Sueños de urbe y realidad: Sobre la propuesta de Jeremy Mann

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Relacionando caminos, destinos, al menos figurados. Experiencias. De viajes – también a través de lecturas. Al contraste con las imágenes, surgen las notas:

Finales, y principios:
Del tiempo y el río, novela mayor de Thomas Wolfe, concluye en una escena que coincide en sorprendente medida con otra, correspondiente por su parte al inicio de la igualmente notable, inmensa, Llámalo sueño, de Henry Roth. La vuelta en un caso, el primer arribo, en el otro. Tierra firme y atrás la bastedad del océano, una nueva oportunidad, siempre. De pronto (cosa de luz y rumores) nos encontramos también en una escena (o toma, acaso, por gracia del periscopio) de John Dos Passos…
 

 

Podría tratarse de la misma fecha, incluso de la misma hora. Momento de decisiones.
En fin, es la tierra prometida, la que nada sabe aún de nosotros, y olvida pronto. Parece fácil sembrar camino.
Ante la bastedad del nuevo horizonte, de todas formas, es difícil no sentirse sacudido por – las ausencias… – Nadie nos espera. Y no hubo alguien antes de nosotros.

 

 

Es el caso que la ciudad, su voz, arde e ilumina lo mismo al margen de la época, abriéndose a incalculable cantidad de situaciones. Siempre, – el mismo flujo dominante. Arrastra.
Pies en tierra y luego a cada paso, volver la mirada atrás importa una rotunda negación. La ambición dicta mejor adentrarse y perderse allá; a lo mejor y hasta se encuentra uno mismo.
Desde luego, se trata de una ilusión. Como en el cine
 

 

Ya entre estas calles, que nadie espere el encanto de La vista del Delft. No cabe humildad en la brega con cristal y concreto; tampoco historia. Ni romance.
¿Es este un paisaje que pinte como final de periplo, último destino? No, es solo camino. La ciudad está viva y sueña. Ítaca está en otra parte. La ciudad nos dice que tal vez adentro de cada uno.
(Nuevos ecos de lecturas: Pasos, de Jerzy Kozinski… Podríamos  seguirlo antes que a Saul Bellow e incluso Don DeLillo; dispone bien a la tragedia; nos interroga respecto de dónde vinimos y adónde nos dirigimos o nos dejamos llevar. Nos acompaña en al duda. Su autor se apeó de otro mundo y otra realidad – para vivir, aunque/no obstante/y terminó matándose. A lo mejor dio pronto con el vacío al que, más recientemente, alude Garth Risk Hallberg con su Ciudad en llamas, por contraste, festivamente…)

 

 

Jeremy Mann logra se concentra y logra el aura cinematográfica. (– Efectivo él. – Efectiva esta.)
Sella con esta ilusión, con el tono de este sueño, cada cuadro.
Sus personajes son más bien espejismos, acaso para luchar contra la revelación de ausencias. Tras el tul de humo, niebla, lluvia, se revelan, sin rebelión aparente, mimetizados en su ámbito. Esto no obsta a la enorme gama de historias posibles, aunque les asigna el mismo tono, y el guiño: tienen a la propia ciudad como su mágica, trágica motivadora. Henos antes un nuevo sueño de voluntad superior, ahora sí – dicen algunos entusiastas –, encarnación del verdadero afán humano. De su bien y su mal. Babel.
Más todavía, si resulta posible: Cada manzana – una fracción de palmo del nuevo Adán; creemos que nos sueña, cuando en realidad lo soñamos a él, en – clave de cine. Hijo del delirio.
 

 

Mito. Otra forma de plantear el American dream.
¿Cabe una referencia similar a Europa? La fuerza de estas imágenes corresponde a un nuevo cuerpo, aunque brille por momentos el aura – que cruzó el Atlántico (en el carácter orgánico atribuido a Petersburgo por Biely; en la naturaleza diferente pero vulgar, mil veces, del Dublín de Joyce; en el Berlín de Doblin. Su gente.).
  
 
Esta mole es inestable porque carece de raíces. Solo trama horizontalmente, de delirio en delirio. Se eleva, y aplasta.
Es natural que a algunos de los más robustos edificios se los vea como fortalezas de causas bastardas.
Mann resuelve una vez más a través de la distancia, la bruma, el brillo, y la vibración de la propia vida en la urbe. Asunto de técnica: Monet versus la onda HD, y el enfoque vintage
 

 

 
Elude preguntas por los rostros de la gente… De qué – detrás de las luces…
Y la clave es el movimiento. En la quietud, acaso, nos daríamos sin más con la frágil membrana de la historia reciente, toda sucia; con tanto anhelo individual y tan poco qué heredar en realidad. A lo mejor sucumbimos.
Pero a qué –
 
 
Jeremy Mann deja el asunto, digamos, en puntos suspensivos. A correr cada quien por la calle que quiera, o en la que se pierda o caiga a rodar. – Mejor.
La sorpresa va por otra parte: Se atreve a un planteamiento similar… con otro alcance (como si se tratase de un ajuste del zoom).
 
 
Nuevamente, la tentación de un destino, esta vez en el ámbito de – lo particular.
Para plantear el asunto Mann nos obvia la experiencia de la ciudad, viva en sus recovecos, lo mismo los hogares en que las familias pueden ser desdichadas cada cual a su manera. Prefiere el propio taller.La suposición de esto como “apuesta” resulta impensable.
Veamos.
  

 

Del mismo modo en que busca impresionar con la ilusión de un aliento general y se prende del rumor de hormiguero, así como no es que deje escapar las almas por entre los calles, pues más bien rehuye hacerse de una sola siquiera (con la consecuente pausa y fin del vértigo), aquí, con sus modelos, pretende encantar desde la simple apariencia, a través de la técnica. Impacto.
No hay historia detrás. Esto, pues, va de modelos que son solo modelos.
 

 

No hay preguntas. Ni asombro más allá del pulso. De las sombras no asoma nada: están dispuestas para el contraste. El resultado es técnicamente logrado; fuera de eso, bonito (!).
He aquí una demostración de la persecución de la belleza como quimera.

 

 

Afuera del estudio seguro sigue lloviendo. Qué más da: la lluvia desde aquí no evoca nada.
Las insinuaciones en el espacio cerrado se quedan en la dificultad de la propia quietud, ese instante de la captura, según dispone el dueño de la paleta.

 

 

Los ojos de ellas son los de los engañados: quien las retrata les ha prometido algo. O les ha pagado por adelantado algo con qué empujar más allá la noche misma. Nadie sabe. Lo grave es que tampoco provoca preguntar. Toda suposición va en pos de justificación.
Con el día habrá de ser la realidad, la que no se insinúa en los cuadros, la que simplemente yace fuera. Viva de veras.

  

 

Aquí la reiteración es solo eso, repetición, no insistencia.
La nobleza de los modelos clásicos es evocada apenas en el manejo del pincel y la paleta, vale decir, de nuevo pura técnica. Y esto, como resistencia a otros medios que bien podrían producir mejores resultados. Es un gesto anacrónico. ¿A qué, de veras, el afán de realismo?
Esto último se da, se repite en otros elementos. El atuendo, por ejemplo. Es que la costumbre no muta en tradición sin un sentido. Este, que determinaría el rol, y consecuentemente una interpretación de las modelos, está ausente. Las muchachas apenas y dejan aflorar las ganas del cuerpo; ni remotamente participan de una ceremonia. Esto es trámite. La ropa, parte en la lista de insumos de producción.

  

 

En fin.
Al cabo de la noche, o de vuelta al principio de esta, lejos nuevamente, conviene recordar: las luces de golpe encendidas en ocasiones estropean una vista.
Por otro lado, no siempre acercar el ojo otorga una visión clara del objeto. A veces conviene, desde donde la imaginación opera flexible, hurgar entre las sombra, intuir.
 


La vibración impresiona. Pero es, ojo, una elección.
– Conviene distinguir entre emoción y vértigo.
Thomas Wolfe, Henry Roth y John Dos Passos dicen lo suyo del asunto. De la voracidad. De la lucidez. Claman. Denuncian. Ayudan de diversas maneras a aceptar, también lo que no se sabe.
 
 
El horizonte se abre nuevamente.

Un comentario

  1. Qué bueno que no se guarden nada. Dura crítica al famoso Jeremmy Mann

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