Tómalo: A propósito del libro In your face, de Mario Testino

Por: Lena Marin
 
Más de treinta años de carrera. Ciento veintidós fotografías como muestra. Un título provocador. El impacto de la exposición y la publicación del libro ha sido enorme. Perdura aún hoy. Lo esperado.
Bien, qué ha venido descubriendo para el público, a través de este amplio periodo, Mario Testino. Decir simplemente que lo mejor de sus retratados, velaría en gran parte cuanto escapa de las virtudes técnicas que todo mundo, por supuesto, le reconoce. Pero por eso mismo nos provoca.
Asoma la pregunta de si se ha tratado siempre de lo que hemos querido ver en una y otra figura. O de una tentación diferente. Acaso, el asomo de la persona detrás del personaje. Cómo habrá de continuar vigente este trabajo, dependerá de ello.


La obra de Testino se abre al mundo a través de la industria de la moda, crece en y con su ámbito; finalmente, lo excede.
La moda, para sobrevivir, debe tocarlo todo, abarcar cuanto pueda, disponiendo al mayor número posible de personas a la imitación, al seguimiento, a la caza del ideal –impuesto por sugestión, no sugerido–. Algunas de las imágenes de Testino, lo mismo que las de otros famosos fotógrafos, son usadas ya desde hace un tiempo como emblemas del espíritu de otras épocas encarnado en íconos.
Así, vuelta a empezar: ¿Se trata de un espíritu atribuido a la época por parte de quienes, con el éxito de su lado –antes decíase, triunfo, gloria– escriben la Historia, o se trata de algo más en este caso?
Lo cierto es que cada personalidad retratada logró fama debido al uso conjugado de distintas cualidades propias, consciente y/o inconscientemente, y a la fortuna de una luz apropiada a resaltarlas. Al cabo, no hay publicidad mala, solo publicidad. La vida pública percude, digamos, la gracia original que les fuera encontrada, o –como ocurre cada vez más a menudo– el brutal vacío en que resultaba fácil depositar cualquier ilusión de brillo, incluso el del flash del escándalo.
En todo caso, Mario Testino, a diferencia de muchos otros de sus colegas, logra, quizá por dones en su trato personal directo, que le permiten tocar íntimamente, según parece, a sus modelos, capturar viva esta imagen suya, el ideal de un principio. O incluso algo mejor: lo que pasó por alto en el casting, o la gracia que el dinero de todos modos no podía haber comprado.




“La luz de cada quien es lo que cuenta”, suele decirse. Eso y que “todos somos seres de luz”. Somos más que eso. Es un asunto de matices, de cualidades, no de virtudes solamente. Hoy mismo, medir el impacto que la aceptación del montón de ideales que se nos impone como deber ha provocado, escapa a toda estadística. Es tremendo. De lo políticamente correcto a lo pacato, de lo absolutamente relativo a lo universalmente complaciente, tales pretensiones, hacen que el panorama sea de zafarrancho. Y cunde en este, por la confusión, el miedo (la mejor inversión), que empuja a la necesidad de una nueva congregación con base en la aceptación y la falta total de crítica (el mejor capital).
Si el propósito del Arte es cuestionar, ¿qué cuestiona el trabajo de Mario?

 

Es probable que la enorme ingenuidad o la expresa estupidez, según el caso, que convierten en virtud cada defecto, este afán de negar la cualidad simplemente como tal (contemplando la atribución de uno u otro valor como relativa, aceptando que algo será, ciertamente, a veces feo, a veces bonito, a menudo asombroso, en ocasiones aburrido) cause gracia a nuestros descendientes. Si estos evolucionan, críticos.

 

Entretanto, la duda reflejada en el brillo de un ojo, el tic apenas contenido, el cansancio de una muñeca sobre el muslo, es decir, cuanto en apariencia se salía del guión, pero ha sido convertido en guiño nada más para acercarnos (como una dosis de mortalidad en las imágenes deíficas, que las hace más atractivas, tentadoras), llevan sin más a calificativos del tipo exótico, glamoroso, pintoresco, provocador…, perfecto para lo hecho; un tanto lejos de humano.

Los textos que acompañan las imágenes rellenan elegantemente el espacio en blanco, permiten el contraste con el color y, por tanto, acentúan el efecto: cuanto hay está allí dispuesto para funcionar.

 

Será la actual perspectiva con que se califica de arte y no de artesanía o efectiva labor técnica, trabajos como estos (con sus propias características y méritos, conforme requiere el mercado), la que habría de llamar la atención en un futuro mejor.
Mario Testino les diría a estos nuevos seres humanos, tal vez, irónico: en tu cara

 

 

(Nota: Agradecemos por el libro y la locación para las fotos a la Librería El Lector, de Arequipa-Perú.)



 

2 comentarios

  1. Crítica dura a quienes califican el trabajo de Testino como arte. Pero qué bueno que le reconozcan mérito en lo que sí hace.

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