Bocas cerradas: Sobre la propuesta de Jane Lewis

Por: Juan Pablo Torres Muñiz


La primera vista le basta para provocar cierto estupor; asombra con caer en cuenta: Se trata de frescos romanos; son Pompeya y Ostia. Más aún, brilla algo del Renacimiento. Pero, claro, todo hoy. Es necesario recomponerlo todo para, recién, confirmar la firma.

Jane Lewis asombra. Figuras y objetos que aparentemente no guardan ni podrían hallar relación entre sí, se encuentran –vivos– en juego, provocando una tensión que traspasa con facilidad el lienzo. Aprovecha en diversos sentidos la habitual disposición con que abordamos cuadros de las características que en general y a priori (debido al tono sobrio) aparenta.
 

 
De una parte: la técnica tradicional, la disposición de los elementos –ya fue dicho–. De otra, a través de también de la técnica y la disposición, la revelación de cuanto yace detrás, y se evidencia en buena medida por las contundentes señas de contemporaneidad.
El asunto va más allá de indumentarias o de Arquitectura, Etnología. El trabajo de Jane pretende acaso validar la vigencia de aquella perspectiva clásica como representación, si bien excéntrica, del Pop.
 



El modo sirve a los claros propósitos de la artista: una  especie de golpe –pesado, blando– cuya contemplación se extiende por extrañamiento, y tienta a la intuición.
La expectación que provoca la acción suspendida ejerce un poderoso efecto. Abre el diálogo, invita a intercambiar miradas, a seguir la línea de atención y, finalmente, aventurarse a dar con la intención. (Sí, como con los secretos de los gatos.)
 
 
No obstante:
¿Se abre de veras alguna vastedad desde la forma y el color; hay algún registro oculto de otra voz?
¿En qué consiste verdaderamente el pase a ese más allá del papel y el lienzo?
 

 

Provoca. Pero ¿adónde nos lleva? 
Los destinos nos remiten: a Ítacas. (Y dejó dicho Kavafis que solo al arribo, tras el largo camino, sopesada la experiencia, caemos en cuenta: … entonces sabrás qué significan…)
 


Este recorrido, sin embargo, provoca todavía más (lo que explica también buena medida del impacto inicial) porque pinta también como primitiva emboscada: fuerza de la invitación sensual.
 
 


Ante la posibilidad de una actitud determinada de los oyentes dentro de los cuadros (porque –cuidado– los protagonistas no hablan), con la que se encierra el enigma de la cuestión personal, el drama de estos, nos toca reconocernos a nosotros mismos, más allá de la disposición con que abordamos  la obra. De ahí la extrañeza, y del tiento de respuesta, la seducción a aventurarse por ella, el asombro…
 
 
Esa nosotros que nos toca pronunciarnos ante las máscaras, la ceguera y la mudez; los secretos.
Poner la voz: y ese impulso nos pierde.
 


Mil veces, plenitud: abstracción del tiempo de medida mecánica (segundos, minutos, horas), de la medida racional y, por extensión, de la extensión de nuestro poder para hurgar lógicamente.
De eso, Jane insinúa, oteamos nada más lo bestial, o lo sofisticado y obscuro. Morbo.
 


Y recuerdo a Marina Tsvietáieva aconsejando a Alexandr Bájraj:
“… No ame los colores – con los ojos, los sonidos – con los oídos, los labios – con los labios, ámelo todo con el alma. El esteta es un sensualista cerebral, un ser despreciable. Sus cinco sentidos son cables que conducen – no al alma, sino al vacío. ‘Una actitud gustativa’ – de eso a la gastronomía no hay más que un paso.”
 
 


Entonces, queda decir, pero sin hablar, necesariamente. Y seguir viendo. Y ahondar en la cuestión…
¿Y quién se refleja en el espejo?
 

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