Manipulaciones: Sobre la propuesta de Denis Sarazhin

Por: Lena Marin

 

Apuesta mayor.
Denis apela para cuestionarnos, digamos, a dos niveles de existencia, a partir de un criterio sencillo: funcionalidad. Y corresponde a cada una de ellos, una materia, como se verá más adelante. 
A partir de la función refleja en cada imagen, nos tienta a completar el sentido de aquello que escapa siempre a la estampa, a la noción de captura: el flujo mismo, tiempo en movimiento, que trasciende toda representación y constituye propiamente… la vida. Con ella, desde luego, el enigma de su sentido.
En cuanto a las materias…: De una parte, el propio cuerpo. De otra, el material de nuestras prótesis. Inquietud, disconformidad, ambición. Tan humanos: expansión y dominio. Una vez más, tiempo…
 

  

Historia a través de la arquitectura, del ingenio. Un sueño a partir del cuerpo y con el cuerpo.
El asunto es harto complejo de por sí. El pintor revela también, el modo en que nos complicamos al respecto.
Los objetos, aquí, refieren, primero, reposo, apoyo. Son, en efecto, siempre, puntos de partida. De la inspiración, además, fuera del lienzo. Clave de la invitación. Y de la habitual confusión.

  

La sencilla referencia a los usuarios, los habitantes, revela las cosas como portadores accidentales de determinadas esencias: uno-mismo, aunque ausente, al margen de la época y el medio; esto lo hace merced de otro acierto: lo rudimentario, por universal.
Más que al propio balance de la composición –notable en cada caso, esta provocación tiene pie en otro efecto: la dinámica inscrita en el tono (que subraya la armonía) y a las texturas, dadas en pleno al juego vibrante.
 
  
En lugar de una representación realista, se trata más bien de una reconfiguración. Dar paso a una ocasión, de tan intensa, determinante. Un nuevo despegue.
Al magnificar el instante –siguiendo, además, el planteamiento de Tolstói: Di de tu aldea y serás universal–, la identificación, más o menos leve, a que Denis da paso, se abre a múltiples y ricas posibilidades: el asombro posible en cualquier momento. La vastedad abierta.
Pero el asunto no queda allí. Se hace brecha en los efectos de una nueva ruptura. De tal forma, el prisma se hace más y más complejo. La concentración del tópico, sirve nada más a la cita, apenas convoca; luego tienen lugar la fragmentación, la dispersión. Una vez más, la vida…
 

  

Esto mismo, con respecto a toda acción. Más, toda interacción.
Respecto de los protagonistas, bien sabemos, cobra especial relevancia la disposición al encuentro. Pero la actitud revelada en los gestos y ademanes, aquí, evade dicho cauce. Denis se las arregla para mantener en reserva toda intención, los motivos de sus personajes, de modo que en todo caso, la expresión deriva en pura tensión. El desenlace será siempre incierto.
En cuanto al entorno y la atmósfera, los objetos brillan y vibran por su cuenta; apenas y contrastan con las figuras humanas, restando dramatismo a su situación; de tal forma, extravía el sentido de su comunicación.
Nada más se preserva, la tensión del movimiento latente.
 


  

Lo más reciente de su obra resulta más interesante aún. Hay en ella una clara evolución; se acentúa el principio de su planteamiento para la cuestión.
Denis recorta el ámbito, la materia para el encuentro en diálogo; apuesta por lo más universal, fuente compleja del más hondo misterio, pozo de las más vastas dudas. Así, gana en universalidad: Nos vamos quedando solo con el cuerpo.
 

 

De él partiremos: Fractura y multiplicación. Así se refuerza notablemente la atención en el problema del tiempo, en la posibilidad de optar de veras por una sola vertiente y por tanto una sola historia. La posibilidad de un discurso, una explicación; al cabo, una autoreferencia.
Conviene subrayar: Ofrece cada cuadro se ofrece no como configuración de la realidad, si no como reconfiguración, una reconfiguración incompleta. A partir de ella se nos tienta a redondear una invención satisfactoria…, imposible.
 

  

Los cuerpos, en estos cuadros, representan por entero una nueva proyección de las manos; el ambiente en torno configura, por su parte –engañosamente–, materia de manipulación, espacio que se presta al efecto, a su acción. Como papel en blanco; o fondo negro, a nuestras luces. Gracias a ello, los límites de la imagen, una vez más con nuestra participación, se rompen, dispuestos a cada misterio particular.
 

  

La ilusión de movimiento brota, efecto de una suerte de representación simultánea… de otros tiempos (imágenes como ecos visuales). Esto, desde luego, corresponde a otra forma de trascendencia.
Por otro lado, el mismo movimiento alude a la elaboración del trazo, como si el cuerpo sirviese al cabo a una voluntad que lo instara a revolver el vacío, al afán de manifestarse pura a través de él.
Torsos y extremidades, lejos de adoptar una pose, dan pie, como contra reloj, a la cuestión del significado de la acción desencadenada.
 

  

El horror de los hombres por no poder comunicar sin una obra, evidencia de las manos, sin al menos una figura concreta que perdure por ellos, tras la carne: imagen, signo, palabra; carece aquí del menor paliativo.
No hay horizonte. Y cuanto ves es límite. Si algo se abre en estos personajes es a través de ellos, contra su carne, a costa de ellos.
 

 

Así se revela también una permanente lucha contra el encierro. Cuestionada, sin embargo, en su sentido lógico.
Acaso la respuesta radica en vencer el miedo. Librarse del cuerpo, a través del tiempo, internándose, al margen, en un nuevo margen, hasta vencerlo, más allá.

 

  

Dice Bulgákov, en La guardia blanca: “Todo pasa, el dolor, la sangre, el hambre, la peste. También la espada pasará, pero cuando las sombras de nuestra presencia y nuestros hechos se hayan borrado de la faz de la tierra las estrellas permanecerán. No hay hombre que no sepa eso. ¿Por qué, entonces, no volver nuestra mirada hacia las estrellas? ¿Por qué?”…
 

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