A un lado el ruido: Sobre Las chicas, novela de Emma Cline

Por: Guillermo Cóbena

 

Hay primeras novelas de jóvenes autores, sorprendentes. Y hay obras enormes. Llámalo sueño, Los reconocimientos, Los Buddenbrock rebosan madurez artística. También en Dientes blancos la juventud palpita, apuesta mayor: a todo o nada. En la suma, vaya que trascienden. Pero conviene recordar que estos son casos excepcionales. No por gratuito escepticismo, si no porque, en efecto, la riqueza de una obra, debida directamente a la fidelidad para con el valor auténtico de su sentido (en juego, la visión entera del autor), revela contenido y forma comprometidos en una entrega personal respecto, evidentemente, de lo que mejor sabe y/o conoce.
(Hay que tener muy claro de qué va lo propio. No hay edad que lo garantice.)

Finalmente, hay novelas como Las chicas, de Emma Cline, que resultarían sorprendentes si no se las anunciara a gritos como obras mayores.

 

De qué va el objeto de este fenómeno editorial:
Charles Manson. Las chicas que anduvieron con él. Algo de esto. Más de cerca, una de ellas en particular: una testigo de ficción cuyo retrato como adolescente se va desarrollando…, callando toda evidencia de lo que –de creernos algo de su historia–, bien podría haberla marcado de veras. Muchos guiños a lo concreto e inmediato. Ningún riesgo fuera de la prosa, es decir, en el planteamiento o en la estructura.
Agregar que la novela incorpora un interesante retrato de la época o que se esbozan en ella, con gracia, rasgos luminosos de una ingenuidad en el olvido –cuanto ha sido señalado como parte de la inmensa campaña de mercado–, sería exagerar.
Bien, todo tiene un precio. Emma Cline optó por la vía rápida, lo cual resulta evidente conforme, también rápidamente, se pasa por las páginas de The girls.
Ahora bien, sus verdaderos méritos están ahí. Brillan. El problema es el reducido espacio que tienen, habida cuenta la apuesta a seguro por lo curioso, escabroso e impactante que de todas formas cobra cuerpo a través de la historia (simple, lineal, carente de toda complejidad y, por momentos, simplemente inverosímil en cuanto a los ajustes necesarios para continuar con la perspectiva privilegiada de Evie en la voz narradora).
Lo bueno, excelente, incluso, se encuentra en las observaciones a la vida adolescente de la protagonista, siempre al margen de la estruendosa referencia al clan Manson (que apenas e invita a los desinformados a pasar por Wikipedia, pues la clave obvia es ignorar, bordar de etiquetas recicladas la falsa leyenda), pero también –y esto entraña una gruesa falla–, respecto de una auténtica perspectiva adulta como contrapunto: rol con que al cabo incumple la misma Evie, ya con más edad.
La narración que corresponde a 1969 empieza, en efecto, deslumbrante. Tono, pulso, agudeza y hondura: el tema se presta con particular interés, debido al tino de Cline para pintar el amplio terreno de inseguridades de su protagonista, como un pantano mecido a la buena, merced de las ausencias: ahí donde nadie parece querer entender, mucho menos comprender, y las figuras se dividen en héroes o monstruos para una perspectiva bizca de tanto tedio.
¿Pero quién es esa otra criatura ya mayor cuya fórmula para pintar madurez es apenas contemplar, callar y colegir más rápido de los gestos de los nuevos adolescentes? Siendo que un personaje posee forma por lo que hace, dice y por la elocuencia de sus silencios, Evie ya mayor es apenas nadie, pues nada importante tiene que decir en presente, nada ha procesado de lo vivido que permita ver, la haya transformado, y nada calla, en realidad, porque cuanto había por decir, consta ahí entre las páginas de la novela, hechos sin más.
La confusión entre asombro (que siempre provoca, revelando para los propios personajes cuanto al parecer tenían escondido aún para sí mismos) y fingido eco de estupefacción, en realidad mera conformidad a los hechos, como si estos por sí solos dijeran de veras algo, es evidente.
Ni siquiera el solvente manejo de figuras literarias, complejo, rozando lo sofisticado, mas sin perdernos de la acción, de la situación, de lo destacado en cada momento, le permite a Emma llevarnos más allá, saltar de la dimensión de lo complaciente con vagas ideas de la época, ni de un silencio timorato cada que nos topamos con algún adulto, y ya ni se diga cuando entramos propiamente en la casa Manson. Aquí, fuera de lo intimo adolescente, cada imagen podría encajar sin problemas con uno entre miles de fotogramas de entre cientos de películas alusivas a aquel periodo decadente.
Fallar por ir a seguro es más común hoy de lo que se cree.
Al término de esta novela uno extraña –como dice la vieja expresión– agallas, y nobles errores: precio por compartir una visión, de momento coartada.



4 comentarios

  1. ¿Guillermo Cóbena está a cargo de todas las críticas literarias? Sería interesante leer más perspectivas. Es interesante la suya, pero mejor más, ¿no?

  2. pure del boom. y cierto, ya pensaba yo que estaba loco y solo. pero ustedes lo expresan con cordura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *