El amor que merecemos: Sobre el videoclip de Taste, de Braids

Por: Luisa Deguile

 

Confronta de pleno cierta indolencia, ciertas dolencias; más bien, sobre todo, adolescencias. Asunto en torno al que a menudo sobran explicaciones; de lo que todos o casi todos, hemos experimentado. Y llamamos a esa experiencia –cosa curiosa–: lo personal, que resulta universal y tristemente intransferible. Es que la historia es común, pero el argumento no es el alma de ningún buen relato.
A menudo la necesidad de una ruptura, por ejemplo, deriva en trillada enunciación sobre el espacio personal y/o un nuevo rumbo a por cuestiones hondas, que entonces se declara ineludible… y al cabo se suele rehuir de todos modos.
Una vez solos, por lo general, buscamos ruido. Evadir la pausa, la desnudez que revela los límites, tanto del cuerpo como de la ilusión de verdadera compenetración a través de las caricias. Incomunicación, con valor negativo; más objetivamente: individualidad.
La trivialidad del postulado romántico se hace pedazos cuando lo enfrentamos a lo auténtico íntimo (contra la vergüenza, derivada de la suspicacia, fruto del Árbol de la Ciencia).
Sí, de todo eso el trabajo de Kevan Funk para el tema de Braids.
  

  

Veamos.
Variedad de edades, tipos físicos…, tendencias.
En un primer momento, ante nosotros, las figuras yacentes; luego, al andar, con la alusión a los ciclos, al propio tiempo, la rueda misma del ritual, y en este, con este, la imagen va, finalmente, más allá: los cuerpos, más que carne, vivos en otro plano, almas entregadas –gracia de la coreografía–, en una suerte de cortejo, que no entre ellas mismas, sino con la ilusión de amparo, o su suerte plena como invención. El contacto, por medio de la sustancia silente alrededor…, viva por medio de la música.
 
  
Vislumbrando las claves básicas del juego…
a) Rostros a lo alto en la pasividad, también hacia el frente… (Mírame desnudo; tácita pero inequívocamente: también tienes tú tu propia desnudez).
b) Miradas concentradas a los movimientos de la danza. Armonía medida, para que cada quien, de su lado, único, sume.
Todo para subir la apuesta: A encontrarse uno mismo en el otro, por medio del cuerpo…
 
Take me by the hand
Will you guide me through this phase
Of not really knowing where I am
Or knowing who I am.
 
Vienen, van, de tal modo, caricias.
El drama no es el habitual, aquí va de tentar pasos adelante, o arriba, si se quiere, del asunto entre dos.
 
Podría parecer inverosímil eso de elegir, pues se suele creer que uno, más bien, cae en este tipo de  relaciones, rendido; mejor dicho: entregado. Pero ciertamente es uno mismo quien decide por anticipado su rendición. Es prerrogativa, la valoración del amor como destino.

La esperanza de librarse de decidir, con una última elección: por la voluntad de otro. Dejar de lado el peso de las preguntas dolorosas en el afán de confirmar lo que queremos creernos.

En la medida del drama, catástrofe.
 
 
Al cabo, quienes nos acompañan sin mediar ideal para el encuentro –incluso, quizá, por puro desgaste de este–, nos abren de veras –por medio, la sustancia silente– la posibilidad de hallarnos.
En el videoclip, ellas, ellos, en sus habitaciones, entre sus pertenencias: chatarra que refleja sobre todo qué nos falta, por lo que acumulamos sin más y por lo que desperdiciamos, por el tiempo que dejamos pasar.
Pero, brilla en escena, sobre todo, la coincidencia orgánica, refractante de los sentires comunes: lo personal… que pretendemos comunicar.
 
 
Marina Tsvietáieva, en una de sus cartas, para Borís Pasternak:
 
Como un monte cargado en la bies de la falda
¡El dolor en el cuerpo!
Reconozco el amor por el dolor
A lo largo del cuerpo.**
 
Lo elemental, en que no hay divorcio. Cuántas miles de veces se ha rezado a dos voces, cuerpos juntos, jadeantes, ¡como si hubiéramos uno solo y una sola fuera la voz, elocuente, sin palabras!
Pero el sentir elemental es propio, intransferible. Lo que tenemos, coincidencias.
Declara Kevan que la idea para el videoclip surgió del verso: We experience the love that we think we deserve.
Buscamos siempre, el límite. El momento fuera del tiempo. Y la vida es eso. Sin medida. Como nosotros.




* Fragmento de Liberación.
** Del poema Indicios, de Marina Tsvietáieva. Traducción de Selma Ancira para Galaxia Gutemberg.
 
 

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