Del territorio condicionante: Diálogo con Sergio Palazon

Con: Juan Pablo Torres Muñiz

 

El cuerpo apremia. En determinado punto, somete a la razón. La doblega o sabotea la estabilidad que en todo caso requiere en sí mismo quien pretenda sostenerla. Nubla. Carcome. Quiebra.
Cada necesidad del cuerpo responde a una lógica, la de la propia vida, pero nada explica el sentido último de esta. A menudo, en su dinámica, deja las proposiciones del lenguaje flotando como ecos en una sala vacía, abandonada, pura teoría… Así se nos va.
El cuerpo es evidencia. Y signo. Marca de lo pasajero, también. Recordatorio. No decimos de lo imperecedero que posea un cuerpo. Son las estructuras y tejidos, esta sustancia que muta y que a menudo sentimos nada más habitar, cuanto nos impide despojarnos de la noción lineal del tiempo… Nacemos y morimos, por medio, una trama de invenciones.
El cuerpo condiciona. Nada primitivo, si no primordial. Ni las estaciones ni otros ciclos nos tocan más que el hambre, que el sueño, que la vejez y nuestra propia muerte. Si acaso algo más queda de nosotros y completa un círculo amplio, evade también el lenguaje, y desde luego la escritura.
He aquí, por todo lo dicho, materia para Sergio Palazon. Él comparte con nosotros la experiencia de sus provocaciones: de un lado la que surge en él y de otro la que sin duda pretende por respuesta.

 

 

 

Dibujar y pintar son para mí como respirar o comer. El respirar es inconsciente, se hace sin más; comer precisa una planificación. Las dos cosas son primarias, sin ellas no existes. Lo mismo me pasa a mí, necesito de ambas. El dibujo describe, pero el peso de la pintura, su necesidad de tiempo son fundamentales para trasladar una vivencia o idea más elaborada.
 

 

El dibujo me da la posibilidad de mirar al mundo. Yo pinto personas con sus limitaciones o defectos, no las juzgo en mis dibujos, solo las enseño. Aun así no soy un retratista ni un caricaturista. Todo está y sale, como ajeno, y al mismo tiempo soy yo, un autorretrato constante; de todo hay en todos, y es inconsciente, sin pretender.

 

 

Todo juicio requiere de categorías. Tienta a la fácil calificación cuanto a simple vista desafía lo ordinario, lo convencional. En extremo, asoma la ocasión ante lo nuevo para reducirlo de inmediato a términos más fácilmente manejables, simples; es reflejo del miedo. Nada más natural que el miedo, precisamente, a lo desconocido. Así, por desproporción, hablaremos de lo monstruoso y por exagerado, de lo grotesco y/o caricaturesco.
Pero siendo que nada propio del cuerpo escapa a una función determinada (incluso como atrofia evolutiva, camino de mutar), es más prudente atender, en los cuadros de Sergio, con la composición, la verdad que enuncia con su nueva apariencia cada órgano, cada miembro “deforme”.

 

Cuanto más me alejo de la figuración convencional, más creo estar cerca de la realidad.

 

 

Es curioso que con el tiempo, al margen de si una persona es lo que se suele decir guapa o fea, atractiva o no, uno pueda creer saber por la fisonomía el carácter y el tipo de reacciones que la persona tendrá, si es fiable, buena o mala, colérica o simple, fácil de conformar… Son cosas que a mí, en todo caso, me dice con total claridad.

 


Claves primarias, las llaman. De gran complejidad. Se trata en realidad de sostenimientos o variaciones de determinados gestos, que afectan los rasgos o son, incluso, condicionados por estos, en la conformación de la persona expuesta a los demás: una imagen en parte voluntaria, ensayada a menudo, pero con mucho de inevitable, revelador. Hay en cada rostro, por último, algo de tensión que desaparece con la muerte, mucho más allá del simple descanso en sueño.
En la vida cotidiana, se trata para muchos de algo imperceptible.
Esto va más allá de la técnica, del oficio en sí mismo. Como visión, ofrece más…

 

 

Me desanimo al ver el arte como un mero comercio. Últimamente, ya no se pretende describir al hombre, sino acompañarlo, retratarlo en el sentido fotográfico. Se le analiza menos, se averigua poco de él.

 

Cabe señalar, de todos modos, que hay formas de acompañar. Y una, en efecto, es cuestionando. Bien dices que es lo que menos se hace hoy. De manera que buena parte de los retratos “atractivos”, apenas y son como falsas sombras: formas mudas de sentido. Ecos del ego, para la demanda…

 

 

No sé lo qué viene. Sí que es algo real, pero no sé bien qué. En una sociedad sin sentido crítico, sólo siguiendo la idea de una bondad meliflua y sin cuestionamiento, ¿qué función tenemos los artistas atemporales?
 
Cuestionar sobre el propio tiempo. Sobre la muerte. Sobre la perversión que constituye ese mal chiste bajo el lema de sonríe o muere
L
a vida es mucho más.
 

 

Felizmente, están quienes claramente dicen lo propio al respecto. La comunicación pervive. Heredamos; continuamos con una suerte de corriente, no de estilo, mas sí de sentido…
Hay, no obstante, más que nutre esta propuesta tuya…

 

Mis influencias son tantas como cosas veo desde que me levanto… Ando como una esponja absorbente. En cuanto a las artísticas, propiamente, son también resultan en un gran número y no me puedo decantar por ninguna en particular; forman capas que se van sobreponiendo sin que se sepa claramente cuál es la más importante: todo está, yace y opera.

 

A través de la consciencia, con ella y aun traicionándola. Libre, como… ciertos impulsos del cuerpo…
Da para largo…

 

 

 

Pero tengo la idea que el arte se ha banalizado: todo puede ser arte y todos pueden ser artistas. No hace falta ni predisposición, una disciplina o facilidad, basta con contentar a un público cada vez menos crítico y más influenciable.
 
Esa estafa. Resulta entre otras causas, de tratar la categoría de artista como mero estatus, en lugar de condición. Como esta última implica un problema, el de vivir para cuestionar: vocación. Esa novia voraz –como dice Ana Negro–, que toma todo, todo de ti. Compromete la entrega por sobre el sacrificio…
 

 

Sí, del cuerpo también, con el alma…



 

Un comentario

  1. Sergio is the best!

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