Conjugaciones: Sobre la propuesta de Jeremy Lipking

Por: Isabel Pérez Bacorelle y Juan Pablo Torres Muñiz

   

Como una alegre advertencia…; me dice Isabel que lo que provoca en ella la obra de Jeremy es prácticamente darse a una declaración, desde luego, en favor de él.
(A esa luz suya, reconocible aun en la amplia diversidad de su paleta, desgranamos cómodamente, las ideas del flujo que provoca…)
 
Lo comparan con artistas de la talla de John Singer Sargent, Joaquín Sorolla y Anders Zorn. ¿Pero tiene comparación, Jeremy Lipking? Me parece que les lleva considerable ventaja a los otros maestros. Arrebata el título a Sorolla, y se revela como el nuevo pintor de la Luz…

 

  

La trabaja como una suerte de elemento informativo, clave. Nos la ofrece con enorme precisión, fija en su momento, al compás de un minutero. Recrea para nosotros la atmósfera, hasta… invadirnos de ella, hasta extasiarnos.

En efecto, es la luz, que determina fundamentalmente la visión. Su intensidad, su orientación, el modo en que siembra color y sus posibilidades, cada reflejo. Incluso la perspectiva se ve, así, condicionada. Es el as de su ojo el que descubre, revela, no solo la profundidad de la imagen, si no la hondura de su sentido.

 

  

En los cuadros de Jeremy tiene lugar una particular condensación. El momento fragua con un peso real. Lo que explica la tentación de moverse ante el cuadro, como tentando el hallazgo de una brecha, un puente entre el instante representado, y nuestro tiempo en permanente fuga.

Desafía la vía de los sentidos, como si rasgara su habitual estrechez (debida más bien al uso que se le da).

Lipking revela en primer plano lo que la media de humanos es incapaz de percibir por sí sola. Aunque su rango de visión cromático parece situarse fuera de la normal, descompone, más aún, delata el color que conforma el color… para nosotros, en un matiz, no obstante, reconocible.

 

 

En lugar de dejarnos en la superficie, nos hunde en la esencia de la belleza, explicada desde la emoción.
Sentir no es contemplar.

 

Desde luego: La contemplación es solo un medio. El sentimiento lo provoca golpe certero del artificio, que entonces y por medio de la contemplación, afecta…
Lipking ofrece una visión particular. Esta se caracteriza por un motivo recurrente, patente en la atmósfera, en los propios escenarios, claro, pero también por efecto en, con y desde sus personajes, condicionando el modo en que estos contemplan, por su parte, “la realidad” al interior del cuadro: su mundo.
Hay más. Lipking plantea también un motivo apelando a la otra acepción del término– como causa, una por la cual se nos seduce: Ver como él lo hace. Esta conexión se presta para seguir a sus personajes, para sentar el tono apropiado a la suerte de comunicación que se da de adentro afuera del cuadro y viceversa.

 


Personajes…

La mujer emerge en su obra como un fenómeno de la naturaleza, suavemente. Una figura que se forma en silencio y con calma.
Y brota viva: La piel convertida en tacto, la transparencia que de repente forma parte del paisaje. Ese ser sensible que actúa como medio armónico; receptor del entorno, tiembla o calla, pero enciende al cabo la luz del mundo.
Infantiles o maduros, sus rostros siempre muestran un carácter consistente.
El artista propone un ideal; se acerca a la perfección, pero sin caer en esta. Es su visión romántica.

 


Moderada, felizmente. Si ofreciera nada más el ideal, puro, no haría más que complacer una perspectiva ansiosa de reafirmarse en la ficción como falsa prueba. Sin cuestionar nada.

 

  

A menudo, las criaturas de Lipking son expuestas –por provocación, me parece en el límite previo al patetismo. A salvo, usualmente, por un grado de complejidad, gracia del detalle, atractivo porque desafía a entenderlas.
El resultado es suficientemente elocuente. Invita al diálogo.

 

  

El afecto es un elemento muy presente; nos deja entrar hasta su estancia más íntima: allí, su familia y amigos. Nada queda afuera de su arte.
Como en todos los casos que valen la pena, obra y artista tornan en una sola cosa.
Sus pasiones…

 

  

Me conmueve especialmente su relación casi amorosa con el mar, al que pinta, inagotable. El cielo, los árboles… En definitiva, su asombro ante la naturaleza, como si fuera siempre la primera vez del contacto.

 
Pero refiere también la naturaleza oscura de los hombres, entre el ruido de los suyos. El bosque interno, agazapado, tras la bruma, ante el tiempo en frenética marcha. A punto de perderse…, o perdiéndose, ya…

 

  

Cómo comunica lo que a simple vista, por lo general, se nos va… con el propio tiempo. Admiro cómo maneja eso abstracto…, para recoger la poesía de las cosas…
Una vez sientes su obra, al reconocer el asombro que genera –y que regenera con cada nuevo encuentro, entiendes: es tan difícil de describir… cuando el arte nos sucede…

  

El arte, en efecto, ocurre.
La obra
 es una afirmación, que cuestiona. Por tanto, confronta. Provoca y revuelve. Siembra dudas. Y las dudas son fértiles…
Pero, al caso, desde mi perspectiva, no veo que todas provengan solo de los cuadros.
¿S
on posibles los momentos de Lipking? ¿En qué medida responde su composición, directamente a un deseo, a cierta complacencia, por ceder sin más a la melancolía?
Los
 relojes detenidos son relojes averiados. La verdadera hondura cala al margen de las horas; permite, de hecho, perdonar el tiempo.
Felizmente, 
Lipking ofrece también de esto, con frecuencia…







Un comentario

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *