Revoluciones: Sobre el videoclip de The Yabba, de Battles

Por: Juan Pablo Torres Muñiz
Tiempo e imagen; movimiento. Danza.
Aquí, ante nosotros, una coreografía a propósito de la dinámica del tiempo. Los ciclos y el trazo que se pretende imponer: líneas rectas desafiantes.
Así, de entrada, la ambición de la propuesta sorprende. El resultado asombra.
Son pocos los ejemplos de videoclips, en general, que consiguen, resulte tan difícil imaginar un juego diferente de imágenes por complementodejándonos, al cabo de verlo, en una suerte de repaso de sus escenas, en particular armonía sinestésica con el propio tema. En cuanto a música instrumental, obras como esta invitan a subrayar, acaso, que a la composición de sonido le sobran letras e historia como trama lineal– para prestarse al diálogo; vuelcan la atención, a partir del espacio visual a un –entonces patente– concepto de mayor amplitud.


 
Potencia del significado.
El campo de juego, la disposición al espectáculo, dejan entrever desde el comienzo, rigor; una suerte de pauta física. Normas que uno aprende. En definitiva, una alusión a la música como descubrimiento y aproximación: invención, no creación.
El guiño a la disciplina deportiva –control, fuerza, coordinación, resistencia, etcétera– tiene no poco que ver. Como aprendizaje del cuerpo, con el cuerpo. Lo que da paso de inmediato a la ilusión cuestionadora, de dominio, de control.
 

 

(Atención: la expresión confiada de quien dispone la apertura, nos revela la naturaleza propia de espectáculo como función para nosotros, mientras los Battles: Dave Konopka, John Stanier e Ian Williams, atacan a ceño fruncido.)
Etiquetas a la mano: Rock Progresivo y otras tantas…, que si Experimental o Post… y, claro, Math Rock, echan a volar. La apuesta corresponde a un concepto cuya abstracción alcanza al espectador con elocuencia, vía forma y color, sin complicar el lenguaje. Es que cada secuencia encaja no solo merced de un orden claramente comprensible (elocuente en su carácter alusivo, mas sin una sola concesión “verbal” o de cualquier otro modo, explicativa), si no a través de una bien amplia variedad de matices en la presentación misma de las formas (lados, ángulos, volúmenes…), alterando luz, textura y una vez más, color –mucho color, al servicio de contados referentes. Literalmente, el eje es claro.
 

 

Orden, rigor y, de vuelta, concentración.
Se aborda directamente el problema de la creatividad, de una parte, y el carácter inventivo y el ingenio, por otra, nunca limitados a la mera funcionalidad ni en abandono al absurdo relativismo con que recientemente tantos se permiten calificar de arte cualquier tontería. Como ejemplo, al caso, la arquitectura.
 

  

La secuencia correspondiente al edificio ahonda en la cuestión de la verdadera posibilidad de un pleno dominio: Términos como hábitat y casa se ven fundidos bajo un mismo sentido, incomprensible sin embargo, en cuanto somete por igual sus más remotos extremos, en otros ámbitos. Y he aquí, que figura el humano, el inventor, como bisagra.
Naturaleza. Cultura.
Al compás del tema, más hondo el silencio de la reflexión individual, acaso atrapada en la clave de un lenguaje del que se cuelan en la imagen, señales, como sombras de sueños: la pose, el gesto. Contención. Cuanto no se habla, y motiva a expresión diferente, al caso, por medio de ritmo, melodía y armonía, sin articulación verbal.
 
 
Aquí, los músicos-personajes interpretan otra faz del espectáculo; se eleva la apuesta tentando un efectismo –al  cabo, debidamente calibrado– en el interior de la casa: cierta cotidianidad. El escenario, producto de cálculo y gracia, representa, ante todo, pese al esmero, digamos, una estación de paso.
Todo fluye; este espíritu tiende a una permanente rotación.
Tal planteamiento llega más lejos todavía: Cada uno de los tres protagonistas se abstrae y, no obstante, es así que al cabo, se nos insinúa, logra compenetrarse en lo natural. Ciclos, idas y vueltas.
Hasta… la siguiente sección:

 
 
La banda en acción. Algo más, acaso, y nuevamente, por orden riguroso. Un solo sentido, con signo en la rueda. Ciclos a entender. En los acordes, los compases.
Según las tomas, cada uno de ellos, componente y compositor, al ataque con su instrumento. Pero no intercambian miradas. El conjunto cobra fuerza en una corriente más allá. Hasta que fragua, al cabo, una invocación colectiva. Cantidad. Sumas. Masa.
Al fin y al cabo se trata de Rock
 

  

… and Roll (!):
De tal suerte que giramos, nuevamente. Todos. Y con mayor intensidad.
Decir algo específico de la métrica compleja, sobra. Los compases dan cuenta de la variedad sin alterar el rumbo. Marcan la marcha de todos en torno. Lo que provoca decir, más bien, que el asunto va, en múltiples sentido, sobre revoluciones.
 

 

Conforme aumenta la intensidad del tema, y en la misma proporción, determinadas constantes tornan en claves más y más significativas.
En el eje, desde un principio, el bailarín en camiseta. La mirada que vuelve. Imperturbable. El esfuerzo. Contra la mera rigidez: el movimiento solo es posible por acción de la fuerza flexible, resistir en la torsión ordenada. Acción y reacción, sostenida por permanente adaptación a las fuerzas en rigor.
Al crescendo, su tesón encuentra par en el evidente esfuerzo de los músicos. Tensión. Sudor. Y en torno a ellos, la marcha cobra densidad.
Hasta que…

                                  

Hasta el clímax, y el desaforo…
Gran, gran trabajo de Roger Guardia.
Brinda plena seguridad para afirmar que el suyo es uno de los –como mucho– cinco mejores videoclips de la década.
En caso de duda, pónganlo otra vuelta
  
 

2 comentarios

  1. Nunca había leído crítica sobre videoclips. ¡Esto es sensacional!
    ¡Qué buena página!

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