Evasiones: Sobre la propuesta de Michal Mozolewski

Por: Guillermo Cóbena


Tentar por medio de una imagen, o más bien dos. De una parte, la clara exposición, pero más, incluso, a través del rasgo que, como punto de partida, se presta a la invención de quien contempla la imagen y –pretende hacerla suya

En este caso, la tentación cobra, además, otra connotación. Se debe a la carga atribuida a cada género; desde luego, por generalización: Ellas, lo que son; ellos, lo que hacen (esto, en cuanto al modo en que se dispone cada cual a elegir un par).
Michal Mozolewski acentúa reiteradas veces el efecto de la ilusión: un potencial desplazamiento con respecto al objeto del deseo, que, acaso, también se mueve.

 

  

Pero la separación es violenta (asunto del efecto, por el modo en que se licua la sustancia por medio). Y de aquel apartamiento, surge, casi de inmediato, por reacción, la cuestión de qué destino toca a la imagen –como criatura entera, invención plena– que vemos, apenas un instante, libre del rapto de la marea negra, de su aparente viscosidad.
Violento el momento, violenta –paradójicamente–, la eternidad del cuadro.
 

  

Desde el suspenso de la acción en la captura, o más bien, en la configuración plena del gesto, la imagen, que se rasga, tienta.

 

  

Los labios sellados, contienen otra luz, la que acaso podrían ofrecer respecto de la realidad oculta, las palabras. Y los ojos, por su parte, concentran otro enigma: Comprometen el sentido mismo del fenómeno: ¿es devorada la luz, o asoma desde “la visión” de los personajes? ¿Qué implica cada una de estas posibilidades? Más allá: ¿qué implica que nos las planteemos?; ¿qué dice tal reflejo, de nosotros?

 

 

Y, adelante, alrededor, como una flama, vibrando, vivo también, el espectro: reflejo, según cada caso, de nuestra propia visión…
Esta flama corresponde a un lenguaje universal, patente, muy directo. Materialización de un animus mayor. Una provocación al interior de cada cuadro: motivo que vence la condición previa de los personajes, que arde y los envuelve, a nuestra vista…
 
   
He aquí una prueba: La sencillez implica un reducido número de elementos. No obstante, se trata de algo bien distinto de la simplonería.
El trabajo de Michal se presta, desde su clave elemental, a distintos tipos de abordaje.
Vamos, ahora, con los cuerpos como ofrenda…
 

  

Esta se da, desde luego, por medio de un ritual. En él, danzan a menudo las mismas figuras, pero también, y sobre todo, una –única– flama. Ocurre al son de un cortejo egoísta, que refuerza nuestra exclusión: ellas, ellos, saben de lo que nosotros no. Su cita se desarrolla ante nuestros ojos, pero al margen del tiempo. Un encuentro cuya estampa nos impone silencio.
 
  
¿Qué de nosotros penetra en la sustancia en que parecen flotar los personajes? De asumir, se da esta penetración, ¿qué se nos queda afuera (oscureciendo la propia visión del cuadro, golpeándonos, incluso, de vuelta)?
¿Qué de todo esto es mera ilusión y qué –por lógica– no? ¿De qué forma y en qué medida respondemos a la lógica elemental empleada por Michal, su provocación sensual?
  

  

La conducción de Michal es efectiva porque funciona en base a pocos elementos; asimismo, la consistencia de cada imagen se debe a la densidad de la sustancia que nos conecta con los personajes, de manera que cada movimiento suyo…, nos empuja…
 

 

Es pertinente, llegado este punto, volver al asunto de la identidad, puntualmente sobre el género. Lo previsible de ciertas respuestas redunda en la notable agilidad con que, al caso, se desarrolla la comunicación.
En la elección de las y de los modelos, queda plenamente de manifiesto: sus rasgos coinciden con prototipos de lo más generales.
Pero es sobre ellos que se construye un nuevo entramado…
 

  

Se trata de referencias. Psicalipsis en clave de vintage. Psicodelia. Y con eso, suficiente. (Ya fue dicho, es esta una propuesta sencilla en lo fundamental, sofisticada en el detalle.)
  

  

Al cabo, la cuestión permanece felizmente– en la evasión, en lo que ardese eleva como perfume y da origen a los efectos de brillo a la luz… de nuestra mirada.
Las respuestas son ilusión, ecos inventados, en un lenguaje ocioso.
Así, con Michal, heridos, de vuelta a empezar…
 
 

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