Acaso tajos de las eras: Sobre la propuesta de Svetla Radulova

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

  

Vaya término, belleza. Relacionarlo con Arte parece inevitable. El atajo consiste precisamente en tomar aquella como el objeto de este. Falta de rigor. Para no caer en ella, conviene distinguir el asombro, siempre estimulante, también placentero, del que solo place y funciona como clave de lo meramente agradable.
El abstracto provoca particularmente a propósito de estos asuntos.
Aquí, la obra de Svetla Radulova va como invitación. Compleja.

 

 

Tienta a dar con una fórmula y comprobar con ella la clave del entendimiento e interpretación de la obra. Podemos empezar, al caso –y sin negar el ánimo provocador– desde una propuesta, digamos, ligeramente transgresora:
Entendamos la belleza como fenómeno, no como cualidad. Gracias a aquella, un sujeto / objeto / proceso inutiliza las facultades comunicativas de quien lo contempla, reduciéndolo a consciente impotencia, presa –en plenitud– de su asombro.
Tal fenómeno es, desde luego, intransferible. Mas invita a cada quien, experimentar por cuenta propia el dichoso “enfrentamiento” con lo bello.
 

 

Y sí, enfrentamiento. Que lleva siempre a que uno se cuestione respecto de la realidad ajena. Por qué, de dónde y adónde… para, luego, vuelta a por qué. Estimula tanto de modo evidente como por medio del misterio respecto de las más hondas y diversas motivaciones, activa e ilumina, sobre la marcha los más enrevesados mecanismos.
Este juego tiene lugar  gracias a la inteligencia, especial facultad de relacionar entre sí percepciones, sensaciones, ideas, conocimientos, discursos y referencias –no del todo inteligibles– para producir visiones, intuiciones y nuevas cuestiones, más complejas…
 
 
En tal sentido, la sensibilidad juega un rol decisivo. Compromete un universo entero de relaciones, buena parte de ellas inexplicables –al menos de momento, dicen quienes tientan respuestas y dan por seguro su postulación certera, por lo que proliferan hipótesis; sin querer, incluso, hasta ficciones más o menos pintadas de rigor metodológico, al cabo, incluso, emocionantes.
Es con el diálogo –sea por medio de determinados sistemas básicos preexistentes, digamos, siguiendo un tanto a Chomsky, o a través de la configuración de redes que se superponen, relegando, tapando, recuperando o desarrollando nuevos aspectos de la cultura, cada vez, refiriendo a Foucault–, que, a fin de dar respuesta a las cuestiones que escapan de una simple definición, surge, en lugar de una complicada interpretación, el complejo de la experiencia toda, a la que, por otro lado, se debe el carácter atemporal a la obra…
 
 

 

De manera que si bien la técnica y el lenguaje evolucionan como la ciencia y junto con ella, el arte, como portal y medio a través del asombro, que violenta siempre la consciencia (lejos, lejísimos de ejercicios y/u otros esmeros sensibleros a por lo agradable, bonito, o los fáciles arranques a por lo meramente impresionante y provocador, por grotesco y/o grosero), solo cambia, aunque con cierta frecuencia, sirviéndose de aquella referida evolución.
 

 

Usufructuo del Árbol de la ciencia, acaso, al pulimento de nuevos lados para el prisma cultural o de prismas por entero nuevos, producto de las nuevas experiencias personales.
A lo mejor, como dicen místicos de distintas culturas, se trata del influjo de un aliento primordial, que se sirve de la integridad del hombre en entrega.
Radulova y lo primordial –a través de lo primitivo– en múltiples matices.
Provoca.
 
 
El trazo con paleta, pincel, marcador y la propia mano, en su caso, no articula. Lejos de referir una intervención humana, plantea una experiencia, en cada caso, de la que el cuadro es por sí mismo, única representación. Como un fenómeno aparte.
Sin evitar, por principio, formas conocidas, apela a la comunicación desde cada pigmento. Brillan figuras reconocibles como ecos, lo que equivaldría a provocar apenas al ingenio, a ejercicio de forma desde la forma; en el mejor de los casos, para referir –por nuestra propia cuenta (!)– un motivo particular.
Svetla despliega formas y color, como evidencias de un movimiento con más de mineral o biológico, incluso, in extremis, básico molecular, de la vida que a su modo revelan, su misterio.
 

 

Se nos ofrece una ocasión cada vez, de poner a prueba la capacidad expresiva, si se quiere, el don de calificar, describir y, más aún, de nombrar.
Los cuadros parecen apenas testimonio, representación directa de sustancia y de sentido. Ceden a la palabra el rol de auténtico signo, sin conjugaciones: unidad y plenitud, pues habría que dar, quizá, con un nuevo término para lo que aquí –como en otras partes, aunque con elocuencia a menudo menor– vemos.
Se trata de un solo escenario, en un tiempo sin medida, no obstante su dinámica manifiesta.
El verbo, que implica tiempo (bien denominado, principal accidente gramatical), vendrá, recordemos, tras la muerte de Abel, primer crimen e inicio de la historia lineal del hombre, con su vagabundeo.

 
La notable armonía, el balance –natural, a partir, digamos, del trazo salvaje–, redundan en la impresión de estar contemplando el producto de la acción de fuerzas enormes, lejos de la escala de la ocurrencia particular y, ni qué decir, del pulso con paleta…
Explosiones. Rocas, y electricidad. Sangre a la colisión. Violencia, violencia, y un silencio denso. Como nota sostenida que corresponde al hallazgo, por vértigo, evocadora.
 
 
Svetla burla, además, la figuración de un alcance que permita sostener, acaso, la medida real del motivo todo. Establece un límite al impulso por querer comprender todo, y por tanto, dominar la fuerza generadora: entenderla a ella –en el típico desbarro interpretativo–. Y lo hace a través del contraste entre la fractura de rasgos fugaces de la geometría calculable… y el marco simple.
 

 

Y
   ojo
         con la
                    profundidad
                                           (!)
como ilusión.
Acaso, cada cuadro aparente ser un tajo por era, o entre eras.
 

 

Belleza.
Tiempo.
Vaya términos.
Y basta juntarlos apenas con una preposición por medio, cualquiera, para dar con una fórmula terrible (lejos, la ilusión de medida que procuran los verbos).
Es violencia, violencia.
Asombra, Svetla.
 

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