El tren ya había partido: Poemas de Interferencias, de Maurizio Medo

1.
 
Chepa ¡
  
Ni siquiera podía adivinar si aquello
surgía del clímax de algún estúpido juego
o era la vida presentándose para cumplir su jornada.
Dos veces muda, y algo sorda por falta de ganas
aunque sólo tuviera que arrimarme el ascua
y después continuar por allí, de anónima.
 
“Un secreto de costureras”, leí una vez al viejo Adán
sin saber si hablaba de poesía o de cierto sentido.
Pero chepa ¡Aún no logro ensartar por la aguja el hilo.
 
Apenas puedo aguaitar la casa, un ámbito
consagrado por mi padre antes de componer
el réquiem que lo bautizó en difunto
el día que pudo conocer a sus hijos.
 
Mamá prefirió abdicar de tal presente y en vez
huir por el meollo de una foto aparecida
en La Stampa, un día de los años 40,
sin encontrar más recompensa que las ruinas
de esos años perdidos.
 

 

2.
 
— ¡Figlio, figlio¡ —clama desde allí.
  
Yo no sé cómo responder a ese llamado.
 
Chepa¡ No me armen tanta bulla.
 
Bajen otra vez el volumen.
 
Papá oscura en la composición de su Rex gloriæ.
 
No ha descubierto aún a mamá naufraga.
 
A nosotros dos cada vez más monstruos:
 
mi hermana obrando un juego en el cual
el futuro puede estar bajo cualquier objeto
y yo inane al descubrir que debía inventar
para mamá aunque fuera un mínimo albur
de aquella infancia. Escribí “cosas”, bisbiseó
el viejo la noche cuando crispó al hallarme
transido en el dislate e hizo silbar el látigo
hundiendo las teclas dentro
de la antigua Remington.
 
La sangre dijo que eso era pura vidorra.
  
—La poesía no sirve —mi padre, obligándome
a tragar lo más amargo de esa bosta.
 
Y cuando el látigo estuvo a punto
de piafar otra vez y emborrascarme
mi madre pudo detener a papá.
 
Hasta hoy ella lleva consigo esas heridas
con tal de no olvidar a su infancia
revelándose a través de mi sangre
coloidal, espesa y bruta.
 
Por eso, tal vez se escarapela.
 
— Eso debió doler, y mucho— insiste aún.
 
Se lo niego estoico por cínico, como la vez
en la que oí su voz como si fuera un eco.
 
—Hijo, ¿ no hay acaso otro camino
      donde grabar tu nombre
con un matiz menos ofensivo
de aquel que tu padre abjura ?
 
El tren ya había partido.
 
Ella vio el perfil de un abismo
a través de un horizonte
       cien veces bardado
 
bajo un oscuro sol
de pájaros muertos.

 

 


 

 

 
3.
 

 

Cuando partió el tren la imagen de mi madre
no encontró un lugar en las rimas. Ignoraba
qué quiso decir con “un camino”, pero seguí
antes de convertirme en Hamlet al litigar
la vida con un muerto.
 
El tren lento apareció por la curva.
 
Y del pasado oí una voz luyendo en ese eco.

 

 


 

 

 
4.
 
¿Qué quiso decir mamá al hablar de un “camino”?
  
Las palabras son exiguas, bastante moscas.
 
Algo más efímeras que el compás de una solfa,
si me afano y mido cuánto dicen de lo que
en realidad pudo haber transcurrido.
 
Son una finta que amaga al recordar el color
de un lugar adonde no estuve, exiliado de
un terruño que, en sí, fue tan falso como una
postal europea. Pero allende a este océano.
 
—A Europa —observo— se la devoró la ansiedad
por trascender la historia para después negociar
como divino el pesado lastre de lo humano.
 
Yo amo aquello virgen, por hacerse — me dije
al bajar en un lugar que no existe.
 
Salvo como río o volcán.

 

 


 

 

 
5.
 
No dije libre.
  
Acá también cunde el insomnio y sobresalto
cuando creo oír un compás de aquel Rex gloriæ.
 
Es parte de un mito.
 
La ouija dijo que papá hoy compone el jingle
de un cementerio exclusivo.
 
Mamá suele ir a visitar su infancia,
folga un ratito, y luego retorna,
enigmática y fugaz como la niña
que un día descubrió De Chirico.
 
¿Yo? Luego de haber escrito toda
una infancia, empecé a descifrar
el sentido que recóndito ocultaba
—En el camino —dijo ella.
 
Ajeno al horóscopo semanal.

 

 
 
 
 
(Maurizio Medo nació en Lima, Perú, en 1965. Escritor, crítico y profesor. Actualmente reside en Arequipa, ciudad del mismo país.)
 
 

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