Destino y negación: Sobre la propuesta de Zdzislaw Bekisinski

Por: Lena Marin

  

De una parte, geometría fundamental, patrones propios en la naturaleza; por otra, rastros de un orden distinto, ecos de alguna cultura que tentara una visión perdurable.
Pasamos de la imitación de un primer orden cuyos ciclos exceden, por lo general, el alcance de una concreta figuración, al afán por imponer a nuestra época un testimonio en particular, una visión que defina su historia, y trascienda (para recordarnos, ante todo, a sus creadores). Se trata de una apuesta descabellada: con todo a una sola carta, la de la lógica conque justificamos las más impensadas empresas, y valoramos nuestro saber teórico.
A
sí, erigimos monumentos, levantamos bloques, elogiamos los logros de la cuadratura, admiramos “las virtudes” del ángulo fijo. Cálculo, una y mil veces…

Zdzislaw Bekisinski nos enfrenta a nuestras moles y artefactos. A ver convertidos en realidad algunos sueños…, y entender su alcance.
 

  

Se trata, claro, de una provocación.
Ante la representación de complejas formas vivientes por medio de cubos, cilindros y patrones entretejidos; ante texturas que se revelan más bien como secuencias en un código de lógica descifrable, reaccionamos con natural escepticismo; esperamos, se nos revele un significado más allá, trascendente a los límites de la forma, un sentido a la figura. Y, por supuesto, aunque podríamos reconocer, sin más, dicho afán condenado al fracaso, preferimos tentar, contra toda posibilidad, a ver qué pasa y si es posible que esta o alguna otra vez, resulte vencedora la simple voluntad de imponernos a la dinámica incomprensible, aparentemente inmotivada, con signo principal en la muerte…
Por inmensa que sea la mole, será barrida por acción de los elementos; tiene más posibilidades de atravesar las eras, la leyenda de nuestra ambición. Babel, por ejemplo.
 

  

El encuentro con las formas orgánicas, con la vida en movimiento, nos lleva a reconocer “la lógica” como un descubrimiento, nada más; incluso, y más precisamente, como invención: explicación manejable para complejos preexistentes, para procesos, en esencia, incomprensibles (que, debido al discurso, curiosamente, se nos complican). Bien, tal encuentro, asombra, pero no asusta. Lo que asusta es lo monstruoso.
Se denominan monstruos, ante todo, a criaturas sobrenaturales… o de origen antinatural. Los engendrados sin intervención humana, representan sencillamente nuevos casos, asombrosos también; ratifican en su calidad de excepciones, la proporción adecuada para el rodar regular de los ciclos que nos son ajenos. La denominación de monstruo, en definitiva, refleja solo una percepción. No es casualidad que la aparición u ocurrencia de fenómenos así sea atribuida, a priori, a la irrupción de una fuerza misteriosa: otra voluntad, algo de “naturaleza semejante a la nuestra”.

 

 

¿Qué proporciones hemos creado de veras los hombres? ¿Cabe, siquiera, plantear la pregunta en tales términos? Por otro lado, al respecto, ¿qué hemos inventado?
La pérdida de control sobre una fuerza, el extravío que, dado el momento, convierte en absurda la enunciación de cualquier medida, el horror que entonces nos lleva al grito, acaso no sea más que la revelación del verdadero monstruo en nosotros mismos, como provocadores del accidente. La alta estima en que tenemos nuestro grado de control sobre las cosas, constituye en sí misma la desproporción, cualidad por antonomasia del monstruo…
 

 

Esta presunción, reiterada; la voluntad, no en clave de curioso afán solamente, si no de persistencia ne la negación, impide consideraciones piadosas. La compasión, al caso, deriva en una mayor consciencia de la responsabilidad.
¿Y qué pasaría si nuestra criatura escapara de veras al término longevidad, si nuestra creación lograse trascender su tiempo, imponiendo los turnos de fin, de muerte para los demás?
Las llamadas pesadillas de Zdzislaw Beksinski consisten en contemplaciones del atroz y lento retorno al orden de la extinción de tales afanes, al fracaso de una vida concebida sobre abstracciones y mística, sobre el culto a la capacidad de soñar para uno y los demás, absolutos… Pero, también, en la contemplación de su triunfo; es decir, del de la muerte que sembramos negando toda aceptación, por tratar siempre de comprender y poseer, en lugar de entender y penetrar en determinados misterios, por medio de la aceptación.

 

 

Estas tribulaciones sí que invitan a pensar que acaso se yergue en el horizonte definitivo– un único destino…

 

 

Especial atención a la figuración de las ideas elevadas, las causas enarboladas para sustentar  la extensión la vida material humana; las más tremendas abstracciones. Teorías y delirio.
Clara y muy directamente. El artista carga los monumentos, las herramientas, armas y emblemas con el brillo de la gloria, el fulgor de lo invencible; provoca por medio del contraste con oscuridad y bruma, cuestiones varias respecto de la muerte, de pronto, acaso, añorada. Invierte, por medio de este juego, el sentido del dolor que a menudo provoca la incertidumbre respecto del fin.
 

 

El infierno se configura como tal debido a la esperanza; esta reaviva el nervio sensible, lo dispone a la renovación permanente del dolor, que torna entonces en sufrimiento. Negación, resistencia, porfía: más sufrimiento, más…
El clamor ensordecedor no ensordece del todo, nunca; por el contrario, siembra ruido más allá del sonido, en la memoria, ecos que ahogan el recuerdo de un silencio sencillo, primeras figuraciones de nuestra propia ausencia, la aceptación de la vida de los otros, de la entrega. Inocencia.


 

A través de estas ventanas, llagas acaso, por la visión, se da el aniego de nuestra propia voz, que en el afán de responder, de prestar algún saber como cura, arrasa el silencio fértil por medio del cual quizá, en efecto, podríamos curarnos.
El pintor nos emplaza: Vivísimo, sufriente, harto de ti mismo y, sin embargo, sediento de aquello que cuanto más te esfuerzas por traer de vuelta, más apartas: Tu voz es la distancia; tu medida, la medida de tu mundo, el tramo insalvable con la realidad, felizmente transitoria.
 

 

Poner etiquetas con los nombres de las ideologías que nos han llevado tantas veces al espanto aquí retratado, podría resultar apenas en ejercicio de memoria. No queda en esto, nunca, reconocer la esencia común de su nacimiento en cada época, y el ánimo colectivo, la fiebre que lo alimenta.
 
 
Asistimos, en cierta forma, a una suerte de velorio. Y a inauguraciones, y desfiles…
Ante nosotros, el cadáver imperecedero de lo que fuera tentación, creciera por voluntad ciega empeñada en abstracciones, con sagradas fórmulas, absorbida en el olvido de la mortalidad, y acabara– en monumento (!).
–Palmas, por favor…
 

 

Pero todo cuerpo cae, se derrumba, mientras ascienden las voces, su memoria, en otras memorias…
Palmas, señores, porque todo acaba. Y no…
 
 
 

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