Fuga: Sobre la propuesta de Frédéric Fontenoy

Por: Luisa Deguile

Marcel Proust: “Fue Pirandello quien por primera vez me dio la idea de que una persona no es tal como yo lo había creído, inmóvil y clara ante nosotros, con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos y sus intenciones, sino que es una sombra en la que jamás podremos penetrar.”
O una luz, que deja por estela espectros y sombras en nuestras retinas, en nuestra memoria y entendimiento…, como una nueva invitación, esta vez, a las luces propias.
Y algo más nos dice también, por su parte, Frédéric Fontenoy.
 

 

 

De no ser por las imágenes que llegan a nosotros de tribus originarias, fieles a sus más antiguas costumbres, apenas y tenemos a la mano exposiciones que no impliquen poses: abiertas alusiones a nuestra finitud, de seres apartados, desterrados de aquel ambiente, sus ciclos, su ritmo y su tiempo.
Desde hace ya mucho, resulta difícil concebir el cuerpo humano, el desnudo salvaje, en consonancia con escenarios que no lo protejan y en buena medida, lo aíslen, siempre, del exterior. Se debe a una reafirmación de él como homo protético. Incapaz de vivir sin accesorios, prolongaciones de sus órganos, proyecciones de sus sentidos. Con estos trasciende, sobrepasa las limitaciones materiales más evidentes e interviene, afecta el ritmo natural de los eventos ajenos a su escala. Encuentra esta capacidad maravillosa. 

 

 

Queda patente la manía: calificar de bueno o de malo, graduar en ambas categorías. Aprobar en favor de uno mismo. Rechazar cuanto no refleja nuestra intención: terrible negación.
A la responsabilidad obedece una noción más sencilla, aunque de implicaciones, a menudo, harto complejas: cargar con el peso de las consecuencias del acto.
Todo esto redunda en nuestra capacidad de adaptación: necesaria, fundamental. Requiere de la más clara identificación de problemas, para luego dar paso a la búsqueda de soluciones.

 

  

El discurso tiene lugar apropiado al cabo de la experiencia, si no, de darse antes, torna en justificación y mentira; durante la experiencia uno mismo ha de ser todo atención. Así, esta misma atención se convierte en la única medida de tiempo. La experiencia posee, entonces, una magnitud.
Esta es imposible de comunicar por completo, tendida en fibra de lenguaje, al orden de un flujo lineal –de sonido y, lógicamente, de representación gráfica: símbolo tras símbolo, más o menos en orden de palabras – frases – sintagmas – oraciones–…

 

  


Richard Leakey: “Quizá la especie humana no sea más que un espantoso error biológico que se ha desarrollado hasta traspasar un punto en que ya no puede prosperar en armonía consigo misma ni con el mundo que la rodea. Puede ser. Interesante.
Pero nada de visiones cínicas. Su interés radica en el evidente contraste generado: hombre versus naturaleza.
En esta posición nos acoge, con su trabajo, Frédéric Fontenoy, y nos invita a perdernos, no como presa, si no, aceptando nuestro rol de generadores de la confusión.
 

 

 

Lanzarse a la carrera, sin mapas ni huellas que seguir. Dejados de toda referencia, pues bien sabemos, además, el testimonio no hará nuestra la experiencia, sin importar su fidelidad. Su utilidad es relativa al escenario, pero no a la intención, y en este caso, conviene subrayar: hacer el camino es lo que cuenta.
Hallarse fuera de lugar para hacerse uno mismo su lugar, móvil, fugaz; nuevo cada vez, si se quiere. A esto, no obstante, lo primero será constatar cuán lejos estamos de las herencias fundamentales: hacer fuego, por ejemplo. Reconocer en lo ciclos mayores, el cielo, las olas, el viejo tiempo…
 

 

 
Esta huida, sin embargo, tienta a la disolución, como modo de llegar pleno a la trascendencia; es decir, buscar otro modo, sin prótesis o, de lo contrario, constatar la imposibilidad, constituyendo en lo humano una categoría ciertamente apartada de la concepción clásica de naturaleza.
En cierta manera, cada imagen nos anticipa el destino, la conclusión. En la fugacidad de las formas, escapa la posibilidad de una medida exacta, de unidades y definiciones con que atrapar de vuelta, comprender pleno, al ser humano…
Y esto refiere, por supuesto, a la libertad, con cierto desespero…
  


Al vuelo entre ramas secas, raíces expuestas, son manos, pies y torsos torcidos en disposición animal, plástica, de sueño que rompe con los relojes.

Rumbo enloquecido de un deseo: Retorno al mar; por supuesto como al líquido en que flotábamos inocentes en un vientre, pero también como modo de deshacer un largo trecho en la evolución, una vez más con y entre los anfibios, recomponiendo cromosomas, a lo simple, más simple…
 

 
Adiós a la línea, al orden que encadena: Adiós al todo de los modos, por la esencia, en lo elemental.
 

 

Por supuesto es una trampa…
Hemos probado todos el fruto del Árbol de la ciencia: El paraíso se ha perdido. Tienta cercano en sueños de olvido, en alguna canción, como saudade…, y acaso extrañemos más la parte de nosotros mismos que se quedó en aquella región sin tiempo, es decir, propiamente, la inocencia.
 

 
Tienta. Enloquece. Desespera…
Nuestra ventana, en la obra.



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