Los héroes equivocados: Sobre el legado de Sam Peckinpah

Por: Ernesto Carlin y Juan Pablo Torres Muñiz
 
Que si hizo apología de la violencia, que si fue banalización… Mucho ha sido dicho. Desde luego, se le atacó en su momento, enfáticamente, y hoy, sin duda, volarían etiquetas en su contra con más facilidad, una metralla; no obstante, como antes, sin hacerle mella. A Sam Peckinpah se le ha acusado a gusto; su obra, no obstante, perdura. Continúa su influencia mucho más allá de los estándares de violencia que, ciertamente, elevó en el cine; siguiendo una línea más o menos sinuosa desde Shakespeare (cuya vida hoy, pobre, correría peligro) y aviva con sus ecos, nada más por citar un ejemplo, la inmensa novelística de Cormac McCarthy.
Aquí, Ernesto Carlín, siempre cordial, sonríe del otro lado del café y se presta a acompañarnos. A explorar este viejo campo minado…

 

 

Sí, es en parte por su propia herencia que la violencia de por sí ha dejado de sorprender.  Hay géneros específicos que hoy la lucen como final motivo, sin decir poco nada más. Lo que llama la atención en el cine de Sam es el carácter moral de sus personajes, que ejercen la violencia, que la viven.
Pienso de inmediato en David Summer, el protagonista de Perros de paja (interpretado por Dustin Hoffmann), que se muda con su esposa a Inglaterra, dejando la USA natal y… su violencia. Para luego, al cabo, encarnarla él mismo en respuesta a la hostilidad que, en nuevas formas, atroces, lo alcanzan en su nueva residencia.
Asistimos con Peckinpah a ver personajes que se encuentran con la violencia

 
O en ella, perfilados así, propiamente como criaturas complejas.
Un personaje, siempre ficción, se nos ofrece, de una parte, como clave a entender más hondamente un tipo de persona, pero esto solo en principio; luego, principalmente, para enfrentarnos a cuanto bajo esa supuesta categoría se le atribuye, el absurdo propio de la clasificación. Por otro lado, desafía directamente el alcance de nuestra comprensión con los tipos preconcebidos, esos con que nos intentamos sujetar a sus agentes, procurando ajustar la realidad a nuestra medida. Por más alusiva que sea su descripción, por más lejos que nos invite a ir por nuestra cuenta, el modo en que se configura a través del desarrollo de la historia, el personaje es al cabo un ser acabado: con claros límites respecto de la complejidad de lo real, emparedado entre la presentación y los créditos del film, la primera y la última página de la novela, en los segundos que dura el tema musical, etcétera. La intervención del artista respecto del modo en que concebimos esta, su creación, depende en cada caso de la voluntad puesta en juego y su pericia, pero nunca deja de ser, si no aparentemente, activa, real. Sus efectos, el modo en que operan sus artificios según la época y el contexto, en los receptores conforman otro asunto.
Peckinpah pone en pantalla personajes expresamente parciales respecto de la amplísima complejidad del ser humano. Señala a partir de ellos un aspecto específico de su condición.

 

 

Soltar nada más que la violencia le obsesiona, como toda falacia de esta especie (ad hominem) revela como síntoma que su propuesta provoca, en efecto, una reacción personal. Golpea directamente un aspecto sensible en todos. Más allá de la sorpresa (que provoca siempre la violencia), se trata de un auténtico asombro. Algo bien complejo. Imposible de abordar desde una perspectiva de meras calificaciones.

 
Pinta claro en otra película, La cruz de hierro –de mis favoritas–. En ella tenemos al hombre que va a matar para obtener su galardón. Algo terrible. Se eleva por motivo una suerte de búsqueda del honor, ambición de una condición. Cuestiona, desde luego, pero hay quien dirá, además, que puede llegar a confundir. En realidad, quizá, señala la confusión reinante respecto de la propia violencia como medio, sobre el rol de esta en la propia vida de los seres humanos.

 
Una vez más, por tirar aludiendo a pretensiones de determinadas condiciones, que al cabo recaen en sujetos…

 
No es nada nueva la fascinación por la estética, el invento de culto y la supuesta mística de la aberración  que constituye el nazismo, por ejemplo. Hoy a todo el mundo le resulta más fácil recordar a Himmler, Goebbels y a otros altos mandos alemanes que a las figuras más importantes del bando aliado entonces. Es como si el vencedor no hubiera dejado en realidad un legado perdurable.
Qué tan curioso es realmente que en Estados Unidos impere tanta admiración por esa parafernalia del que fue vencido. El tema da para mucho más, claro…
Bueno, conviene recordar que La cruz de hierro está catalogada como una película antibelicista. Pero ahí tenemos en pie otra idea, un tanto rara: Si Peckinpah quiso criticar la violencia, pues la cosa le salió al revés. Acaso nos hallamos en esta obra suya, como en otras, ante un elogio a los héroes equivados. En apariencia. Más bien un elogio del heroísmo, con alusión a las causas equivocadas.
Sam, al parecer, más bien critica algo más a partir de la violencia, lo hace a través de ella.

 

Sus personajes toman la oportunidad de citarse con la muerte, o se ven arrojados a enfrentarla. Para encontrar en ella una justificación, y un motivo que le dé sentido a sus vidas, en determinado punto. Siempre ocasos.

 
Tenemos, por otro lado, que tanto en las películas antes mencionadas como en La pandilla salvaje o Quiero la cabeza de Alfredo García, aun antes de desarrollar sus historias, tremendas, Sam nos enfrenta, de arranque, a un mundo duro, salvaje; nos dice que la vida es así.

 
El mundo en sí no como malo. Pero sí cruel, sin duda. En cuanto castiga la ingenuidad.

 
En The wild bunch es explícito: Los mejicanos –que, fíjate, otro asunto: qué tan buenos vienen a ser en el contexto– necesitan de los hombres más violentos. Como si dijeran, al igual que en el caso de Los siete samurais, de Kurosawa: necesitamos de quienes sepan usar las armas, por la razón correcta.


Los héroes, como dices, parecen haber errado el rumbo. Pero es que hecho el primer tramo, al punto en que nos damos con ellos en su tragedia, no hay más. Y se lanzan directamente a perecer. En su muerte yace la clave que no sin guardar misterio para  los demás, los salva del sinsentido. Un legado cuestionador. En él no hay nobleza, si no voluntad, simplemente. Un impulso que lleva a los personajes a la plenitud en la plena apuesta de su existencia, en el fuego mismo de la batalla (siempre, la última batalla).

En esto último queda claro el parentesco de enfoque del director con el del autor de las obras maestras Hijo de hombreSuttreeMeridiano de sangre, La carretera. Asimismo, arroja luces a la referencia más profunda, quizá, del cineasta: las tragedias de Shakespeare…

 
Recuerdo en Otelo, el momento en que Yago dice Yo no soy lo que soy… Esto entraña algo mucho más profundo. Un Yago mejor, un Yago distinto. Potencia. Algo enorme.

 
Sí, se nos aparta de aquel otro Yago, a la vez que se nos acerca a una significativa constatación de la realidad toda. Shakespeare nos aproxima unos a otros a través de su declaración, nos lleva a tocar cada quien de su lado, las letras, el propio lenguaje, planteando en el mismo, sin embargo, y en el alcance que revela de nuestra capacidad comunicativa, una distancia insalvable. El trecho mudo en que solo alcanza a hablar la muerte.
De modo que los seres se nos van de las manos, ya en vida. A su fallecimiento nos queda una historia. Con ella, podemos acercarnos de veras a su personaje.
Marguerite Yourcenar declaró en una entrevista a Bernard Pivot que creía conocer mejor al emperador Adriano que a su propio padre. Respecto del primero tenía la ventaja de conocer mucho de cuanto ya otros habían averiguado, contaba la Historia misma; en cambio su padre, tan cercano, se le iba, la excedía. Desde luego, esto refiere principalmente a imágenes, no a esencias. Pero es por algo de estas que los signos trascienden.

 
En Shakespeare se aprecia, no obstante, una permanente preocupación por el futuro, por la continuidad misma de la historia, por el legado del personaje que muere, en la propia ficción y la tradición de su pueblo. En Peckinpah, todo acaba con la vida de esos sujetos insignificantes para quienes no los conocieron personalmente, esos dados a la guerra.

 
Entonces, su cine preserva el único testimonio de ellos. Entrega su ficción como alegoría que corre con el viento y marca, acaso mancha, una y otra escena del futuro. Como ceniza. Ser nadie equivale de algún modo a ser todos.

 

 

De tal forma que se nos enfrenta a la posibilidad de morir cada quien en su propia ley. Como los suyos.

 
En el acierto, en el error. Pero, una vez más, como al final de esa maravillosa novela, Memorias de Adriano, para el paso al más allá con los ojos bien abiertos…



 

2 comentarios

  1. Extraordinario. Que vengan mas notas como esta.

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