.
Por otro lado, los nombres de las instituciones los verifiqué más tarde. El inse es en realidad INCES, un programa –reza su propia página en Internet– de chamba juvenil. Con la UDT no pude dar. La UNEFA es la Universidad Nacional Experimental de la Fuerza Armada Bolivariana. Y la UCLA, la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado.
Todo con sedes en Barquisimeto.
R
ecordé la época en que Venezuela encabezaba las listas de calidad educativa en Sudamérica. Lo que cambió antes de cumplido el primer lustro bajo mando de Hugo Chávez. Después, con él mismo, fue el declive, la crisis y al cabo el colapso.

Keiber cursó sus estudios técnicos en pleno desbarrancamiento, cuando ya solo unos pocos fanáticos hablaban del pasado inmediato como bueno, tan evidente había sido la caída y tan hondas las consecuencias.




Repentinamente, y justo cuando iba a hacerle una nueva pregunta sobre el destino de sus compañeros, entró en escena Marilia (así la llamaré, pues luego me dijo que prefería que su nombre real no figurara en este texto). Digo que entró en escena porque en el acto de abrazar a Keiber y saludarme a mí con un beso en la mejilla, se robó la atención de todos alrededor. No lucía despampanante, pero parecía traer consigo una música propia, como el eco enloquecido de cien bailes, armonizados apenas con su andar. Sonreía apurada, como si hubiera venido justo a tiempo para traernos de lo suyo y luego continuar a una nueva estación, donde quizá ya clamaban su nombre. Un alma de fiesta.
Definitivamente no era de Arequipa.
Mi nombre es… ¡Mucho gusto! Sí, no soy de aquí; se nota fácil, eh… Cuéntenme ¿qué hacen?
Sugerí a Keiber que él mismo nos explicara. Así podría hacerme una idea de cómo venía tomándose el asunto.
Al cabo ella le dijo ah, comprendo, ¿y nada más tú?
No, en un momento debe venir mi hermano…
Keiber consultó su celular, por si acaso hubiera recibido algún mensaje sin percatarse. Si además se fijó en la hora, esta no le importó; se mostró dispuesto a retomar de inmediato su historia desde el punto en que la había dejado. Sin embargo, cedió un momento la palabra a su amiga. Le había preguntado a ella de dónde venía, qué la había traído por aquí y cómo había coincidido con Keiber. Qué los juntaba.
Fue hace un par de noches, bailando. Mi hermana vive aquí, tiene su familia. Pero somos de Iquitos. Estoy de pasada, nada más. Y no por ella; es un asunto de trabajo. Vivo en Lima. Por eso no tengo el dejo de la selva. Me dicen que el mío es raro, yo no creo. Al menos estoy segura de que no es feo.
Arequipa me gusta. Aquí hablan cantando, ¿eh? Ah, pero, ¿sabes?, eso sí, no entiendo a los hombres. Se las dan de formalitos, medio duros, pero luego parece que quieren tentar algo y después,  de un momento a otro, se achican, como que ellos mismos no se creen lo que pasa y en el fondo tienen miedo. En otras partes no ocurre. Mucha cucufatería, creo. Son cucufatos, como las señoras que se pasean en la procesión.
Pacatos les decimos por allá en Venezuela…
Ah, pero es otra cosa. Igual y ya no veré de eso. Haré un viaje. La verdad estoy asustada…
En unas semanas me voy a Europa. Allá continuaré mis estudios. Dejo familia, dejo amigos, dejo todo, todo. A mi novio, y él todavía no lo sabe… Va a ser tremendo.
Uf, dejarlo todo atrás, salir, irse, eso es otra cosa…
Keiber sonríe. Pero no por burla, ni de lejos.




Mi último trabajo en Venezuela fue en una lonchería. Pero hay un detalle. Había rechazado antes la oportunidad de entrar. ¡Muchacho tonto! Me llamaron, pero el puesto era como muy bajo: en limpieza, no de operador como originalmente figuraba en el anuncio. Y me dije cómo es que voy a hacer yo eso, no, ni loco… y falté a la entrevista. Obviamente fue soberbia, inmadurez.
Eso en enero –¡qué necio!; ya verán…:
De pronto, la pastelería se va pa’abajo. No había harina. Ya empezaba a faltar de todo… ¡Y yo en el paro!
Entonces, como de milagro accedieron a darme una entrevista de nuevo, sí en la misma empresa. Y pregunté, ¿pero luego podré ir subiendo, no? Sí, me dijeron. Poco a poco. Así que me mandé para la limpieza. Hice bien. Estuve en eso nada más una semana. Pasé a masas. Luego entré a la línea de producción. Aprendía, aprendía… y así llegué a auxiliar.
Keiber se detuvo en los detalles del proceso entero, con cuidado, como si nuevamente fuera importante dejar constancia. Pero esta vez había también en sus palabras cariño. Cada etapa. Las máquinas, los químicos empleados, y qué se hacía con los desperdicios. Con las manos señalando, haciendo figuras para explicarse mejor. Disfrutaba con ello. Querida evidencia. Su experiencia.
Marilia, entretanto, se aburría.
¿Te había contado algo de esto antes?
No, nada. No sabía…
De pronto Keiber soltó una gran voluta de humo hacia arriba, nos sonrió, abrió las manos en cruz y suspiró:
Entonces se nos vino la crisis, con todo.




Por esos días ganaba por encima del sueldo mínimo. Tenía bonos y algo más en ciertos meses. Pero igual no me alcanzaba. Bueno, a nadie…
Pero, a ver, mira: yo salía a rumbear. Y es que me gusta rumbear, pasarlo bonito, pero sin demasiado de nada, cosa tranquila. ¡Y se me iba el sueldo de la semana! Trabajo demasiado pa’ esto, me decía, porque de ningún modo era para tanto. Y conste que cada vez salía menos, porque cuando nos juntábamos ya empezaba a ser nada más para despedir amigos: todo el mundo se iba…
Así andaba. Cogiendo una deuda, empujando otra un poco para el otro mes, y cuando llegaba la paga, a parchar; va uno, van dos y sigue la cosa…
Hasta que un día fui al mercado y tuve que sacar ocho mil bolívares para el almuerzo de ese día nada más. Era todo lo que tenía.
Era sábado, me acuerdo clarito. Le dije a mi madre en casa ¡pero cómo es esto! Y nos mirábamos, más sorprendidos aun que asustados. Mis hermanos, lo mismo. ¡No teníamos como llegar ni a tres días! Solo pensar cuántos éramos nos alarmaba más…
De golpe fue volver la cara al horizonte, allá donde los muchos habían empezado a viajar. Pero esto no era fácil. Se nos quería prohibir salir. ¡Fuga de cerebros!, decía Maduro. ¡Ah, si son los talentos formados con nuestros programas gratuitos, para el pueblo, para el que tendrían que darlo todo; y se van, ingratos!
Daba rabia escucharlo.
Arreglamos el paso de esos días como se pudo: aquí y allá, juntando entre todos, la casa del frente, una tía, un poco más otro poco y ya: con esto vamos…
Mientras, a cada rato, seguían las despedidas. Ya no nos juntábamos los amigos para otra cosa. Que tal se va a Ecuador y tal otro para Colombia; así, uno tras otro. A decir adiós nos reuníamos, y desear buena suerte.
Un amigo, entonces, me empezó a calentar la oreja. Él se iba a Chile. Me dijo que lo siguiera. Justo cuando más arreciaba la crisis: En casa juntábamos cestas básicas, tres, y daba para quince días con lo mínimo. (La ventaja nuestra era que teníamos al menos pasta, cuatro o cinco bultos en casa, claro, por el trabajo en la fábrica.)
Entretanto, las noticias, más rabia que daban: Imagina escuchar a la canciller, la canciller diciendo que si faltaba pasta dental ¡es porque los venezolanos hacen mal en lavarse tres veces al día! La comida, lo mismo, ¡que comíamos demasiado!
Me decidí.
Sí, y saqué mi cita para obtener el pasaporte. Esto fue en octubre de 2015. Acababan de subir de nuevo el impuesto para sacarlo. Y no era lo único. Lo dificultaban todo. Te mandaban de un sitio para otro, a consultar y ser devuelto. Fallaba la página Web, el sistema, todo, todo.
Pero peleando, tras mucha brega, obtuve mi pasaporte en mayo del año pasado.
Renuncié a mi trabajo poquito antes del veintiocho de mayo, día de fiesta, confiado en quien me había calentado la oreja, que tanto sí que ya nos vamos…
Mas me pasé la semana comiéndome mi liquidación. Lo llamaba al condenado, le insistía, y él con que mejor me hubieras esperado, yo ahorita cierro un asunto y ya vamos, pero será cosa de unos días y bla bla. Y al final se hechó pa’ atrás.
Ahora él sigue en Venezuela. Se quedó.
Yo no podía ya dar marcha atrás. Era forzar la suerte. Había escrito clarito, en mi hoja, mi documento: renuncio por motivos estrictamente personales, irrevocablemente y todo lo demás, de modo que no podía ir de vuelta y decirles, denme por favor la hojita que la rompo…
Ya con todo y la cólera encima me comuniqué con otro amigo, al que conocía de años atrás, como parte de la comunidad católica en que anduvimos más chavitos. Él ya se había venido para aquí: Arequipa, y luego de escucharme me dijo pues venga, yo te recibo.
Con lo que me quedaba de la liquidación me alcanzaba, calculé, para llegar hasta Colombia. Pero de ahí en adelante, ni hablar. Entonces mi papá, al tanto ya de mis planes, me regaló doscientos dólares: lo justo, dije, para el resto del camino.
Y empezó mi travesía…
Marilia se le quedó mirando. Él aspiró de su cigarrillo, los ojos al cielo raso. Le devolvió la mirada:
¡Ah, la despedida fue tanto llanto!




Los momentos en familia eran sagrados. Y yo era el engreído. Fue durísimo.
Y me acordé de la canción, porque no había de otra, como dicen, así que “a poner el corazón de piedra y a la sangre, mierda”. Se venía lo bravo.
Es que el venezolano es una raza muy arrecha –así lo decimos allá; sé que eso aquí significa otra cosa, más o menos–. Bueno, quiero decir que a veces entre nosotros mismos “nos tiramos”, “nos echamos”, sí que me entiendes. No hay peor para un venezolano que otro venezolano. Pero afuera, cruzada la frontera, todo cambia; quienes nos encontrábamos haciendo el viaje nos hacíamos hermanos.
Dio la casualidad que un hombre en la cola (se metieron en su casa y lo mudaron a la fuerza, dejándolo sin nada, deshecho también por dentro) hizo la cola de los pasajes conmigo, y una vez en el bus, ¡pues uno al lado del otro! Luego, dos chavos en el asiento de atrás, en las mismas. Con este último par hice todo el recorrido hasta Colombia.
Nos acompañábamos. Compartíamos el agua, la comida, alguna manta.
Hubieron más que se les unieron. Keiber refirió la historia de una pareja de compatriotas dispuestos a hacerse un destino en Ecuador. Surgía de entre las volutas, donde parecía haber extraviado un instante la mirada, la imagen, esbozo de otra comunicación: clave de ojos ciegos, sobre aquel par de chicos: Se tienen el uno al otro para confiar y fundir en intimidad, por ratos, el miedo, pero sobretodo, para recibir a cambio de silencio más que palabras, aliento de veras, mudo, elocuente.
Un hogar, dejó escapar Marilia, bajito. ¡Qué fuerte, Kei!
Se nos unió otra chica; iría hasta Lima. En su momento, los otros chavos se quedaron en Ecuador. De modo que luego me tocaría a mí solo hasta Arequipa. Me ponía nervioso nada más asomarme a la idea.
Pero, bueno, atravesamos Ecuador y recogimos a otros dos. Pasamos la noche en Tumbes.
Comimos juntos en un pequeño restaurante. La dueña se interesó por nuestra historia, la de todos y un poco la de cada uno, o sea, cuanto nos animábamos a decir. Le preguntamos que dónde podríamos alojarnos, y no había dónde. Ah, pero dispuso ella misma una habitación, y nos la ofreció a los cuatro. Muy buena. Y no fue todo: nos regaló un chip de celular para poder comunicarnos con nuestras familias. Nos lo turnábamos. Dolía, pero era un alivio.
Lamentablemente tuvimos que despedirnos de la buena mujer a través de una nota. Escribimos todos, agradeciéndole. Partimos bien temprano. La idea era abordar el primer bus.
Sumaban ya cuatro días de viaje. Estábamos molidos…
Marilia nos dijo que debía irse. Tenía que pasar por casa de su hermana, y además viajaba al día siguiente, de vuelta a la capital.




Lima.
Enorme. Ajena. Como tras una alarma reciente, medio atentos todos en realidad al posible saqueo. Aquí a los quietos, mejor de lejos. Gatos roñosos, unos, al acecho, prestos al salto. Otros como perros magullados a la espera de que des la espalda. Otros más bien como los viejos mimados de casa, de los que a la calle salen cargados, pelo recepillado. Nada más para ignorarte; bien puedes reventar si gustas, pero no salpiques; como mucho alzarán la ceja.
Oriana me había dicho que sí, así de violenta había sido su impresión, la primera vez.
No lo he dicho así, ojo, pero calza. Me entiendes bien. Aunque sé que a ti, Pablo, te gusta…
Oriana murió en Venezuela el año pasado. Fue a ver a su madre, a despedirla y a atender sus funerales. Pero no volvió. Le pegaron un tiro en plena calle. Un motociclista. A lo mejor la confundieron. Pero le gritaron fuerte: ¡Aquí no, colombiana! Y así le decían, aunque no lo era. Coincidencia, acaso.
Horror. Que siempre es sucio. Sin pureza.




Contacté con un amigo de muchos años atrás para alojarme con él la noche de mi arribo. Me recibió, me di un buen duchazo. ¡Vaya alivio! Y al día siguiente comí con él. Luego pude dar con una compañera del inse. Nos reunimos y nos quedamos conversando.
A ella le va muy bien. Me regaló diez soles y me despidió: ¡hombre, pero apúrate, que luego no llegas!; y era cierto: tenía el tiempo justo.
Tomé mi microbús y le pedí al cobrador que, por favor, me avisara: voy para el terminal… Pero me dejó a veinte cuadras. Se acordó al rato y me soltó molesto: ya pasamos, bájate. Cuando llegué, todo transpirado, el bus había partido.
Probé al teléfono. Mis amigos no contestaban.
Imagínate. Estaba solo. Diez soles en el bolsillo. Nada más.
Me aguantaba apenas las ganas de llorar. Tenía la cara toda roja.
Me compuse y acudí a las chicas de la empresa de transportes, que luego de un buen rato se apiadaron de mí. Les agradecí tantísimo…
Dejé mi pasaporte como garantía del préstamo: me dieron veinte soles. Dejé empeñado lo que traía conmigo y me fui a un hostal del frente. Desde ahí insistí con el teléfono y pude dar con mi primer amigo… Me dio una tremenda reta, que cómo se te ocurre, que eres un tal, y todo lo demás… Oye, pero yo necesitaba ayuda.
Ya, ya, yo te voy a hacer una transferencia mañana, me dijo. Treinta soles.
Con eso estaba salvado.
Mi maleta se había ido para Arequipa con el bus. A la mañana siguiente me confirmaron que la guardarían; podría ir a recogerla tranquilo.
Ya todos sabían mi historia; se habían corrido la voz: ese es el chico que ha venido desde allá, perdió su carro, etcétera.
Una vendedora ambulante me regaló una botella de agua. Resulta que juntos hicimos el viaje hasta Arequipa. El mismo asiento.

 





Al día siguiente de ese primer encuentro con Keiber me reuní con Roberto, al tanto de mi proyecto. Nos encontramos para tomar café.
No te puedo adelantar nada. Solo he tomado notas.
Entiendo.
Faltaban, además, otras entrevistas:
Ya he acordado cinco encuentros más: Una pareja, un vendedor de arepas que trabaja aquí en calle Mercaderes y una chiquilla de colegio cuyos papás se han quedado allá. Sus abuelos y ella me recibirán el fin de semana. La próxima semana, dos amigos, hombre y mujer que comparten un piso con otros cinco recién llegados.
Fue de algo distinto que terminamos hablando mi amigo y yo. Se me vino a la mente mientras nos iba atendiendo una de las chicas del local, para la que somos viejos conocidos. Siempre ceñuda.
Dos semanas atrás, estaba solo en la misma mesa del balcón de cara a la plaza, a media tarde, cuando se me acercó una muchacha bajita de ojos rasgados y boca diminuta. Me ofreció chocolates de una marca reconocida en un español impecable y casi sin acento.
Le compré un par y le pregunté de dónde era.
De Rusia, me dijo; de Siberia. Su voz era un maullido potente.
La invité de inmediato a aceptar una taza de café a cambio de que me respondiera nada más un par de preguntas.
¿Sobre qué?
Bien, no se presenta a menudo la ocasión de conversar con alguien del otro lado del mundo.  Menos de ese otro lado, y que además domina tan bien nuestro idioma.
Dudó un instante. Se fijó en mi libreta de forro azul. En mi bolígrafo. En el libro al lado, con el marcador al medio. Mi taza de café.
Iré a vender un poco más por la plaza y si de vuelta le encuentro a usted aquí mismo, todavía, de acuerdo, conversaremos.
Esperé. No demoró mucho. Nada más esto y que volviera tan decidida, además, marcaba una notable diferencia.
¿Qué es lo que quiere usted saber?
Duscha había estudiado lenguas románicas allá en Siberia. También inglés. Decidió viajar para perfeccionar su uso. Así que empezó por Sudamérica.
Aquí son muchos más. No creo que España sea ya el referente que otros dicen. He pasado ya por Chile, Argentina y Bolivia. Estoy juntando dinero para luego ir a Ecuador y Colombia. Retornaré a Rusia y el año que viene espero ir a Estados Unidos.
Roberto, lo que más me llamó la atención de cuanto me dijo esa muchacha, aparte del aburrimiento que le causaba el montón de chismes que corrían sobre la gente de su país, fue su respuesta a la última pregunta que le hice: sobre nosotros, su impresión…
Están medio locos todos ustedes.
Dibujó un cubo en torno a su cabeza con esas pequeñas manos suyas.
Creen que solo hay una forma para hacer cada cosa, y el resto no existe. No son libres. Sí, como encajonados, y le tienen miedo a todo. Más a salir que a dejar entrar algo nuevo en sus vidas. Esto último, sin embargo, lo desdeñan si no lo entienden, y si les incomoda lo apartan. No quieren aprender.
En resumen, eso.
Y qué mejor demostración ante cualquier objeción, que su sola presencia entre nosotros. Ella misma, esa muchacha menuda, alojada, según me contó, en un hospedaje pequeño, con otra viajante alemana; segura; procurándose los medios sin más lío del necesario.
Es algo difícil, me dijo ella, pero no demasiado. Hay que tener cuidado. Así se aprende… Pero ahora, con tu permiso, debo marcharme. He cumplido lo dicho. Gracias, y que tengas buena tarde.







Me siento bien aquí. Nos han tratado bien. Aunque pasamos momentos feos debido a cierta xenofobia. Cuando vendíamos arepas.
Sí, la policía de acá nos quitó nuestra vestimenta venezolana. Todo con nuestro tricolor.
A ella le quitaron la lonchera con las arepas, todas las del día; apenas y había vendido una hasta ese momento. Terrible. Tuvimos que hacer malabares para cubrir la falta.
No los entiendo. Podían habernos dicho, miren, no se puede usar eso aquí en el centro histórico –lo que tampoco nos va del todo, pero vale–, ya, pero quitárnoslo, eso no…, ¿por qué hacerlo?
Ah, sí, ya éramos novios. Pero nos conocimos aquí. Como al mes de haber llegado, en mi caso.
Yo llevaba un poco más.
Nuestros nombres no irán ¿cierto?
No, es lo que hemos acordado.
Gracias. No es cosa fea, pero mejor así.
Sé que se nos entiende.
Atléticos los dos, espigados, bien podrían haberse erguido de la mano sobre uno de los carros de colores, saludando a todos y entregando volantes. Ágiles acróbatas, quizá bailarines de sangre fogosa al ritmo.
Al principio fuimos nueve, ¡no, qué digo!: ¡diez en la misma casa! Un piso…
El alquiler era barato; podíamos manejarlo y al cabo el dueño no se hizo problemas. Tampoco es que lo viéramos mucho.
A ver, son dos habitaciones. Y dos baños. Más sala-comedor y cocina. Al principio todo mundo iba con cuidado, pero a las dos semanas ya conocíamos todos la ropa interior de los demás.
Ahora, claro, nadie podía hacer nada, no mientras el resto estuviera allí, así fuera en otra habitación. Y a ver cuándo tocaba la suerte de que el resto se fuera.
Sí, había pudor.
Algo así… Pero ya se fueron y quedamos nosotros y otra pareja.
¿Ellos? sí, trabajan ambos, ella en una tienda de ropa y él en una pollería. Están felices. Los tratan muy bien. Es que son gente de lo más querible. Hay otros que, bueno, ya se sabe, parecen decididos a ver coja toda mesa, aunque antes hayan pasado una temporada comiendo del suelo.
Recordé lo que Keiber me había contado de cómo lo había pasado su hermano antes de venirse a Arequipa con él. Estuvo en Colombia cosa de tres meses, dijo que fatal.
Era verano, y sabes que allá llueve. Así que lavando carros te mueres. El dueño del local les pagaba a todos por los autos que atendían, pero nadie iba. Además, pasaba que algunos pedían que se encargara solo a otros colombianos: Por favor, un colombiano, no uno de afuera, primero los nuestros…
Ah, ¿nosotros? Nosotros somos profesionales. Me titulé de contadora.
Yo de ingeniero.
Ya, pero aquí vendemos en el restobar, y no nos quejamos.
La ciudad además es muy linda.
Sí, una pena nada más lo que nos pasó y les pasa todavía a otros areperos.
Deberías hablar más con ellos.

 





Tenía trece años. Fue un domingo. Escuchamos disparos. Al salir –recuerdo la presión de la mano de mi padre–, vimos tirado en el suelo a un hombre, medio cuerpo en la calzada. Alrededor unos tipos. Una simple discusión había acabado así, a tiros. Los delincuentes se subieron juntos a un carro aparcado más allá; pensé que huirían, pero fueron a pasárselo por encima a la víctima. Entramos de vuelta a nuestra casa, corriendo. Escuchamos que se iban, pero las imágenes se nos quedaron.
Sí, había persecuciones a tiros cada tanto.
Antes nos advertían en casa: nueve de la noche es demasiado, te me vuelves antes; si oyes el ruido de una moto, métete corriendo a una tienda; seguro que son asaltantes. Pero ahora la advertencia vale a cualquier hora. Y sí, el ruido de las motos es como la aleta del tiburón.
Les comenté a las dos jóvenes que tenía ante mí –me pidieron también que conservara en secreto sus nombres– que dos años atrás, uno de mis mejores amigos había viajado a Venezuela para asistir a un congreso de estudios. A su vuelta me mostró el vídeo que alcanzó a grabar con su celular en medio de un tiroteo. Este lo sorprendió en las inmediaciones del jardín botánico de la universidad a que asistía para el encuentro. Se ve a todo el mundo corriendo. Un policía entre la multitud que abandonaba la avenida, pegando tiros al aire como loco. En la mano lleva una cámara fotográfica de las caras.
Lo robado lo venden pasándose la voz. No hay un mercado de objetos usados en que pase esa mercadería, como aquí.
Ah, querías saber sobre Internet… Bueno, pues el Internet cuando me vine, era ya una reliquia. Los rateros se han robado todos los cables y demás aparatos de las conexiones. Y ahora, imagina, el gobierno quiere controlar las redes sociales…
No quieren que hablemos. No quieren que se sepa nada.
Se echan abajo el portal de Dollar Today a cada rato, pero este vuelve a aparecer y así la gente va con el dólar, a ver qué puede…




Noticias de Venezuela…
¡Para qué si cuando me fui una docena de huevos costaba un tercio del sueldo mensual! ¿Para ver cómo se pone todo peor, mientras siguen pintando otra cosa pa’ fuera, aunque no se pueda…? No, mejor no.
Las comunicaciones con la familia son algo distinto. Pero en la misma senda.
Mira, antes hablaba por teléfono seguido, pero dolía mucho. Me quedaba pegado al teléfono con lágrimas cayéndome del rostro, escuchando sollozar a mi mamá y a mis sobrinos. No, es muy duro. Y prefiero que allá simplemente sepan que estoy bien y que así ando. Como dice la canción, ya sabes…





Hay cosas que uno simplemente prefiere no ver. Claman algunos por este derecho. Pero responde nada más a la mitad del deber con que hace el par, completando su sentido por el amparo de los efectos en el otro, en los demás. ¿Qué ves de lo que tienes ante ti? ¿Qué te inventas, con qué rellenas el espacio de eso que no deja de existir simplemente porque te afanas en obviarlo, y al cabo te toca?
Hace años me sorprendía de que tantos anduvieran convencidos de que hablando de sí mismos, expresándose apenas, oh, libres y provocadores, exponiendo en rajes de su propia familia, como más, su rico mundo interior”, justificaran el impulso –no obstante, probablemente genuino– por el que acababan empeñados una y otra vez en jugar con palabras. Más todavía, de que por ello se creyeran justificados de sentirse incomprendidos. Tan, tan únicos y especiales.
Tolstoi, que andaba lejos de ser tonto –por si hiciera falta la aclaración–, decía, no en vano: narra tu aldea y serás universal, no simplemente habla de ti mismo. Aunque sobre también, mejor adelantarse a la crítica anacrónica por la aparición del psicoanálisis… Es verdad que cada quien es un mundo. Pero la tragedia individual es más bien un asunto de perspectiva. Y la perspectiva no es si no solo un componente de la visión personal. Esta se forja en la experiencia, más rica cuanto más variada. Se nutre del encuentro con lo diferente, del error, y de la aceptación, no solo de razones, si no de motivos por sobre la razón inmediata.
Quien busca complacerse con lo que ve, quien se procura nada más de lo conocido, lo cómodo, apenas y anda masturbándose. Su afán de reafirmar esta condición estática de la realidad le delata en sus tristes carencias. Tiene miedo. Y es rabioso. Casi sin excepción.
Quien ignora otra visión y apenas, por ejemplo, recoge de otros el modo y el estilo que mejor se acomodan al rollo particular, apenas “cambia de mano”…
A nadie se le puede condenar por ello, pero ciertamente poco o nada tendrá que decir a los demás sobre su realidad. Incomodar no es sinónimo de cuestionar. Para cuestionar, mejor afirmar honestamente: siempre habrá diferencias, aún con los demás que van por seguro en el mismo sentido de uno.
Salvador Pániker decía que uno se pasaba la primera mitad de su vida inventándose un yo,  de un ego, para luego madurar y pasar la segunda mitad, deshaciéndose de él.
Por otro lado, decir hermanos puede quedar en eso: en un decir. Me atrevo a afirmar, por otro lado, que nadie es capaz de sentir auténtica compasión por cien personas a la vez, ni mucho menos. Necesitamos planos más reducidos, y luego montar la imagen que nos ha conmovido, la del individuo, la de la pareja, la de la familia o clan, a cada sector del cuadro. De paso, así obramos concienzudamente.
Todo lo masivo es teoría, y la teoría, impersonal. Instrumento de la objetividad para el cálculo. Punto de partida para la mecanización. Sobran las pesadillas al respecto. Delirio colectivo. Romanticismo de totalidades, no de esencias. Por su parte, la plenitud es un asunto que va más bien de aceptación, entrega y abandono; nada que ver con las estupideces de Chávez y otras ciertas poses revolucionarias.




Cómo fue eso de tu tía, Pablo. Ahora puedes contarnos…
Te refieres a lo del par cubano.
Eso mismo, lo del gerente y el otro…
De acuerdo… Fue hace varios años.
Venga…
Bien, una tía mía muy querida, hermana de mi padre; la llamamos La Negra…
¡Ah, como a mí me dicen!
Así es. Bien ella, que es toda una alma de fiesta…
Como Marilia…
No precisamente.
Vale, vale…
Pues gracias a una organización a que se afilió con otras amigas suyas, se puso a viajar por todo el mundo. En este caso no es solo un decir. Conoce muy bien Estados Unidos, lo mismo que toda Sudamérica y buena parte de Europa. Ha estado en India y pasó por Australia.
¡Ah, concha, qué bárbaro!
Sí. Una gran viajera. Y una persona, además, de lo más alegre. Entra a un sitio y arranca a hablar y de pronto te ves riendo con ella. Es bastante mayor, pero va de baile más que la mayoría de nuestra edad, al menos por estos lares.
Ah, claro, no como Marilia.
En eso sí. El asunto es que cuando fue a Cuba se ganó el afecto de Eduardo, gerente del Hotel de Turistas de la Habana. Lo mismo de Juan Carlos, un empleado del hotel, y otras varias señoras y señores de su misma edad.
La Negra les ofreció a ambos recibirlos en Perú si se animaban a venir. A alojarlos, por su parte, en Lima –donde ella vive–, y ayudarles a conseguir cómodamente dónde en otras ciudades: había pensado desde ya en su hermano, que estaría encantado, y no se equivocaba.
Juan Carlos se emocionó mucho y de inmediato cerró el pacto con La Negra. Se puso a ahorrar. Acordaron una fecha para el proyecto y siguieron en contacto a través de Internet, confirmando paso a paso que sí, que el viaje tendría lugar. Y así fue.
Pasados ocho meses, Juanca’, como le llamaba La Negra, había logrado ahorrar ochenta dólares, lo que nos contó a todos por teléfono (con cargo de costo a recepción), con la voz vibrante de orgullo. Hubo entonces que organizar de nuestro lado un modo de ayudarle mejor.  Al cabo juntamos el dinero necesario y La Negra y mi padre viajaron a Lima para recibirle.
Apenas en la puerta del avión, haciendo hola con la mano, pese a que no los veía, se le notaba, me dijeron, tremendamente impactado. Muy nervioso, además.
Es otro mundo, decía a cada momento, mientras recorría del brazo de La Negra las calles de Miraflores, de Barranco. Ah, pero esto no es nada, le dijo ella, con ese tono suyo, burlón y coqueto; nos vamos a Arequipa y luego a Cusco: se te va a pasar el hipo por dos vidas, como mínimo.
Ni bien estuvieron en nuestra casa, contaron cómo Juan Carlos había guardado silencio en el microbús camino al aeropuerto… porque el cobrador, según había entendido gritaba a todo mundo: ¡Callao, Callao!
Miraba las montañas con los ojos chinos, aguzando la vista lo más que podía. Ningún histrionismo se luce así sin premio por medio. Y aunque para él haber salido de la isla era eso, y vaya premio, no le obligaba a quedarse cara a la ventana tanto rato como lo hacía. Este cielo celeste pastel, el aire seco y la brisa helada le brindaban una oportunidad para el secreto, completamente distinta.
¡Pero es que cómo pueden decir esas cosas de su presidente! ¡Me da algo! No, no lo conozco, pero hablar así, ¡qué cosa!
¿De veras no nos escucha ese de allá?
Nos decía, creo que no pueden entenderme, pero a ratos resulta que parecen saber de los míos algo más de lo que yo creía. Y me da vergüenza: yo de ustedes y los suyos no sé nada. Nada de lo que veo, quiero decir. ¡Es una mezcla tan grande! Como que todo se cruza…
Un día me llamó aparte –estábamos de paseo por una plaza–. ¿Sabes qué es lo único, lo único de que me digo aquí, en tu país, qué horror? Eso, mira, ¡que los niños trabajen! Es horrible, lo siento…
Nunca nos contó que tenía SIDA. Nos enteramos a su muerte, dos años después de la visita, por un mensaje que otro amigo en común le dio a La Negra.
Pero antes de eso, recibimos también a Eduardo.
Ya sabía yo que me ayudarían con esto también, dijo mi tía; además, en casa de ustedes se lo pasa uno tan bonito. Yo me encargo en Lima, ustedes en Arequipa y listo, de vuelta para su querida Cuba. ¡Otra experiencia! ¡Es amigo de Fidel!
Y sí que una experiencia. Muy diferente de la de Juan Carlos.
Aunque de la misma edad que Juan Carlos, Eduardo parecía mucho mayor. El primero era delgado, de piel tostada y pelo lacio ondulado entrecano, el gerente de piel muy oscura, pero con pecas y lunares, de pelo crespo muy grueso, cortado, no obstante, bien corto.
Un temperamento especial. Gruñía, pero no para morder. Luego, casi de inmediato, se le salía la sonrisa, y celebraba con todos brindando cada dos horas. Para eso debíamos parar donde se pudiera.
Ni bien llegó me preguntó si podría llevarle a un mercado grande, donde hacerse de varias cosas que necesitaba. Lo llevé a un centro comercial. Fuimos acompañados también de mi prima, hija de otra hermana de mi papá, de visita en Arequipa por esos días, y la misma Negra.
Eduardo compró en menos de una hora: una cámara fotográfica profesional, un reloj de pulsera de lujo, unas gafas de sol de lo más caras, seis botellas de wiski, etiqueta negra, seis de ron Habana Club, una gorra de jockey y un par de zapatillas para carrera en campo traviesa, todo de lo más exclusivo. Para mi prima: un reloj de pulsera de lujo, otra gorra jockey, también costosa. En cuanto a La Negra y a mí: no gracias; descuida.
Ah, pues a ti te regalo unas cuatro cajetillas de las que tengo: Popular. Rojo del bueno. Y Latino, otra buena marca…
Luego me tocó, prácticamente como guía oficial, acompañarlo a un banco para que extrajera el dinero de una transferencia.
Mira, es que he hecho la curación de un edificio. Soy orisha. ¿Tú sabes qué es eso, la santería? Bueno, pues yo soy uno de ellos y me han hecho el depósito ahora. Mejor decírtelo. Luego podrías haberte extrañado de algunas cosas.
Accidentalmente vi la cantidad. Catorce mil dólares.
Ahora vámonos para tomar un café, que aquí tienen bueno, me han dicho… Sabes, me gustaría ir a Cusco. Su centro espiritual, ¿cierto? ¡Eso me interesa! Los pasajes no son problema. Y debe haber vuelos a cada rato. Y tú, si vamos ¿vendrías conmigo y tu tía? ¡Vamos!… Bueno, dejo constancia, pero entiendo: el trabajo dices, sí, entiendo; ¡esa es cosa de hombres! De modo que me tendré que ir no más con La Negra y tu prima…
¡Almuerzo, pues vayamos fuera! ¿Cuál es un buen sitio? Ah, hoy donde ustedes, ¡pero no se hubieran molestado! ¿Y qué es esto? ¡Caray, pero qué delicia! ¡De haberlo sabido! ¡No, que hubiera sido ofensa y era solamente querer ahorrarles la molestia! ¡Qué maravilla!
La sobremesa de ese almuerzo fue una primera pausa. Como las que siguieron, debidas en buena medida a los efectos de copiosas dosis Johnny Walker con hielo, y a mucho humo.
A la mención de Juan Carlos asomó de inmediato una mueca de asco por parte de Eduardo.
¡Cómo podría dársele más a ellos! Se lo beberían todo, como el mismo Juan Carlos.
Pero son seis dólares mensuales de remuneración, una suma de la que poco o nada podría ahorrarse, le dije.
Es relativo. ¡Por otro lado se les da todo, todo! No necesitan nada. Salvo consciencia, algunos, para dejarse de beber y haraganear…
Las fotos con Fidel eran impresionantes.
¡Y soy también promotor de músicos! ¡De los de verdad! No eso que dicen sale de Cuba y llega aquí sonando a cualquier cosa… Más tarde, por favor, tenemos que ir adonde se rumbea. Llevaré discos de esos mis grupos.
La tarde entera se la pasó platicando con mi prima en la sala. Bebiendo más. Dispuesto a empujar el cielo raso de la sala con humo.
Más ron, ahora. Y café. Para cenar, eso sí, vámonos todos a un sitio especial. ¡Me gustaría manifestarles así parte de mi agradecimiento!
Pese a nuestra… parcial resistencia, terminamos en un buen restaurante. El más caro, en realidad, haciendo felices a los dueños, animando a los mozos que a cada pasada recibían de Eduardo, directamente en sus bolsillos, billetes.
¡Es que es la clase que trabaja de veras!
En un momento me dijo avísame si armas algo contra los gringos, una marcha de veras, y bastará una llamada; podemos financiarlo, ¡con todo gusto!
Esa noche recorrimos una serie de discotecas, cada una más decepcionante que la anterior para él, no obstante seguimos una progresión acorde al prestigio de cada local en la ciudad.
¿Pero cómo pueden escuchar eso? ¡Los gringos están locos y los contagian a ustedes!
De retorno a la casa, ya de madrugada, tras haber visto gastar a Eduardo más y más dinero con cada ronda de trago para cuantos nos rodeaban, animando a la gente (que para entonces bailaba al son de los grupos isleños promovidos, a todo dar en los parlantes), me fue imposible evitar una expresión de franco desagrado por tanta grosera exposición de incongruencia. Le dije que me alegraba nada más porque mi padre, que de joven tuvo su momento, felizmente breve, de celebrar la revolución y al Ché, veía por fin, encarnada, parte importante del espíritu que había generado todo aquello o que, mejor dicho, había degenerado tras ello…
Para mi sorpresa Eduardo no se molestó.
Te entiendo, me dijo. Todo tiene un precio. Y debe haber también recompensas. Pero esta lucha va más allá. ¡Si realmente pudiera compartirse todo cuanto se ha logrado, si no arriesgáramos así la inmensa apuesta…! Te entiendo… Y te agradezco la franqueza.
Ya sabes, si organizan algo contra los gringos, dime…
Mi prima ama a los gringos…




Los peruanos, Keiber…
Concha’, esa es una pregunta que no sé cómo responderte… Están medio locos todos. Hay gente muy amable, que de un momento a otro cambia. Como si la luna los afectara o qué sé yo.
Me sonríe. Ha de estar recordando, sobre todo, a quienes a menudo trata en su empleo del café.
De todos modos veo esmero en cómo nos tratan a nosotros. A mí mi papá me contó que durante el primer gobierno de Alan García Pérez, el país a ustedes se les caía a pedazos y muchos fueron para allá, directo a trabajar… Como que quizá devuelven el favor.
Casi nadie recuerda. Pero sí, fue una catástrofe…
Siempre hay alguien que se va o que vuelve, quien debe empezar a rodar. Muchos huyen. Más de la escasez.
Hace una semana, apenas tras la última reunión con tus amigos, pasé por la Feria del libro. Sí, la que montaron ahora en la otra plaza.
Los libreros que participan en ella son todos viejos conocidos míos. Nos vemos todos los años, cada que vienen, desde hace más de una década. Lo inusual, lo que de pronto me llevó a hacerles preguntas como se las hice a ustedes, fue que, a diferencia de otros años, han traído mercadería y montado sus stands, con esta, ya cuatro veces seguidas, sin que esté cerca siquiera el fin de temporada.
Ahora venían de Cusco, donde los habían recibido para montar allá, por primera vez, una feria propia.
Demoré en caer en la cuenta.
Lo que pasa es que ahora tienen que rotar. Son una feria ambulante. Sus distribuidoras han quebrado y prefieren llevar la mercadería de una a otra feria del Perú.
Uno de ellos, Juvenal, en el momento en que me le acerqué saludarlo, hablaba con sus niños por teléfono…
Entiendo… Pablo, tú tampoco eres de acá, ¿no?
Cierto…



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