Levitación: Sobre la propuesta de Alain Cornu

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Para la labor creativa (evocación, invocación de la vida) es ideal el silencio.
Este se abre de pronto, y asciende el rumor de cierta actividad más allá. Aura con voz de hormiguero. Interferencia de sueños ajenos. Conversaciones serias, melancólicas. Simple terrible insomnio y ecos de sueños propios. Son tantas las posibilidades…

En todo caso, con la propuesta de Alain Cornu, se nos brinda también la de ascender y aguzar los sentidos todos, a esa variedad de voces, evocaciones e invocaciones, sembradas en la cúpula romántica de París. Para dar con algo más, o algo en ellas.

 

 

Alain tienta de forma semejante a como lo hace Cortázar con los paseos de Rayuela,  pero es menor su ludicidad y por ende menos su romanticismo. Participa poco del gusto por el azar y la esperanza en un destino, de la coincidencia en un recoveco; apuesta más bien a la posibilidad de que uno dé consigo mismo en las alturas, por el propio hecho de haber alzado vuelo, tentado como los demás, como todos, digamos, que hemos soñado dormidos o despiertos con hacerlo, revelados por tanto, ya arriba, solos, solos y distintos: a la luz las mudas diferencias. Soledad.
En la propia elevación, por otro lado, tienta al no-cuerpo. Con ello, claro, cambia la perspectiva, y se da una provocación sinestésica.

 

 

Las luces no provienen solo del horizonte, no solo asoman. Están las ventanas, las de el otro. En vela.
Mientras se está despierto, el ambiente que se ocupa es escenario y punto de partida acaso para una nueva exploración; se puede volver a salir. Siempre nos fijamos en los interiores iluminados.
¿Pero qué hay de donde se encuentran apagadas las luces?
¿De veras es dueño cada quien de su propio sueño, y de su cuerpo, mientras duerme, y del mundo que dice es suyo, el de afuera, su realidad, mientras se lleva consigo tras los párpados cerrados, apenas ideas, manías, guiños sin entender?

 

 

Cobra sentido, entonces, la imagen de un laberinto. Creado quién sabe por quién o qué, y para qué o por qué.
Las otras mentes resultan nuevos espacios y el laberinto se multiplica en sus entrañas. Esto resalta nuestra individualidad, y nos desafía.
La amplitud del laberinto es tremenda. Se abre por detrás de nuestras pupilas, 360 grados.  Y es que no estamos nada más asomándonos desde una ventana, ni de pie sobre un tejado… Ya antes fue dicho algo del no-cuerpo y de la sinestesia…

 

 

Es notable la tersura de las imágenes. Se trata de otra provocación: Tientan términos como evasión y solaz. Pero es que el tiempo, inapelablemente, se acaba. Como los sueños terminan…
 

 

La Ville Lumière, bien sabemos, sin embargo, seguirá viva en su misterio una vez concluido nuestro turno. Representa un organismo longevo: la ciudad como ente. Patéticamente: entre lo único / especial y lo vulgar / maravilloso.
En este punto, se refuerza un efecto antes descrito: La ausencia de voces, las mismas que por lo general completan nuestra idea de suburbio, nos invita a creernos únicos protagonistas en la contemplación. De manera que todo recae sobre nosotros

 

 

Desde este punto, Alain Cornu abre posibilidades más allá todavía. Se sirve de un nuevo contraste, para otras cuestiones, terribles…

 

 
(Permítaseme la digresión:
¿Qué diferencia hay entre una población humana que destruye el ecosistema en que se instaló, contaminándolo y agotando sus recursos, mientras crece cada vez a un ritmo mayor, sin considerar la inminencia de la catástrofe, y un tumor en la garganta?; ¿no son ambos organismos, ciegos bajo el mismo impulso? ¿Qué diferencia hay entre las malformaciones endurecidas que dejan tantas enfermedades, una vez que han sido combatidas por alguna vacuna que no es más que otra enfermedad y las ruinas de los edificios de una civilización diezmada por una epidemia?… ¿Acaso no somos nosotros mismos, los humanos, un cáncer de la tierra?…

 

 

La belleza de los paraísos personales, de los mundos ideales, se desgasta y daña en el camino de su demostración, resbalando al poco tiempo, cuando debería, como en un principio, acariciar…, y barrer con la realidad en contraste. Una cosa es una visión, que orienta: un instrumento en el camino de fe, y otra, la creencia ciega en que el universo conspirará contra otros, en tu favor. A fin de cuentas, en extremo, se vive de la muerte de otros.

 

 

Todos, al cabo, luchamos por atraer a los demás, convencerlos de nuestra propia versión de la realidad, absorberlos en ella, hasta convertirlos en actores de reparto para nuestra historia personal. Es nuestro modo de andar, según pretendemos, un paso por delante del horror de la propia muerte. Nuestro camino a la trascendencia. Bien distinto del apartamiento monacal, la triste soledad, la que se padece, por lo general, rodeado de gente…)


 

Antes del justo merci para Cornu, la última nota:

Para la labor creativa (evocación, invocación de la vida) es ideal el silencio.
La recepción de la obra tiene que provocar tarde o temprano un estruendo.
El silencio es un concepto negativo: Ausencia de ruido, no-ruido (por lo que es posible, por ejemplo, escuchar en silencio). No debemos confundirlo con la tranquilidad ni la paz. Ni aquella ni esta, por su parte, refieren precisamente a un fenómeno acústico, de un lado, ni a la quietud, del otro. Más bien lo hacen en común a cierta armonía. A la posibilidad de desplegar la conciencia en el propio devenir.
Siendo que el artista parte de su plena entrega en atención a la realidad, sea esta externa o interna, mixta, compleja o como quiera que se la califique, para luego irrumpir en la percepción que tienen los demás de su flujo, por medio de una afirmación (que por particular y honesta, cuestiona), es claro que le corresponde enfrentar el silencio, romperlo. No obstante, esto lo hace apenas sutilmente, bajo el permanente riesgo de estropear el mensaje puro de su visión fiel a lo real. Al respecto, cabe agregar que esto no tiene que ver con términos como realismo o verosimilitud, ni atenta contra lo conceptual (reitero, por si hiciera falta: decimos de la visión del artista, que por ser afectada y subjetiva, pero lo más fielmente dirigida a desentrañar el fenómeno universal, resulta en muchísimo más que un simple reflejo).


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