Transformaciones: Diálogo con Horacio Quiroz

Con: Juan Pablo Torres Muñiz
 
El cuerpo como causa y escenario de un enfrentamiento, territorio de conflicto y en conflicto. Manifiesta la violencia en la abrupta transformación de las partes, de la configuración general de este “nuevo cuerpo” en ámbito de mutación. Movimiento.
Paradójicamente, las imágenes de Horacio lucen transparentes en cuanto a representación del permanente cambio; en cuya aceptación, por cierto, radica la auténtica serenidad.
Su obra inquieta, provoca. Él la deja decir lo suyo por sí misma. Y entretanto dialoga con voz apacible.
Más luces…

 

Sí, bueno, pintura… porque no podría ser otra cosa.
Desde niño tuve esa afición nata por dibujar, sobre todo. Me recuerdo de muy temprana edad dibujando y dibujando; era así como pasaba mis días. Veía que mis amigos tenían otros pasatiempos; yo me encerraba en mi habitación a dibujar. Y fue para mí una gran escuela. Porque, al final, pues sí, soy pintor, pero autodidacta, de modo que entonces, con el dibujo hice buenos cimientos.
Mucho después estudié diseño gráfico y trabajé como publicista doce años. Hace apenas cinco que renuncié para dedicarme a pintar. Nunca había pintado óleo. Sabía que podía hacerlo, pero nunca me había dado a ello. Deseaba hacer con todo mi ser; algo por dentro, como un gusano, me llevó a explorar los medios para decir cuanto tenía por decir.
 

  

La propia voz. El ojo particular. En todo caso, la visión, que al cabo determina también su lenguaje, depende del modo en que la realidad, más específicamente, un aspecto de esta, un ángulo, como es común decir, es percibido, procesado y transformado a través de nosotros mismos, configurando de vuelta un as diferenciado: una nueva luz propia, elocuente.
 
Renuncié y me encerré en una recámara a aprender a pintar. Este fue un proceso muy grato y a un mismo tiempo agotador y doloroso…
 
(La complejidad del prisma personal debe imponerse, por otro lado, a la natural complicación a la marcha. Esto implica tiempo, y dolor. Cuanto se aprende ha de servir para ir más allá con nuevas preguntas. En ello, la diferencia patente entre nutrirse, saboreando (dulces, más a menudo amargos), y atiborrarse con poco mascar para tragar aprisa, con la consiguiente indigestión.)
 
Estaba reconstruyendo mi vida y haciendo lo que realmente quería. Y, pues, tenía treinta y cinco años, ya no era un niño.
 

 

El asunto va de dar con el rumbo, en lugar de con un destino particular imaginado… Entonces, en efecto, se dice que uno se encuentra a sí mismo
Mi proceso creativo varía de cuadro a cuadro. Pero en un principio creo que trataba más de acercar el lienzo a la imagen que, digamos, tenía en la cabeza; sin embargo esto solía ser muy frustrante; y desgasta. En este corto tiempo he aprendido a dejar que el propio cuadro fluya. Parto de una idea, pero dejo que conforme avanza la labor, el cuadro me hable y vaya cambiando, incluso al punto de terminar en algo bien distinto de lo concebido en un principio. Lo importante es que me llene y me guste.
 
La entrega en la propia labor se basa en la plena atención; es también principio del desprendimiento anhelado.

 

  

No es un proceso fácil. Debes estar muy atento. Y saber soltar, no aferrarte a lo que pensabas, a tu primera idea, si no quitarte el ego, y aceptar que el cuadro te invita a que les des vida en otra forma. Meterte de veras en ese flujo de creación.
A mí me sirve… Momentos espontáneos. Instantes de asombro en la propia elaboración: te das vuelta y ahí está lo que reconoces, de algún modo perseguías, pero no sabes bien cómo lo hiciste.

 

Aunque de diverso origen, con sentido variable de acuerdo a las circunstancias, tales fuerzas confluyen y operan siempre a través de nosotros.
Atendido el fenómeno con propiedad, la noción de tiempo se diluye en el obrar que genera. Es el fin de la medida, límite necesario para la cuantificación, y, por tanto, de la propia finitud. La trascendencia tiene lugar en la comunicación.
Más que un no saber, de un abandono, se trata de una ampliación del ámbito consciente. En el misterioso desarrollo de los motivos más allá de la razón.

 

El camino hacia este vaciamiento, no obstante, transcurre a través y por medio de múltiples saberes.
Quedan la memoria, otros ecos, los signos. Entran a tallar, desde luego, otras fuentes.
 
Para mí la fotografía es como un detonante creativo. Veo el trabajo de muchos, muchos fotógrafos. Me empapo de imágenes de cuerpos, todo el día.

Y está también el retorno. La crítica.
 
Hay una frase que me gusta mucho, aunque no recuerdo bien quién la dijo: “La crítica te deja de importar cuando te dejan de importar los halagos”.
Trato de no hacerle caso ni a los halagos ni a la crítica negativa. Ahora, claro que si una observación es profunda, va más allá de la enunciación del juicio y me puede servir, la atiendo. Pero sin perder mi rumbo. Sin dejarme llevar.
En realidad es muy fácil caer inconscientemente y complacer a la gente. Debes estar muy atento. A qué quieres decir y ser fiel a ello.

 

Volvamos, entonces, al territorio en juego.
La provocación radica no solo en el aparente desorden de los órganos; dice mucho que al cabo, la expresión sea así de elocuente y compleja a través de los mismos tejidos, con apenas uno que otro accesorio, más nada.
El cuerpo, aquí, constituye una suerte de condición franqueada.
Se me vienen a la mente unos versos de Henrik Nordbrandt, de La Casa de Dios*:
 
El rostro ya no encaja en la posición de la ventana,
la ventana hace que la casa parezca torcida
y la casa no puede soportar el peso de los que se asoman.
 
¿Bajo qué figura vamos a regresar
para cambiar las cosas que nos desterraron
sin que nos delaten nuestros experimentados pasos?
 
Del mismo modo que subimos las numerosas escaleras nocturnas
evitando los peldaños sueltos y las trampas
y reconocemos el lugar por la piedra donde se verterá la sangre.

 


Mi pintura habla del movimiento. Del Jing-Jang en que vivimos. En nuestro ámbito interno y en el exterior. Todo, absolutamente todo, es un fluir entre dos polos. Y estamos encerrados en la dualidad.
Creo que mi propósito es dar cuenta de que lo malo no es tan malo ni lo bueno tan bueno. Las cosas son como son y no tenemos por qué juzgarlas; tenemos que aprender a aceptarlas.
 
Presente, siempre, la capacidad de asombro…

Y a mano decidir, realizar cada elección en esta vida fluctuante.
Me lo repito constantemente porque a mí mismo me hace falta ponerlo más en práctica, y sigo aprendiendo–: no juzgar.

 

Como es lógico, esta aceptación y la entrega plena en el proceso creativo impregnan todo…

 

Primero pinto y luego busco el porqué. No puedo planear en detalle mi trabajo. Voy haciéndolo conforme voy sintiendo. No puedo, por ende, trabajar en series grandes. Es más, no sé que voy a pintar ni ver más allá adelante: Todo va surgiendo como paso a paso.

Hasta hace apenas unos meses no podía definir varios aspectos de mi labor como artista; necesité unos años para reflexionar. Entender porqué hacía estas pinturas, sin racionalizar. Algo que surge en buena medida de forma catártica.
 
Pero solo en un principio…
  
Me interesa más que uno pueda conectarse con alguna de las pinturas, que esta lo cuestione, lo confronte con algo adentro y lo mueva. Que lo lleve a la introspección…: ¿por qué mi vida es de tal o cual forma?
 

 

Lo que venga irá en la misma línea: mantenerme fiel, y estar listo para cuando las oportunidades lleguen. Y trabajar, trabajar y trabajar.
 
Andar atento…
Bien. Atentos, todos…

 
*Traducción de Francisco Uriz para Debolsillo.



Un comentario

  1. Such a great work!
    Amazing paintings!

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