Labrando, una voz: Adelanto de Decir Umbral (Extravío), novela de Roberto Zeballos Rebaza


[ 1,999 ]
 

 

 

Me desperté junto al mar, en un lugar desconocido. La niebla de la madrugada se había disipado y del cielo emanaba una blancura resplandeciente, a la que sólo desafiaba, en el lejano horizonte, una tímida franja de luz anaranjada preconizando la próxima plenitud del día.
Bajo aquella efímera iluminación el agua del mar parecía como de una consistencia lechosa, de una suavidad casi espectral, y la arena de la playa, tersa y compacta, daba la impresión de no haber sido nunca perturbada.
Estuve contemplando largo rato aquel panorama, desde mi asiento en el ómnibus en el que viajaba a lo largo de la playa, hasta que finalmente desapareció. ¿Cuál era aquel lugar, aquella desierta playa sin nombre y aparentemente resguardada del contacto con los hombres? Nadie parecía saber o querer informarme, debido quizá a la propia inexactitud de mis descripciones.
 

 

 
Estoy alojado en un pequeño cuarto, amueblado con una cama, un velador, una mesa que sirve como escritorio, una silleta, un ropero. Todas las piezas de este mobiliario están hechas de madera, pero son de distinta procedencia –y época– y no se acomodan unas a otras. El velador, en particular, parece un compuesto de partes ajenas. Si bien uno de sus dos cajones casa con el cuerpo principal, el otro, de un color más claro y dispuesto además con un peculiar jalador dorado en forma de clavo de roseta, ha sido colocado a la fuerza y su sujeción, aunque completa, resulta claramente imperfecta. Debajo, una segunda estructura, de una clase de madera menos consistente, sólo sirve para sostener cuatro extrañas patas terminadas en punta y que confieren, por esta característica, a todo el conjunto, la apariencia de un pequeño y fantasioso módulo espacial. El ropero, por el contrario, posee una clase de identidad maciza y uniforme, de oscura coherencia, traída a través de una ristra de años que se pierden en tiempos anteriores a mi existencia: desde entonces, seguramente, ocupando un lugar dentro de alguna de las casas de nuestra familia, si bien ahora piadosamente relegado, en su calidad de estorbosa antigualla, a un cuarto exterior. Sus retorcidas patas, parecidas a las de un pesado bulldog, mantienen en equilibrio un cuerpo abombado y grueso; cada una de sus dos puertas cuenta con su propio cerrojo, uno de ellos sin posibilidad de abrirse, pero el otro tiene una llavecita que me ha permitido sacar una de las frazadas de su interior y colocar, en otro compartimiento, algunas de las pertenencias que he traído en mi maleta de viajero. Al abrirse esta portezuela se desprendió el olor breve y denso, quizá el de los estratos de ropa y otros objetos que allí hubiesen acumulado, en distintas épocas, numerosas personas de otras generaciones. Pero no había rastro de moho o alcanfor; la sequedad del aire todo lo invade y purifica: sólo ha hecho falta, seguramente, una limpieza somera para dejar listo el cuarto que me iba a recibir.
Adosado por fuera a esta habitación hay un estrecho cuarto de baño con lavabo, ducha y retrete de asiento. Este último no está funcionando bien: hay que levantar la tapa del tanque para reacomodar la boya cada vez que se usa; muy escaso es, además, el chorro que sale del caño del lavabo. El sumidero de la ducha, por otra parte, no succiona fácilmente el agua, que se empoza por largo tiempo en el escaqueado piso de losetas de barro.
Hoy me despertó la tempranera luz que penetra desde las cinco por una pequeña y solitaria ventana, junto con el aroma de los frutos de la huerta, el más agrio de la cercanía del campo y el frío, tan seco y penetrante. Mientras me rasuraba en el baño –con la puerta abierta: no hay ninguna ventana y encender la bombilla de luz eléctrica me parece un desperdicio– la intensa iluminación solar, tan propia de esta ciudad, me ha permitido escudriñar detalles de mi rostro abotagado y cansado que pasan desapercibidos en mi oscuro cuarto de baño limeño. Ha sido también esta misma luz –inusitada claridad en la delgadez del aire– la que me ha mostrado con impermeable precisión otra clase de detalles, aparentemente olvidados, que guardan una cierta e inexpresable vinculación con recuerdos de mis anteriores visitas a este lugar.
La casa, que en otro tiempo se hubiese podido designar quizá como solariega y en su momento una edificación moderna, con primer y segundo piso, techos inclinados y terrazas, algunos postes con lámparas diseminados en el patio, reemplazó a otra forma de construcción más arcaica –la cual en su propia época no habría podido designarse como solariega– y descubrió, durante ese momento en que yo la escudriñaba, rincones exteriores de ambigua familiaridad, pasadizos donde, entre tiestos o herramientas de jardinería abandonadas, reverberaban ecos de palabras o rostros percibidos durante mi infancia, ahora ya descompuestos, o dislocados y turbulentos, como escondidos a veces entre los empequeñecidos rincones, muros, arriates o ventanos fieles aún a sus viejas formas, lo mismo que las enramadas, los senderos o los murillos rústicos que delimitaban, tal como ahora, ámbitos distintos dentro del jardín o la huerta, que yo recorría entonces, inconscientemente, o por donde había jugado algunas veces escondiéndome y había visto o escuchado cosas entonces tan impensables que me habían dejado grabado el escenario de su manifestación (lo único que finalmente quedase, volviéndose lo otro cosa trillada). Desveló incluso, debo decir, una antigua idea de la peculiar disposición del amplio espacio que rodea a la casa, que comprehendía inteligentemente a los escasos restos de alquerías, graneros o cobertizos de otros tiempos, donde yo entraba y salía como en túneles fantásticos o castillos de los libros de cuentos, cuando se podía considerar como gigantes con vida a los añosos postes de madera, aún existentes, a través de los que llegase por primera vez la electricidad a esta parte de la ciudad; y todo ello se manifestaba como una fuente descontrolada y desafiante, la expresión hierática de una boca abierta, esperando de mí una respuesta o a que sucediese algo, aunque no se notase desde el exterior, como un derrame o hemorragia internos, también descontrolados e imponderables, si bien no estaba yo –como intenté decirme– verdaderamente involucrado como esas otras veces, tan naturalmente próximo a ellas, formando parte de su entorno o sintiéndome hasta cierto punto libre de ir por todos lados; puesto que lo que hacía, en realidad, era escudriñar desde una posición más bien extraña, inmóvil en un rincón de la propiedad antes inaccesible para el niño que yo era, donde había en ese entonces algunos cuartuchos siempre cerrados, ambientes formados por siniestras paredes de sillares mal enfoscados, con puertas y techos fabricados con listones de madera y hojas de calamina, que eran en aquel otro tiempo los aposentos de Aurelio y de otras personas que trabajaban eventualmente dentro de la propiedad.
 
 
*
 
 
Aquí, en esta ciudad, nació y pasó gran parte de su vida mi padre, lo mismo que todos sus antepasados. La casa pertenece a una de las dos hermanas mayores de mi padre, tía Delia, quien se ofreció a acogerme tan pronto supo que vendría en lugar de él. Quizá deba precisar que lo propio hubiese sido que ambos viniéramos o, inclusive, que mamá y mi hermana Silvia, ya que la ocasión que amerita mi presencia es nada menos que la boda de nuestra prima Julia. Cuando eran pequeñas, Julia y Silvia jugaban juntas. Esta boda –que ha tenido lugar el día de ayer– nos fue anunciada meses atrás. Es lógico pensar que mis padres hubieran debido planificar un viaje para asistir y acompañar a mi joven prima en el comienzo de su nueva vida.
Su ausencia se ha hecho más notoria entre todos debido a que muchos de nuestros parientes ya no viven en esta ciudad y se han tomado la molestia de venir, en algunos casos, desde el extranjero. A esto debo añadir que los mismos novios no residen en el país y han aprovechado que tienen, después de algunos años de trabajo no interrumpido, un mes de vacaciones, para casarse en presencia de la familia.
Todos me han hecho muchas veces la misma pregunta y sólo he sabido balbucear una respuesta: en realidad no sé por qué no han venido mis padres y mi hermana. Me digo ahora por qué les extraña tanto, después de todo, esta ausencia. Ha transcurrido mucho tiempo desde que nos fuéramos y, descontando algunas esporádicas visitas de mi padre, ninguno de nosotros ha regresado desde entonces. Siempre he guardado la impresión, por otra parte, de que, durante lo que podríamos denominar nuestros últimos días aquí, no se consideraba del agrado general nuestra presencia en las reuniones debido a la ofuscación que a veces provocaban en los demás ciertas actitudes de mis padres, que quizá no se percataban bien del efecto que causaban en público.
 
 
 
Todo comenzó a mediodía, con una ceremonia religiosa en la antigua iglesia del pueblo; una edificación con más de cien años, de tradicional sencillez. Gruesos muros de sillar sostienen una cúpula de cañón sobre su corta y única nave. Una enorme puerta de madera, con postigos en cada hoja, cubre el vano de la entrada, cuya parte superior está formada por un arco de medio punto.
Justo encima de la clave está tallada la fecha de finalización de la fábrica (1871), que aparentemente no incluyó al único campanario, que lleva inscrita, casi indistinguible, una fecha posterior. Por dentro, las paredes casi desnudas contrastan con el brillo del pan de oro del altar mayor, recientemente ataviado con unos molestos bulbos de luz eléctrica. El atrio es un espacio de losetas de barro, en las que se distinguen ciertos rastros indelebles que ha dejado la pólvora de los fuegos artificiales con que se solemnizan algunas fiestas tradicionales. Ahora apenas recuerdo algo de aquellas pocas a las que asistí, pues mis padres nunca fueron muy apegados a esta clase de celebraciones.
Una vez, por ejemplo, escuchamos misa al amanecer en esta misma iglesia; tras una interminable tarde de ritos, en otra oportunidad, tocó participar de un convite, probablemente alrededor de este mismo atrio. En otra fecha imprecisable asistimos a lo que me pareció una larguísima e incomprensible ceremonia en la capilla privada, normalmente cerrada, de un solar que pertenecía a un lejano y casi desconocido familiar, lugar al que fuimos invitados en razón, únicamente, del apellido materno de mi padre. No podía, sin embargo, identificar fechas o las verdaderas razones que motivaron a que asistiéramos, ni detalles más precisos de aquellas festividades y ritos. Aparte de eso, recordé que ciertas veces, cada año, se empezaba a hablar, de un momento a otro, en el ámbito de la familia, con una especie de fingida urgencia, acerca de que le tocaba a tal o cual persona apadrinar una fiesta religiosa, y entonces intercalaban breves comentarios, respetuosos y desinteresados al mismo tiempo, prestaban oídos de aparente atención al recuento que hacía alguna de aquellas personas que había estado presente en la efeméride de la que se hablaba, cuando nosotros no, que era lo más frecuente.
Al divagar por entre aquellos recuerdos fragmentarios empecé a recobrar una imagen que creía perdida de mis abuelos paternos: de estar vivos quizá ya hubiesen aparecido, pensaba, o al menos ya los estaría viendo venir, caminando cuesta arriba, desde el sitio donde vivían, para llegar los dos juntos, puntuales como otras veces. Nada había cambiado, al parecer, pues estaban allí, como corroboraba sorprendido, la vieja iglesia, las mismas estrechas calles a su alrededor, las monótonas y silenciosas viviendas de enfrente. Tantas veces había pasado yo por aquí sin tener consciencia de estarme fijando tanto en ellas, para que ahora, al reconocerlas una a una delante de mí, experimentara, como si recibiera un obsequio exquisito e inesperado, su cualidad de permanencia o continuidad en el presente.
De un momento a otro se deshizo toda la ilación de estas divagaciones, pues me distrajo la llegada de los invitados. Aparecieron casi todos al mismo tiempo; luego de algunos minutos de saludos y tomarse fotografías, al ver aproximarse a Julia, entraron a la iglesia y se dispersaron por entre las bancas. Como ya se habían visto en algún u otro momento durante los días previos, se había disipado un poco la emoción de los reencuentros y las miradas se concentraban en la ceremonia. Cuando callaba el sacerdote, tomaba su lugar una edulcorada música electrónica. Delante de mí, un grupo de parientes del novio, todos extranjeros, miraban a su alrededor, algo extrañados por todo lo que escuchaban. Casi ninguno de ellos participaba activamente del rito. Solo una pareja de enamorados hacía el gesto de entrelazar las manos cuando tocaba el turno de pronunciar una plegaria en común. Cuando terminó la ceremonia, sin embargo, todos aplaudimos a los recién casados, los vimos subir a un Sedán ataviado con flores blancas y nos quedamos un rato dando vueltas por el atrio.
 
 
 
Aquel pueblo, aunque indistinguible ya, por culpa del crecimiento urbano, del resto de la ciudad, se encuentra ubicado en un promontorio y el trazo de sus calles presenta inclinaciones, a veces abruptas, y peligrosas sinuosidades que hacen necesario a los conductores de los automóviles –que no existían cuando la gente empezó a vivir en él– transitar con lentitud para no atropellar a algún peatón distraído. Los invitados que íbamos a pie, sin embargo, habíamos tomado la calzada sin preocuparnos por nada.
Igual que en el pasado, se podía oír, como si tratara de algo verdaderamente lejano, el ruido de los vehículos que circulan por la moderna avenida que en un nivel más bajo circunda el pueblo y lo vincula con la ciudad propiamente dicha. Al mirar otra vez, después de tantos años, la amplia curvatura de la calle real, mostrando una después de otra las fachadas de sillar de las casas más antiguas, con sus escasas ventanas y vetustas puertas adornadas, a veces, con botones y aldabas de bronce ya ennegrecidos por el tiempo, cerradas o, en algunos casos, clausuradas, como en muda expectación, las comparé sin querer con las otras casitas que rodean a la iglesia, de fábrica más reciente y modesta al mismo tiempo, ya sin la áspera y severa simplicidad de las primeras, cuyas cualidades ahora me parecían –quizá por el efecto de su relativo abandono– más admirables, las de sus antiguas piezas de madera, quiero decir, o sus altos paramentos de piedra desnuda y pulida, carentes de revestimiento.
Al mismo tiempo esperaba con cierta ansiedad el tramo más elevado de nuestro recorrido: desde allí podría observar el final de aquella calle, al extremo del pueblo, donde daba comienzo una especie de camino rústico, por el que nos alejábamos, de pequeños, en dirección a las chacras vecinas. Esperaba ver desde allí, como antes, las sucesiones ascendentes de tabladas, flanqueando aquella incierta trocha con rastros de paso del ganado, que luego se curvaba, y divisar a lo lejos los decrépitos portones de los establos, donde nos sentábamos en algunas ocasiones a observar sacar o guardar los animales. Cuando, al llegar allí, no pude ver nada de aquello, supuse por un momento que me había confundido. Seguramente aquella imagen correspondía a otra parte del pueblo y yo no había sido capaz de orientarme correctamente. En eso pensaba hasta que caí en la cuenta de que ya no existían, de que toda esa parte que ocupaban antes las parcelas que yo había querido ver se había transformado en pistas y aceras, alrededor de lotes desordenadamente habilitados para la construcción de viviendas.
Las chacras cercanas al pueblo estaban reducidas a su mínima expresión. Ya lo había escuchado antes, aunque sin prestar oídos atentos: tímidas parcelas seguramente cultivadas por arrendatarios al borde de la quiebra, a la espera de su próxima asimilación urbana.
 
 
 
Mis abuelos fueron agricultores y, aunque desempeñaron también otros oficios a lo largo de sus vidas, la ganancia de sus cosechas siempre contaba como parte insustituible de sus ingresos. Desde tiempo atrás, muchos pequeños propietarios de la ciudad, herederos de antiguos terratenientes –o beneficiarios de la Reforma Agraria–, que dejaron de dedicarse exclusivamente a la agricultura, empezaron a deshacerse de sus propiedades, quizá con cierto remordimiento, debido sobre todo a que las modernas necesidades económicas ya no permiten que sea rentable cultivar ni arrendar pequeñas tierras a otros para que sean cultivadas, según los modos de antaño.
Éste no ha sido, debo decir, el caso de mis tíos que, gracias a su empeño y al prestigio que cada uno, dentro de su particular ámbito de vida, ha sabido conservar, no se han visto en la necesidad de desprenderse de sus heredades y, por lo que sé, de alguna manera, aun cuando no les resulte rentable, las mantienen cultivadas. A mí me hubiese gustado detenerme en aquel tramo alto de nuestro recorrido, ante el cambiado panorama de las afueras del pueblo, a observar todas sus transformaciones y reconocer, más allá de la desoladora imagen de la nueva zona urbanizada, aquellas parcelas de mis tíos que antes, tantas veces, había visitado.
Esta idea aún rondaba por mi mente cuando por fin llegamos al lugar donde agasajaríamos a los recién casados. Entonces una imagen, disuelta ya tiempo atrás, adquirió apresuradamente su forma pretérita, redefiniendo sus rasgos esfumados en la memoria, aunque no con la perfección de lo pacientemente elaborado, sino como el esbozo que hace un paseante descuidado, a lápiz y en una tablilla demasiado pequeña para su gusto.
Siempre, cuando era poco menos que un adolescente, al pasar delante de aquella antigua residencia, convertida ahora en lugar de agasajos, encontraba la verja asegurada con una cadena y un enorme candado, así como las dos hojas de la puerta interior acerrojadas. Por un costado, miraba en la dirección de un sendero de piedras que conducía a lo que debía de ser un huerto situado en la parte de atrás. Pasaba por fuera del muro perimétrico, junto a un camino de tierra, una acequia de la que se desprendía un ramal hacia el interior de la propiedad. Había días en que encontraba abierta la compuerta y a la corriente de agua penetrando por este canal subterráneo; creía entonces percibir ruidos por detrás de la tapia, lo que me hacía detener ansiosamente junto a la verja, durante varios minutos, hasta que mi impaciencia me obligaba a seguir caminando, sin haber visto a nadie.
No sé por qué tenía una inclinación a tratar de figurarme la vida de las personas que antiguamente, cuando se podía decir que la ciudad quedaba lejos del pueblo, residían tras aquellos muros de piedra. Como nunca tuve la oportunidad de ver a alguien salir o entrar de la casa, ni saber cosa alguna sobre sus ausentes propietarios, mi imaginación se procuraba de ideas extravagantes. Llegué a soñar que veía, por ejemplo, a una mujer de edad indeterminable bañándose en una tina de zinc o calentándose, junto con una niña, delante de un anafe (objetos que sólo conocía de la casa de mis abuelos) mientras miraban en silencio –o pronunciaban escasas palabras sin significación precisa, frías y duras como gotas de agua en la madrugada– desde una de las ventanas hacia la calleja empedrada, liberada, en aquellos instantes de irrealidad, de experiencias que consideraba yo desagradables y agobiantes. Clamores de bocina o altoparlante, digamos, no la perturbarían en medio de la antigua rusticidad del pueblo: una rusticidad de la que sólo quedaban ya rezagos pero que se compendiaba admirablemente, al menos para una inexperta sensibilidad, en esta deshabitada residencia, la cual se veía antes bastante retirada de las demás casas y que entonces conservaba aún, con sus clausuradas puertas y ventanas, y un descuidado jardín, cierto ensueño de desuso que la había petrificado en un tiempo anterior al mío.
Pero el contorno preciso de la antigua casa, la materialidad de su sencilla figura, ofrecía ahora un definido contraste con la imagen a la que asociaba aquellas saturninas sensaciones. Pensé en el pausado reconocimiento que alguien emprende de un rostro conocido que ha cambiado con el tiempo, si bien lo que había ido mudando, en este caso, era el registro de mis recuerdos. A la intensa luz de aquella mañana, que me parecía tan desusada y excesiva, la pretendida simetría de la edificación hacía patente su propia y autónoma existencia, la inmediatez de cada uno de sus detalles e imperfecciones. La simpleza de su arquitectura se mostraba ya menos arcana y solemne. Tallos de alfalfa o restos resecos de boñiga que aparecían sobre el camino, delante de la verja, la presentaban a mis ojos, lo mismo que su simétrica fachada, con una actualidad intensa y precisa, en un vívido presente que la hacía una imagen dislocada, distorsionada, o groseramente retocada de aquello que yo, segundos antes, había querido representarme.
 
 
 
Ya no ocupamos ninguno de nosotros más que un lugar periférico en la conciencia de casi todos los presentes. Muchos de mis tíos mayores sólo parecen recordarme como a un chiquillo de once o doce años, bastante impertinente e insocial, y he observado que ahora, luego de preguntarme someramente por mis padres, no atinaban más que a voltear lánguidamente la mirada con la que me habían estado sometiendo a breve examen. A los hermanos de mi padre, que me han tratado con más frecuencia, los he encontrado todo este tiempo completamente ensimismados en ayudar a Julia y ahora los veía absortos y entusiasmados en sus personales conversaciones con los demás invitados. Por alguna razón o temor no me he atrevido a acercarme a ninguno de ellos –ni siquiera a mi tía Delia– en un tono de confianza o familiaridad que hubiese debido de serme natural. En otras épocas, cuando la misma experiencia de incomunicación era más bien el resultado de la ausencia de otros niños de mi edad en la familia, la cercanía de mi primo Francisco evitaba que me sintiera extraviado entre mis parientes mayores o sus particulares invitados. Pero ahora que ambos somos ya también adultos, esa cercanía no existe y su ausencia hizo que experimentase, por ratos, una molesta sensación de aislamiento.
Francisco, mi primo, tiene casi dos años menos que yo y aunque esa diferencia nunca nos preocupase antes, cuando juntos inventábamos modos de entretenernos en las reuniones familiares, mi alejamiento de la ciudad parece haber creado un distanciamiento más profundo de lo que podría haber representado aquella diferencia de edades en nuestro pasado.
Con una desenvoltura de maneras que contrasta con la inseguridad o timidez que yo le conocía de antes, parecía concentrado en tomar fotografías de la reunión, probando una y otra vez, desde todos los ángulos posibles, una cámara fotográfica que ha traído del lugar donde ahora vive, sin dejar de conversar, con una envidiable naturalidad, con cada uno de mis tíos o de mis primos más jóvenes, quienes por igual le sonreían u observaban con respetuosa consideración, mientras ofrecían sus rostros para perennizar los instantes más memorables de aquella reunión.
También yo tuve que mirar fijamente hacia aquel lente mientras intercambiaba con él una frase cualquiera. Francisco, a diferencia de mí, ha permanecido dentro del campo de percepción de todos en la familia y su presencia tiene un significado más variado e intenso para ellos que el que puede tener la mía. Todos lo han visto crecer profesionalmente y la prosecución de sus estudios en el extranjero ha terminado por afianzar una cierta preeminencia destinada a igualarse con la que tienen los miembros más conspicuos de nuestra estirpe provinciana. Se ve que para Ignacio, su hermano menor, y para mis primos más jóvenes, él ha sido una figura familiar y ejemplar a lo largo de estos últimos años, durante los cuales, se podría decir, ha transitado por un sendero apropiado de madurez y ellos, por su parte, han ido ocupando el lugar que alguna vez –aunque de distinta manera– nos correspondiese a mi hermana mayor Katia, a Francisco y a mí, junto a Julia, Ignacio y Silvia, mi otra hermana.
 
 
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La alternancia de música para bailar era un detalle previsto por la misma Julia, lo que me hizo suponer que la separación, cuya latente existencia ya había percibido desde el mediodía, entre los dos grupos de invitados no iría a disolverse en toda la reunión. Óscar es de aquí, pero se marchó apenas acabada la secundaria y desde entonces vive en Brasil, de donde proviene una rama de su familia. Conocía a Julia (como a mí o a Ignacio) de pequeña, pero –según la versión que mis padres siempre contaban– se enamoró de ella cuando mi prima viajó por su cuenta, con una exigua beca, a estudiar en aquel país y vivía sola en una pensión. Creo que, de todos los invitados, poco menos de la mitad eran parientes de Óscar o amigos de ambos que viven en Brasil. Formaban todos ellos un grupo compacto de habla y usos propios: cuando decidían salir a bailar –cosa que sucedía sólo en los ratos de música que les era familiar– usaban de una manera ligera, delicada y alegre que contrasta con los movimientos, al mismo tiempo desganados y truculentos, comunes de nuestro medio.
Quizá no se tratara tan sólo de la diferencia de idioma (que alentaba la incomunicación, pero no tenía por qué hacerla inevitable) o del hecho de que todos los que eran de la ciudad, parientes o no, de alguna manera estuviesen relacionados por distintos vínculos y se hablasen con cierta naturalidad, puesto que, en lo que a los invitados brasileños respectaba, existía en realidad una especie de invisible barrera que sólo dejaba filtrar, en su relativa impermeabilidad, algo de cortesía o buena educación. Lo que acechaba por detrás de ello era la irreconciliable contraposición entre su cosmopolitismo, que parecía algo innato y les facilitaba a ellos acomodarse a un medio hasta cierto punto desconocido, y la provinciana cortedad diluida en las maneras sociales de quienes nos hemos criado en esta ciudad. La observación de las manifestaciones de este contraste me entretuvo un poco, si bien luego empezó a crearme una cierta inquietud un poco difícil de definir.
Se ha hecho común, me dije, recordando al mismo tiempo las celebraciones de la oficina donde trabajo, al festejar una ocasión, que se instale entre los presentes una rara especie de jovialidad caracterizada por encontrarse como amordazada por un fatalismo oculto y degradante, dirigido hacia el futuro o, en realidad, hacia todo lo existente, que añade a nuestra simple circunspección de otras épocas una languidez rara, enfermiza. La sencilla e indulgente despreocupación de los parientes y amigos de Óscar, por contraste, parecía provenir de un lugar ya no sólo geográficamente diferente al nuestro, y quizá por ello mismo se me antojase de pronto, en aquel rato, un tanto ofensiva, entre otros motivos, por parecer tan impermeable al resto de los presentes.
Era esta clase de pensamientos lo que me distraía, por ratos, de una recurrencia a fijarme en lo que, de pequeño, me resultaba tan naturalmente familiar y que ya no lo es más. Pero los asuntos de los que se hablaban en la sobremesa me resultaban ajenos y este hecho venía a ser, en realidad, el aliciente que me conducía a pensar en mis vinculaciones de la infancia. A pesar de que era algo que había descartado que ocurriese, también empecé a pensar en Nadiana. Quizá su presencia me hubiera hecho olvidar todas aquellas confusas impresiones, me decía, permitiendo que me alejara de la reunión, en dirección de las viejas chacras supervivientes del pueblo. Y ya que nunca le hablé de ellas, hacerlo ahora.
 
 
 
Finalmente, cuando no pude evitar sentirme más incómodo y nervioso, me fui. Algo desorientado caminé por una desconocida pista de asfalto hasta que abruptamente se interrumpió delante de una puerta metálica. Trepé por el cerco de piedras de una chacra colindante y me puse a andar por sobre uno de sus bordos hasta alcanzar una trocha que se aleja definitivamente del pueblo, internándose por una serie de tabladas en desnivel. Era casi las cinco de la tarde y el cielo se había empezado a nublar. Pensé entonces en que había sido un buen momento para salir a merodear y pronto sentí el alivio de haber dejado de escuchar el retumbo de los altoparlantes. A cambio de ello, percibía a intervalos el ruido lejano del paso de automóviles en medio del silencio, en el apenas sensible movimiento del aire. No sé por qué me encontraba tan a gusto en medio de lo inerte. Sin importarme haber ensuciado mis zapatos o estar estropeando el traje que llevaba puesto, continué andando por aquel estrecho sendero cubierto de piedras y brotes de pasto. Se extendía a lo largo de él un canal de piedras trabadas, en cuyas junturas crecían hierbas silvestres. A algunas de éstas sabía antes designarlas, pero ahora no podía hacerlo, no me acordaba de nada. Luego de un trecho, para continuar tuve que empujar una tranca de hierro oxidado, lo que de pronto me hizo reconocer el lugar en el que estaba. ¿Por qué extraño recorrido había llegado hasta allí? Tuve la sensación de que levantaba el velo que cubre el cadáver de una persona conocida. En algunos tramos los bordes del sendero se habían desdibujado y la enorme parcela a mano izquierda –que yo recordaba siempre sembrada con alfalfa– era ahora un canchón sin utilidad aparente, surcado con huellas de neumático. Pero conforme avanzaba aquella primera impresión de transformación se iba desvaneciendo: lo que encontraba a mi paso eran en realidad cambios efímeros y me parecía que, según me alejaba del pueblo, también lo hacía, de alguna manera, del presente.
No se veía a nadie por el camino y por un momento hasta me pareció que estaba esperando a que mi padre apareciera, a la vuelta de un recodo, siguiendo el curso de la acequia adyacente: ¿me iría a pedir que le ayudara a desbrozarla para dejar libre el paso del agua? Era ésta una extraña memoria; la antigua chacra de mi padre se encontraba aún lejos y pocas veces se decidía a emprender él mismo faenas del campo, aunque se tratara en apariencia de algo tan poco exigente como vigilar que nadie perturbase el recorrido del agua desde la toma del canal principal. Sin embargo, tuve aquella pasajera impresión de que podía verlo venir de un momento a otro, posiblemente con un chaquetón viejo, con los codos forrados de cuero, que usaba él cuando yo era un niño, una linterna eléctrica en el bolsillo y una lampa en la mano, quizá acordándose él mismo de su propio padre. Y era ésta una imagen muy fuerte además, muy definida, como nunca pensé que volvería a tener de mi padre, aún joven. ¿Pero acaso no estaban allí muchas de las parcelas tan iguales a como yo las había visto años atrás? La mayoría pertenecería aún a parientes o personas vinculadas a mi familia, y yo que de chico había paseado muchas veces por allí, saltando de tablada en tablada, me sentía capaz ahora de reconocerlas y diferenciarlas a pesar de que el paisaje circundante, sobre todo después de una quebrada que era como el límite de aquella parte del pueblo, había cambiado mucho desde entonces: saltaban ahora a la vista distantes postes de alumbrado que no encontraban lugar en las bucólicas imágenes de mi recuerdo.
Apareció, de pronto, por aquel sendero de piedras y polvo, en dirección opuesta a la mía, una niña –en realidad una joven decididamente no impúber– seguida por un grupo de carneros macilentos arrastrando unas cadenas provistas con estacas, con las que aquella –recordé– los sujetaría al suelo mientras pacían. Me dirigió una mirada rápida; yo me quedé observándola un buen rato mientras se alejaba desganadamente por su propio rumbo, a la cabeza de su rebaño. Parecía ser ella, también, una aparición de otros tiempos. Su sombrero de paño de lana le cubría toda la frente. Luego de que se distanciara de nuestro punto de encuentro, retomé aquel camino rústico hasta el lugar donde las parcelas confluían y si se quería continuar había que hacerlo por sobre los bordes de las tabladas. Como aquella era una parte algo más elevada que el resto del camino, me detuve a observar los alrededores; el viento de la tarde, ya sin la presencia del sol en lo alto del cielo, refrescaba y limpiaba la atmósfera del polvo y el calor del día.
Calmadamente, sin sentir aquella aprensión de la mañana, fui identificando cada una de las chacras de mis tíos: tres tabladas que se suceden en forma escalonada, aunque con escaso desnivel. La más cercana, desde mi perspectiva, era la tablada de mi tío Armando; la del medio –donde quedan los restos de un antiguo establo– pertenece a mi tía Antonia y la última, aparentemente más pequeña, a mi tía Cecilia. Melgas y surcos aparecían nítidamente marcados y las pircas de sillares que las confinaban se hallaban prolijamente acomodadas. De pequeño me apasionaba considerar este abstracto empeño, propio de los adultos (pensaba) por ordenar las cosas de la naturaleza. Otras chacras –sobre todo las más cercanas al pueblo– me parecían, por contraste, descuidadas o enfermas, ya que acumulaban basura o la gente deshacía las pircas para cruzar por en medio. Esto sucedía quizá porque a las chacras de mis tíos sólo se llega a través de este sendero o viniendo desde muy lejos por una trocha que terminaba detrás de la tablada de mi tía Cecilia. Era por allí que yo veía venir muchas veces, desde los días en que vivían mis abuelos, destartaladas camionetas cubiertas de polvo, para llevarse las cosechas.
Al otro lado de esta trocha, a cierta distancia de un intruso páramo atravesado por estrechas calles mal asfaltadas, postes colocados para una futura instalación de alumbrado público y, entre montículos de piedras y desmonte, algún que otro casco de vivienda, se mantiene otro grupo de pequeñas parcelas agrícolas, flanqueadas por viejos álamos y arces. En medio de ellas, en un altozano, resalta una vivienda solitaria, de una sola y sencilla planta de gruesas paredes. Su antiguo muro perimétrico encierra, sin ocultarlos del todo, lo que a simple vista parecen una huerta y algunos cobertizos o habitaciones independientes donde se guarda quizá máquinas o aparejos de agricultor. El color amarillo de la casa ha perdido el lustre que alguna vez debió tener, hasta el punto de que las manchas oscuras que bordean los vanos de las ventanas y de la puerta parecen hoy formar parte de la pintura. Detrás de las rejillas pude observar unas cortinas de plástico de color celeste y, descansando sobre los alféizares, pequeñas macetas con geranios y cuencos de latón pintados de colores. La que a mí, de chico, me parecía una edificación monótona, inaccesible, sin gusto, descuidada y hasta deprimente, en aquel instante me atrajo con inesperada intensidad. Avancé otra vez por los bordes de las chacras de mis tíos hasta llegar a una parte aún más elevada, con el fin de apreciarla mejor. No parecía ahora muy difícil llegar hasta allí, pero habría entonces que buscar después, por un costado, la portezuela metálica por donde antiguamente, luego de golpear y golpear durante un buen rato, alguien salía a recibir. En aquel mismo sendero lateral se veía aparcada una camioneta de oxidada carrocería, de un color verde tan desvaído como el de la casa: la reconocí o quise reconocer como otro objeto familiar, tanto como aquella otra puerta que se veía a la distancia, la puerta principal de madera y doble hoja, sin vidrieras pero con una cerradura y un tosco jalador de bronce, sólidos y gastados, siempre cerrada o más bien como clausurada, casi un antiguo emblema de la fachada, al que yo deseaba, no sé por qué, acercarme a tocar.
Más allá hay un estanque en cuya superficie pequeñas ondas golpeaban constantemente una clase de juncos de agua cuya denominación local, como tantas otras cosas que mi padre quiso hacerme aprender, había yo olvidado, a pesar de que se les encuentra siempre en los rebalses. La intensidad de la luz diurna había empezado poco a poco a disminuir. En tardes como ésta –pero entonces me parecía que todo se veía rodeado por aburridas y tristes sementeras– mi padre nos traía hasta aquí para ver su chacra, con la excusa de admirar el atardecer. Me di cuenta de que no podía recordar que aquel estanque existiera antes, en aquel tiempo. La imprecisión que afecta a mi memoria pareciera ser un mal de la misma clase que el que representa el implacable desarrollo de la ciudad, que amenaza con hacer desparecer, en un día próximo, la vivienda lejana de aquel agricultor (donde parecía que alguien había encendido una bombilla eléctrica) cuyo nombre –si alguna vez lo retuve en la memoria– he olvidado también por completo.
Detrás de aquel paisaje cercano hay una quebrada, tras la cual, ya en otro distrito, lo que se podría considerar una continuación de aquella trocha bordea un buen número de chacras y finaliza en lo alto de una cuesta, en un antiguo poblado por donde pasa el principal y más antiguo canal de riego de toda esta zona agrícola. ¿Serían quizá estos los campos que yo recordaba de las tardes en las que veníamos hasta aquí, en nuestra Station Wagon, y no los que, en alguna época (quizá anterior a mis propios recuerdos, en realidad), parecían haber existido en lugar de las precarias lotizaciones urbanas con las que colinda la vieja vivienda amarilla que yo me había detenido a mirar? Para satisfacer mi curiosidad anduve unos metros a lo largo de aquella trocha hasta que me detuvo, con la violencia de un pinchazo, la vista de una pequeña parcela, poco antes de que el terreno empezara a inclinarse. Su irregular figura quería semejar modestamente un rectángulo y los mampuestos –cuidadosamente colocados decenios atrás– que demarcaban sus linderos eran relativamente más pequeños que los enormes sillares que había visto en las chacras de mis tíos. ¿Qué era lo que habrían arrojado a la tierra y que afloraba apenas ahora en la superficie? No lo podría decir, a pesar de que tantas veces, en todas las estaciones, había venido por aquí y había tratado de aprender a diferenciar entre diversas simientes y almácigos. Pero, al menos, ahora mi memoria no me podía engañar en algo: estaba parado delante de la tierra que alguna vez fue de mi padre; aquella hijuela que él vendió poco antes de marcharnos de la ciudad y que, equivocadamente, habíamos creído todos en casa, había lotizado su nuevo propietario.
 
 
 
No regresé al agasajo. Ya había oscurecido para cuando estuve de vuelta en el pueblo. Pasé de largo, en dirección de la larga avenida, pobremente iluminada como siempre, que bordea al pueblo y lo une a la ciudad antigua. Anduve por ella sin percatarme bien de qué era lo que estaba haciendo, por qué o hacia dónde me dirigía. Luego de un largo rato me detuve frente a un emporio donde había –desde cuando yo mismo podía recordar– un teléfono público junto a la puerta. Tomé una moneda y maquinalmente llamé a casa de mi padre, pero nadie respondió. Mi padre, a veces, simplemente no se levanta a contestar.
Pensaba todo el tiempo en aquel antiguo paraje rural, que había conservado en mi ausencia ciertos gruesos trazos de su antigua fisonomía, resistiendo como podía la intromisión de la ciudad. Me abrumaban tanto estos pensamientos que, en una especie de acto reflejo, propio de la niñez, quise hablar de ello con mi padre. Desde que era chico me había habituado a considerar la vida en el campo como penosa y deprimente, y mientras permanecí en la ciudad trataba de pensar en que, de alguna forma, mi destino debería ir en una dirección opuesta al que había ligado a mis abuelos a labrar la tierra todos los años bajo un sol inclemente, con la ayuda de jornaleros de aspecto torvo y desaliñado, para después tener que hacer tratos con ganaderos y comerciantes de pérfidas maneras. Era un destino que, visto desde esa misma perspectiva sesgada de mis años más jóvenes, tampoco había perdonado a mi padre, arruinando muchos fines de semana, cuando no podía descansar de su trabajo habitual, porque debía ir a supervisar las labores o enfrascarse en largas negociaciones para vender de una cosecha.
Ahora, sin embargo, la vista de nuestra antigua parcela, en la quietud de las últimas horas del día, persistiendo en su condición de tierra de labranza, seguramente cultivada por un arrendatario del actual propietario, me había encogido el ánimo sin que me explicara bien por qué. Su presencia ya no representaba la existencia de alguna amenaza para mis planes del futuro, como antes, cuando sentía entusiasmo por el porvenir y me estremecía pensado en que quizá me vería alguna vez en la obligación de cultivar aquella hijuela labrantía. Ahora, más bien, esta misma desvinculación personal me hacía sentir una indefinida y nostálgica culpabilidad, como si mis antiguos recelos fueran la causa de su actual precariedad, de la lastimosa y escuálida apariencia de aquella parcelita solitaria. Rencorosa, la tierra me recordaba que se había roto, debilitado por mi prolongada indiferencia, aquel secular lazo que nos unía. No heredaría ya ningún lugar donde cultivar y mi vida continuaría sin remedio en el aire infecto de la gran capital. Mientras, aquí el viento fresco de las tardes seguiría soplando, como hacía un rato, sobre estos mismos campos que representan lo que queda de la atrasada y pertinaz pequeña agricultura de la ciudad.
Durante la noche me soñé con los cuartos –vacíos– de aquella casa donde tuvo lugar el agasajo: no los recintos “reales” que conforman actualmente el salón principal o el comedor o la cocina, sino unas habitaciones sin puertas, dolorosamente apartadas, como bocas abiertas, alrededor del patio; después, los tallos de clavel que se había colgado, de cabeza, en unos cordeles de aquel patio, gañían con sus colores intensos, como campanillas vaciándose en el aire de silencio. Se balanceaban al viento que (en el sueño) era cada vez más fuerte, hasta el punto de llegar a sacudirlos inclementemente, sin que, empero, consiguiera desprender a ninguno de ellos.



 

(Roberto Zeballos Rebaza nació en Arequipa, Perú. Autor de la novela Tigre Hircana, traductor. Actualmente reside en su ciudad de nacimiento.)
 
 

4 comentarios

  1. El adelanto, me gustó mucho… esperaré para continuar. Gracias Roberto Zeballos, Gracias Juan Pablo Torres Muñiz y Anabasis…

  2. El “adelanto” me gustó mucho. Esperaré para continuar. Gracias Roberto , Juan Pablo y Anábasis.

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