El ojo hacia adentro: Sobre el videoclip de End of it, de Anneka

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Uno con cincuenta y tres. Minutos. Segundos.

Tiempo suficiente. Una prueba, casi, por la intensidad.
Dice Anekka que concibió la idea a partir de sueños recurrentes: pesadillas sobre un supuesto fin, el fin.
Esta visión se despliega desde la misma oscuridad en que han de tener lugar, por otra parte, los destellos, imágenes más o menos claras, pero en ningún momento la abandona. Se provoca por tanto, la cuestión de qué hay en realidad tras esa luz, en la sustancia misma de la noche sin sombras. La espalda del tiempo.
El ánimo inflamado, dolorido de que la surgen las imágenes, como brillos de la fiebre, y se alzan las voces la voz–, provoca…



La eternidad reduce a espectro, a menos aún, asomo de sueño, grano sin peso, cualquier pesar (lo que no obsta a que haya quien se atreva a expresiones como cataclismo emocional y otras por el estilo).
En todo caso, la clave yace en el tiempo. Condición de todo infierno. La intensidad de sus llamas no tienen por objeto acabar con uno. Se trata de una tortura. Por lo que cabe recordar, además, que dolor no coincide exactamente con sufrimiento, y es esto último lo que cuenta.
Un padecimiento perpetuo es solo concebible por medio de ciclos, una trágica rueda en que el demonio (proyección de uno mismovence una y otra vez al asomo de la esperanza (sin importar necesariamente la desaparición, ni siquiera la disminución del dolor). Aplasta, pero enciende, también, de algún modo, una llama distinta, de esperanza. Desespera porque sensibiliza y en cada nueva ocasión, resalta la distancia, lo lejos que uno se halla en realidad de la salida.
Locura.
 

 

Imágenes. 
Ante nosotros, los órganos de los sentidos: ventanas, en alusión al cuerpo como prisión (casa del ruido; tan excitable, ruidosa, llena de uno mismo, en ecos de tantas voces, de ficciones e invenciones, también sobre los demás). Primero las manos, luego la boca, los ojos…
Sin elemento alguno para el contraste, la oscuridad importaría eternidad física; ante esta el fulgor de la imaginación, como lo entendemos, eventualmente se ahogaría, para dar paso al vuelo de una memoria en delirante deformación.
De modo que aparece una luz: energía suficiente para provocarnos a completar el cuerpo, un mundo (el de los sentidos), pero más aún para dejarnos a nosotros, prescindiendo de ellos, en plena abstracción, tentar a lo hondo de aquella oscuridad, como reflexionando sobre las profundidades del océano, a flote, sujetos a una pequeña boya de color...



Descargas, destellos: señales, reflejos, refracciones. Ecos de una tormenta emocional.
A capella…
Oración de anunciación. El Fin es virgen y también madre. Es una voz y son varias, el encierro. La pesadilla, el infierno de la soledad: espacio vasto que, no obstante, oprime.
Entra a tallar el juego de foco y profundidad: de cerca, el propio rostro. Sin  espacio / tiempo suficiente para contemplar de veras, reconocer la situación y entender, pues, cuidado, se trata de uno mismo. La compañía en el horror es ilusión (suerte del círculo).
La revelación viste de momento solemne: Y, entonces, claro, el ojo quieto, fijo. Acusa, atrapa, condena la abstracción.
Asistimos a un crescendo, que no desemboca en grito. Quizá eso sea lo peor.

Las descargas, los destellos, en efecto, son estímulo de más allá; brillos como de objetos colgantes, o reflejos en el agua. Corresponden a la mitad del asunto. La otra, central, se halla en la boca: hoyo devorador, en este caso, cuna del silencio.

 

 

La dulce voz de Anneka, ligeramente metálica, entona la siniestra nana.
Va por el vértigo en los coros, se atreve, ¿pero adónde nos lleva?
Aquí no hay danza. Es abandono. En manos de nadie.
Pavor del ojo que mira hacia dentro.