Desaforo: Sobre la propuesta de Kinki Texas

Por: Guillermo Cóbena

 

La alegría brota siempre del recorte de una perspectiva, de su violenta parcialidad. Se concentra en el favor de la fortuna, o la ilusión; en todo caso responde a la justificación del rumbo adoptado, la actitud tenaz, tozuda o inconmovible que nos ha traído adonde nos encontramos. El placer de creerse justificado impulsa a la sonrisa y a la risa. De manera que nos adelantamos a estorbar con ruido el probable asomo de la duda, por muy remoto que sea. Es nuestra vida, nuestra realidad la que se impone. Sobre la de los demás.
Muestran los dientes, sus armas, y aunque no pueda descartarse el riesgo de ser herido en plena algarabía, en tanto uno se manifieste claramente plegado al motivo del ágape (la muerte, inminente o potencial, del otro), será bien acogido.
Es la fiesta.
Bienvenidos sean a las celebraciones de Kinki Texas…



Lo mismo que llorar solo, reír sin que nadie nos vea, comporta algo de locura. Rendimos cuentas ante el único reflejo fiel de nosotros mismos: un hoyo que absorbe tanto la luz como el sonido, pero nos devuelve, sin masticar, la memoria sola, los hechos evidentes. Invocamos, pero nada más para comprobar, de vuelta en la cordura, acaso rebotados del ensueño, que nuestra disposición es lo único que determina el momento como tal a lo que entonces corresponda. En este punto, enfrentados, ante el vértigo, cabe desde desde citar el Libro Tibetano de los Muertos, al final de Memorias de Adriano; en ambos casos: vamos, sin caer en la ilusión, este consuelo de la última ficción, con los ojos bien abiertos.
Con ello, adiós a la gloria. Y fin a las justificaciones.
 


De vuelta en la realidad, será mayor el triste esplendor de la parafernalia: Que la guerra forme parte de nosotros, por ejemplo, no implica en ningún modo que la dominemos alentando su fuego. Eso sí que resulta demencial. Pero consta en tesis, miles, como pretensión sagrada.

 

Existen dos situaciones en que mostramos los dientes sin que ello implique amenaza a los otros; solo dos, una con la certeza de la paz plena y la otra, como respiro, más breve todavía, amenazado de la guerra. Bostezamos y contagiamos el bostezo. Está probado científicamente que basta imaginar un bostezo para sentir ganas de bostezar uno mismo. Así que ahí tenemos a la cebra en portantillo delante de las leonas bostezantes: no pasa nada. ¿A qué se debe? Bien, sea por la barriga llena, la pesadez de las horas o cierta escasez de oxígeno, lo que le sigue es la muerte breve, descanso al trajín batallador de la vida, que por propia e indolora, nos inclina a anticipar la súplica porque no sea perturbada. Como obra de justicia de la naturaleza, todo se presta a que encallemos en el sueño dejados de nuestra suerte al otro lado de la funesta realidad. Así, comulgamos aparatosamente.
El caso de la risa es asunto muy distinto: aquí volvemos a la carga.

 

Reímos porque celebramos la potencial caída del otro: quedamos libres del turno hasta la próxima vuelta de la rueda. Quienes sobrevivimos a menudo nos abrazamos, hermanados unos instantes. Alivio. También contagioso, pero solo en determinadas circunstancias.
Vamos un poco más allá con no poco atrevimiento… Elementos fundamentales de la situación humorística o, si se quiere, en conjunto, grosera garantía del chiste: a) Lo inesperado, b) lo desproporcionado / monstruoso, y c) La seriedad del planteamiento. Así, nadie respetable ríe de sus propios chistes mientras los cuenta (a no ser que provoque con ello la más triste burla de sí mismo, con toda intención, nada más como parte de una trampa). Del mismo modo, la desproporción revelará siempre una calamidad excesiva al cálculo previsto o un cálculo ridículo para el atroz riesgo latente. Las consecuencias, al cabo, recaen en la víctima estúpida o apenas tonta (según la cuota de ternura que por su condición sea capaz de despertar).

 

Así, de la más sofisticada insinuación al más vulgar tortazo, del gran absurdo al atrevido disparate, lo que se pasa por delante de nuestras narices, llevándose consigo a otro, al incauto de turno, es la mismísima muerte…
Y sigue la fiesta…


 

Un paseo por los títulos de algunos de los cuadros de Kinki Texas (aquí, claro, sin aparear, invitando al acierto, en tanto corresponde):
Battle of the Milvian or Stamford Bridge
Crowd and proscriptor
Ticonderoga
Unspoken Truth: Rebels (defected to the Empire)
Horse of Richard II
Elocuente.

 

 

Muñecos, cacharros –que, se nota, seguro han de fallar a los propios tripulantes, con la consecuente diversión–: Todo suma y nada nos aparta de la gloria: la vida es una locura. La Historia del triunfo es magnífica porque magníficos son los títulos con que investimos la chanza bárbara en tanto hayamos quedado nosotros, aún con algún miembro seccionado, del otro lado.
Tiene sentido. Más si se concibe la línea del tiempo como el tubo por el que es posible dispararnos a nosotros mismos al éxito. Todo a través.

 

Retumba en metralla el montón de posibilidades: delante de nosotros, pasa Kinki Texas, a caballo, con la bandera brillante de bordes en llamas, flameando, inflamándonos a todos de la fiebre.
Cuando uno ríe mucho se pone rojo, rojo; puede atorarse.




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