Ferocidad: Sobre la propuesta de Enrico Robusti

Por: Luisa Deguile

   

Decir de lo grotesco…
B
ien, dos dimensiones: de una parte, la imagen misma, las criaturas de Enrico Robusti; de otra, nosotros, en ocasiones / a veces / incluso, a menudo.
E
n efecto, la generalización misma resulta grotesca.
Y es desde la crítica que provoca, la actitud que despierta, que nos envuelve entre las posibilidades de su perspectiva, tentando de pronto un viraje violento: el as revelador hacia nosotros mismos, nuestras múltiples, a menudo acalladas, facetas, expuestas a su lente, en la atmósfera repentinamente enrarecida, con el vértigo.

 

 

El aburrimiento es una enfermedad propia de nuestra civilización. Inexistente en comunidades en las que se brega contra los elementos, en que se tiene contacto y se aceptan los ciclos ajenos a los hombres.
C
ubiertas nuestras necesidades básicas: alimento, sueño, seguridad relativa respecto de los predadores, se abre campo a la gula, la pereza, etcétera… De lado las culpas, resulta lógico que los esmeros, toda esa energía sin pelea que dar, deriven en lo relativamente menos fácil de complacer. De manera que nos vemos entre mujeres y hombres, hombres y mujeres, en un montaje patético por una supuesta satisfacción, a través de sus cuerpos, para ir más allá de sus cuerpos…
 
 
Así, con la muerte tan lejos (solo en apariencia, asomando más bien, desde el silencio que con nada es posible llenar), surge el afán por creer música, el ruido: esa suma de ideales trascendentes en confusión, porfiando contra la nada, en el colmo, apelando a la razón espasmódicamente, obscenas las muecas de suficiencia.
Romanticismo.
 

 
La lucha auténtica, por detrás de la fanfarria, implica una toma de posición y actuar en consecuencia. Aun envuelto por la misma fanfarria. Su victoria radica en la rendición de ciertas resistencias, una sabia aceptación, para luego inventar una propuesta.
Por otro lado, el valor de un personaje, cualquiera sea su rol, digamos: su bando, depende principalmente de la integridad que demuestre, precisamente, al obrar. Bien sabemos, hay de los llamados malos, formidables. En la ficción, basta revisar, por ejemplo, entre los ofrecidos por Shakespeare y Cormac McCarthy, pasando por Guimaraes Rosa.
¿Qué tan atrevido resulta afirmar que todo es aceptable, menos el mal gusto, la vulgaridad voluble, la inconsistencia? ¿No resulta, acaso, más ofensiva, la afrenta chabacana; no reviste cierto aprecio, la treta aguda?
 
 
En Herzog, Saul Bellow hace decir a uno de sus personajes algo como que… es inevitable sentir desprecio por una zorra… (Al caso, conviene aclarar que a quien se refiere de tal manera, “califica” como zorra por lo tremendo de sus actos respecto a lo ridículo de sus motivaciones, a lo barato que resulta, en consecuencia, el valor que se confiere a sí misma, en relación…)
 

 

Pero hay más en la jungla; de todo… Idealistas extraviados, rendidos a la nueva naturalidad del goce, excusados en la convención. Entre los, antes mencionados, malos: los burdos y los de principios particulares. Cínicos. Estetas…
Y viene la
 pregunta: ¿Dónde nos encontramos nosotros?
Enrico se burla de nuestras pretensiones, por pasajeras que hayan sido, del confort, de lo fino…
Pretende llevar, de ser posible,
 a la arcada, a través de la perspectiva y del enfoque, provocando una lectura alterada, en tensión por el esfuerzo de querer reacomodar los elementos, o la propia visión, pelear la adaptación (todo esto, desde luego, en caso no haya generado simplemente rechazo, pura negación).

  

Para tal propósito, la obra atruena… a todo color.
Amplifica el ruido del habitual juego de múltiples estímulos (complacencias), con las viejas y a por nuevas formas de abstracción. El resultado, curiosamente, mil veces distorsión del rasgo equilibrado, representa acaso, de modo más fiel, en su deformidad, el auténtico patetismo amparado por “la sociedad”:
¡Oh / Ay, divinos,
claman, como “inmortales”,
sacos de hueso, carne y sangre!
¡Los placeres…
 
 
                                                                                                                                …, vamos, que la vida es una fiesta!
(En que el exceso –critica, Enrico, por la vía fácil, es cierto–, podría apartarnos nada más… de los demás…
– pero acercándonos, oh, a las faldas de los grandes dueños del exceso,
en exclusividad y –ah, tú sabes, VIP–
mientras tanto,
siguen sonando: risas, gritos,
una música que no encarna nada:
que lame, salpica de babas los delirios…
Pues, ah quedado rebajada
–Se ha perdido,
Zorra…)
 

  

Y se transforman, por gracia de la misma visión –y sus efectos de lente–, los héroes, al molde romántico; se estropea su imagen y los vemos pasar de la entrega en lid, por una posible plenitud, al brillo pasajero de la pose de afiche. Todos: modelos, damas bellas, impetuosos amantes…
 

 

Semejante pesimismo, con otra expresión, podría arrastrarnos, hondo en lo oscuro, pero la turbación que provocan estas pinturas nos sacude también de la quietud, que al caso torna en potencial trampa.
Basta detenerse un poco en la obra de Robusti, para reconocer niveles de brutalidad que, abrigamos la esperanza, detengan su ritmo fecundo…
¿Quién dice “no”?
 
 
En todo caso, compromete a preguntarse respecto de la individualidad; nuestra pertenencia potencial a la tan mentada masa, digamos, en spleen…
 

 

¿Y qué esperamos?
¿Salir de la jungla, volver al campo, quizá…?
¿Y qué nos lo impide? ¿Los mismos sueños? ¿El tiempo? ¿La convención, a que tanto nos esforzamos  en ser acogidos?
El tedio devora las ganas. El cuerpo tiene límites. Y es imposible nada más soñar y soñar.
Además, llegado un punto –que el pintor, por supuesto, no perdona– si se vuelve la mirada atrás, son las cuentas en rojo, la más palpitante señal de vida: La edad no perdona, pero al menos, según se vea, nos acerca la muerte…
El romanticismo es peligroso.
 
 

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