El frío de la piedra, el candor de la locura: Sobre la obra de Tamara de Lempicka

Por: Ana Negro y Guillermo Cóbena

  

Dijimos del asunto de Tamara… Fue por un comentario contundente, apenas a mención de su nombre.
Ana Negro. Una visión atravesada por la experimentación, me aclara. Y bien claro lo tengo. Franqueza luminosa, a veces como destello de fuego de arma…
Ante los personajes de los cuadros, nunca a sus pies, pese al porte monumental que lucen siempre, nos citamos a dialogar. A ver qué, café por medio. Dos espressos.
Su voz se abre paso…

 

Siempre a rigor de verdad, es así, pero tratándose de este quehacer, más aún, más…

 

 

Tú lo has dicho, Tamara fue un personaje, un personaje que de una manera u otra trascendió, ergo, en algún punto cumplió con su objetivo y en ese sentido tuvo éxito. La cuestión es que ese punto no significa demasiado. Por afán de complacer supo leer en su tiempo el gusto de cierto estrato social y, acompañado de un dominio técnico que no puede negarse, responder con éxito a la época.

 
Lo que hizo ella gustó porque representó, a través de un complejo juego de referencias, el afán de… un espíritu, digamos, seriamente objetable. Pero trascendió debido su carácter elemental, que iba más allá de la propia época. Hoy mismo, sus cuadros seducen por razones casi idénticas a las del pasado.

La cuestión que importa es si la magnificencia atribuible a sus criaturas corresponde verdaderamente a alguna humanidad
La obra nos enfrenta (aunque la profundidad resulte más bien relativa).

 
La interrogación que se me plantea es: ¿Qué es lo que estuvo en juego en esa obra?
Comparto la concepción de la creación que tiene la Duras . Cuando habla de los libros y de la escritura manifiesta algo así como que hay dos categorías de escritores: unos para los cuales los libros producen como una sustracción del cuerpo, como un “ despoblamiento” progresivo del cuerpo (se incluye ella en esta categoría), la segunda es la de aquellos para quienes la escritura es un mero “ ejercicio” del cuerpo. Allí no hay pérdida, solo ejercicio del oficio.

 

 
Objetas las motivaciones del proceso…
Pero el motivo de toda obra es la efectiva comunicación de la cuestión. Bien, se trata de arte. Tenemos, para empezar, el asunto respecto de aquella magnificencia. Esta alude a determinada nobleza, incluso a una suerte de derecho divino. Y son patrañas, por supuesto; algo terrible; más: trágico, siempre.
Pero pongamos un poco más de cuidado: Los personajes de Tamara, por principio, son inmortales; monumentos, cada uno; como tales, lejanos a la crítica de las personas reales, criaturas complejas, que encarnan el ideal de supuestas esencias superiores. Mas, en virtud de qué. ¿Cuál es el mito; cuáles los ritos…?
 
De Lempicka evidencia un saber hacer indudable, una técnica exquisita, pero también una complacencia que siempre está asociada por definición a una anteposición del gusto del Otro que condiciona la obra. Hasta el nombre del estilo a que se dedicó evoca la complacencia: Déco. Ornamento.
Entonces, no se percibe la necesidad, la tensión del vacío donde la forma es creada .Tal vez , aventurando, simplemente porque la pintura era para la artista un ejercicio gozoso del cuerpo. Personalmente creo que la complacencia obtura el goce y lo que queda es el regodeo gozoso que es bien otra cosa.

 

  

Pocas expresiones culturales traslucen como la arquitectura, tan claramente, las pretensiones de una época, lo mismo que las concepciones arraigadas en ella, las que a menudo dificultan un verdadero desarrollo; pocas exponen una idiosincrasia y, sobre todo, la composición de una sociedad…
He aquí que reconocemos en la obra de Tamara, características obvias del ArtDeco y otras corrientes: Se pretende, en efecto, encumbrar apresuradamente el signo de los anhelos, mas transformado en logro de una buena vez (he aquí tanto glamour, oh, prueba del éxito), para sobrepasar la época… Prosperidad. Perdurabilidad. Solidez de la línea, y mucha altura; verticalidad…
Agréguese, como elemento de esta misma visión, cierto tedio en las criaturas. Es que, en efecto, son diosas, dioses…

 

  

Creo que en la creación no hay complacencia posible. Se pone todo en cuestión cuando el deseo que se satisface es el del otro. Y entonces deberíamos plantearnos qué es un artista, que es lo que hace un artista cuando “hace obra”.

 
Como provocadora materialización de un deseo, la obra cobrar valor refractando en realidad los motivos de fondo: Tanto a la realidad de que surgen los sueños como la naturaleza de estos que, en particular, dan vida a la visión.

Recuerdo un pasaje de Conversación en La catedral en que el tirano advierte a su hueste de no meterse con los vicios de aquel a que tenía a merced. Los vicios suelen entrañar los motivos más profundos, clave para reconocer lejos de la banalidad una amplia serie de impulsos.

 

  

El anecdotario de la vida de la artista es otro asunto. Ningún juicio de valor al respecto. La vida de los artistas es absolutamente secundaria y poco interesante cuando existe una obra genuina. Cuando la obra es, centralmente, la vida misma, cabe preguntarse donde se aloja la creación.
La cuestión es que en esta obra me resulta difícil percibir la herida de origen, no se la ve en los cuerpos desnudos, no se la palpa bajo los ropajes o los maquillajes perfectos de las figuras hieráticas. Es una impecable puesta en escena, pero lo que sucede o no en el anverso de la escena me resulta esquivo.

 
(Las posibilidades del diálogo surgen de la diferencia.)
Tamara, como personaje de sus propias pinturas, representaba en muchos sentidos, el espectro de un deseo de misticismo primitivo, perverso. Y lo sabía.
Despertar de la abstracción, de toda negación, aterroriza. Romper estructuras, todas esas trampas intelectivas… Afirmarse desde el aparente vacío, y entregarse en obra, compromete ir a por una plenitud… que a cambio desgarra toda garantía de confort; nos arroja lejos, a reconocer nulo el valor mismo que le atribuimos a nuestras preciadas edificaciones: esas invenciones con patético afán de eternidad.
La llaga que refieres ausente, corresponde en efecto al vacío de una época: vacío de esencias, colmado entonces por lo banal… Reacción por negación a las limitaciones que nos configuran como humanos: el estallido de una pretensión inhumana.
Verbigracia: solidez de la piedra y del metal en las telas inflexibles…, no obstante destaque la delicadeza de las líneas, ese notable balance entre gracia y volumen monstruoso…

 

 

Al final allí radica toda la diferencia. ¿Existe la necesidad imperiosa de crear o se produce con lo que le sobra al artista en un despliegue de recursos técnicos puestos al servicio del gusto colectivo de la época?
La resultante de la complacencia engendró, no obstante, en este caso, una corriente artística con nombre propio en un período del arte del siglo veinte.
No se puede dejar de reconocerlo. Pero no por ello dejar de manifestar que existe una diferencia abisal entre “despoblarse” en la obra , entre el desasimiento que desconoce la resultante y el regodearse en la obra, en la ejecución de un ejercicio técnico impecable para seducir y complacer al mundo.

 
El carácter de monstruoso se debe a la desproporción. Ejemplos: una cucharilla de docientos metros de longitud sería monstruosa, como un puñetazo en reacción a una sonrisa dudosa. O, infinitamente más, el exterminio en masa por cualquier motivo, más aún uno falso pseudo-místico-mitológico, puro odio en realidad…
Los personajes de Tamara representan en la acentuación de rasgos que, sin embargo, nunca escapa de la proporción llena de gracia ni peca en juego de caricatura, lo monstruoso de pretender una suerte de divinidad…
Y entonces entra a tallar cuanto dices del gusto

 

No tenía registrado ningún gesto de colaboración con el fascismo, que es lo primero que se me pasó por la mente. No participo de juicios de valor sobre la vida de los artistas, sus hábitos, estilo de vida etcétera. Sí me haría ruido un gesto de colaboración o una posición claramente fascista. Entiendo, no es el caso.

 

  

Respecto a la complacencia radical de la vida y obra de esta artista, creo que es exactamente lo que la define.
No me es posible concebir la creación asociada a esa palabra, cuestión muy de fondo porque no creo en la existencia de objetivos en la obra de arte. Complacer al público es un objetivo, una propuesta que, en manos “educadas” y dotadas de cierto talento, puede producir, como en este caso, una obra con buena factura ofrecida al disfrute del espectador. Incluido por caso el éxito económico del mercado. La cuestión es que el objetivo antepuesto al acto de creación, impide que este acontezca. Por eso te decía antes de la cuestión más compleja de saber de qué hablamos cuando nos referimos al arte, al ser artista…

 

En efecto, no se trata de objetivos.
Reitero: la motivación va de comunicar la cuestión. Esta –ojo–, precisamente por autenticidad, por complejidad sin complicaciones, evade definiciones y se abre a lo profundo a través de la polisemia…
 
Regreso al concepto de teckné para decir del acto de creación. Traer a la existencia aquello que no existe, traerlo al mundo visible, proceso este, imposible sin la disposición del artista, aquel que trae formas prefiguradas que captura en su extraño saber y pone a su disposición su talento y su técnica para otorgarles una existencia física.

 

  

Los motivos, en ocasiones exceden el amparo de una razón individual…
En general, bien sabemos, es posible el alumbramiento de una obra importante por parte de alguien de menor talento y destreza que otro (estéril, en comparación, a ese nivel)… Y viscerversa (las más de las veces).
Decía Naipaul, parafraseo: se requieren talento, trabajo… y fortuna.

 
El artista funciona como instrumento. El instrumento es vacío, es canal de pasaje del saber. Es un concepto que no puede dejar de asociarse con lo religioso, lo sé. Es un “religar” que exige la entrega. Y para que ello sea posible uno se vacía, uno “es vacío”. El vacío excluye la interferencia de cualquier objetivo, de una finalidad, de un hacer para…., de la complacencia personal y social.

 

  

Si un autor es plenamente consciente del íntegro de su disposición, se encuentra en gracia de plenitud –lo que, por cierto, me lleva a dudar de los verdaderos motivos por los que comunicaría algo a través de un medio “artístico”, pues ¿quién auténticamente pleno requiere más cuestiones abrasivas?
Por lo general, resulta determinante, por sobre la propia voluntad y por sobre el dominio de toda técnica, la voz detrás, la intuición; más precisamente, la vocación revelada: guía para el sendero de la duda sin nombre. La habilidad de atenderla apropiadamente conlleva a ser, mucho más que solo existir, y ni qué decir de solo concentrarse en hacer…: extremos, uno de la expresión brutal, y el otro, del vacío de los estetas…
Realizarse en la obra. Desde luego requiere tenacidad, disciplina, rigor. Lo compromete todo...

 
Es sutil, muy sutil el proceso de desasimiento de uno mismo. Pero es en ese abandono que algo acontece. Que es de otro orden. Y posiblemente, casi con certeza, fracase en muchos casos en su propio tiempo histórico (a veces en todos los tiempos). No olvidemos que la historia evidencia que lo que las masas aprueban y convalidan rara vez coincide con la verdad, la justicia, la belleza…
Tamara de Lempicka construyó una obra con talento, con técnica y con objetivos claros de complacencia mundana que funcionaron inicialmente y no pudieron repetir el éxito en el giro tardío a otro estilo en el afán de recuperar la aceptación del mercado.
No puede sino reconocerse un éxito en términos sociales y la trascendencia de su nombre en la historia del arte. De alguna manera ha sido convalidada por el mundo. ¿Que si ello es importante? Para ella seguramente lo fue.
Tamara me lleva a evocar un fragmento de un texto peculiar, muy sencillo de Saint Exupery en su Carta a un rehén, escrito sobre la experiencia del autor en la Segunda Guerra como piloto de la resistencia francesa:
Salía yo de una guerra densa: mi grupo aéreo, que jamás había interrumpido, durante nueve meses, los vuelos sobre Alemania, había perdido ya las tres cuartas partes de su tripulación… Había vivido la noche espesa de nuestras ciudades. Y ahora, a dos pasos de mi casa, todas las noches, el Casino de Estoril se poblaba de aparecidos. Silenciosos Cadillacs, que simulaban dirigirse a alguna parte, los depositaban sobre la arena fina del porche. Se habían vestido para cenar como otrora. Mostraban sus plastrones o sus perlas. Se habían invitado los unos a los otros para comidas de figurantes, donde no tendrían nada que decirse… Se instalaban alrededor de las mesas… y se afanaban en experimentar la esperanza, la desesperación, el temor, el deseo y el júbilo. Igual que los vivos. Jugaban fortunas que quizá, estuvieran vacías de significaciones en ese mismo instante. Usaban monedas que tal vez estaban ya permitidas. Los valores de sus cofres estaban quizá garantizados por fábricas ya confiscadas o amenazaban por los bombardeos, ya en vías de arrasarlo todo. Al anudarse al pasado se esforzaban en creer, como si nada hubiera comenzado a crujir sobre la tierra desde hacía unos meses, en la legitimidad de su fiebre, en los fondos que respaldaban sus cheques, en la eternidad de sus convenciones. Era irreal. Era como un baile de muñecas. Pero era triste. Sin dudas no sentían nada…

 

  

Quiero decir, cada humano y los artistas no son una excepción, atraviesa la existencia según su propia elección. Esa posibilidad nos ha sido dada. Y nos hace libres.

 
De ello que quepa la desproporción… La monstruosidad. Tamara seduce, dije en un principio. Mas, pese a que no era su intención, revela como advertencia, el fulgor que adormece, que dopa, que cuando estimula, lleva a la ilusión de otra vida, con el desprecio de la realidad ricamente misteriosa y aunque a menudo dolorosa, plena de oportunidades.
Tamara y el espejismo que lleva al espectador a creerse del lado del lienzo fragancias dulces, pese a tener ante sí, cruda, la sal de los mármoles. Destellos de atroces posibilidades…
Aquí, lo indisimulable. Porque la piedra es fría. Porque los senos no son cimas. Porque los ojos no son cristales. Porque la carne es solo carne. Y los seres humanos somos eso. Pero más, mucho más…




2 comentarios

  1. Muy interesante encuentro.
    El sitio es muy bueno y tienen mucho material. Habría que difundirlo más.

  2. Que fuerte, amigos. Cuesta seguirlos pero vale la pena
    Que fuerte, que fuerte

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