Negra espalda del tiempo*: Sobre la propuesta de Torsten Warmuth

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

  

Decir difuso resultaría fácil, sería además apresurado. Que el tiempo se escurre, que la imagen fuga, son lugares comunes.
Esto que aquí vemos se asemeja a los sueños. O a asomar a las entrañas de la realidad, entrecerrando los ojos. Se nos invita a reconocer la historia esencial, el alma de la experiencia, en la sombra; y el futuro en el rasgo difuminado, cuajando como ilusión, traicionando comúnmente toda expectativa.

Torsten Warmuth invita a viajar…

 

Dar con la vida de la noche misma. En el sueño que completamos desplazándonos de nuestro lado, fuera de la imagen, con suspicacia, entre nuestras propias referencias.
Conviene recordar: La historia no es precisamente consciencia, pero tampoco se la entiende como algo distinto, no sin pasar por la ficción involuntaria, por el delirio. Se escribe, reescribe, pero no por ello la historia mejora; nunca fragua en una edición definitiva; se sostiene como por magia, sobre sus rasgos maleables, y mucha ilusión.
Por otro lado, sin embargo, su interpretación importa el carácter de la época.

 

 

Esto último, claro, forma parte de la provocación. De modo que ¿dónde nos encontramos?; ¿quiénes son ellos? ¿Cuál es la época?
Aunque resulte imposible la precisión, se nos afirma que la rueda gira en un solo sentido. Echa chispas y deja como estela, entre luces, ecos de voces, testimonios –una vez más, engañosos.
Los personajes exceden su rol individual, se mantienen al margen de la posibilidad de una historia mínimamente consistente y, por ende, de un pasado para ellos.
 

 

Por medio de la composición y el balance, se compromete cada cuerpo en un rol que excede la pose y el histrionismo. Al cabo, la vida de los hombres es pasajera y, se supone, el cuadro entero habrá de perdurar.
Esto último puede resultar horroroso (no en balde, da pie a tantas religiones).
 

 

Vamos un poco más allá…
Por si fuera poco, Torsten tienta una nueva suerte de medida al interior de cada representación. Cuerpos humanos. Su clave, en la danza, en cada “paso”.
Estas imágenes, en efecto, viven, aunque su pulso no coincida con el de ningún reloj o con eras y/o periodos históricos; sino con una suerte de aliento paralelo: impulsos, deseos, con los que más bien nos abstraemos de toda medida.

 

 

 
¿Dónde queda la búsqueda de lo perdurable?
En vez de tic-tacs, música; en lugar de crónicas, canciones… Pero es que aquí ningún tema se cierra redondo. Permite, rápidamente, reconocer la soberbia de cientos de pretensiones categóricas.
A fin de cuentas, por ejemplo, es posible manipular la velocidad del compás y dar a las mismas canciones un carácter distinto cada vez…
 

 

Por otro lado, atención a la complejidad de cada composición.
Torsten nos da pie a revelar, cada quien por su cuenta, qué canción propondría en correspondencia a la noche… universal, íntima, secreta. Como si fuera posible musicalizar un sueño, ya despiertos, a partir de un último recuerdo de este; inventar, de tal manera, una versión suya perdurable.

 

 

Pero se nos dice  una y otra vez, la rueda gira en un solo sentido.
El tiempo como noción consensuada implica en última instancia, cierta solidaridad en la finitud y, por tanto, algún consuelo de la muerte (volviendo, además, a las religiones).
Pero prever la suma o el desarrollo de la secuencia, es decir, los nombres de los próximos calendarios, no conlleva ninguna garantía de trascendencia. Sin contar, además, con que las más de las veces, legamos el producto de nuestro actuar más inconsciente, lejos de la razón. Sobran evidencias.
 

 

Por otro lado, ausentes los cuerpos, lo humano se refleja en los objetos.
De pronto, nos vemos ante visiones de un tiempo entre lo que fue, lo que debió y lo que habría de ser, en caso nosotros anduviéramos fuera de toda medida, como testigos fantasma.
Desde luego, es esta una interpretación arbitraria, pero se debe a la oportunidad que el propio limbo nos concede.
 

 

Las imágenes vibran y nos sacuden: tientan a develar, desde la posición del observador, de su tiempo y con su memoria, cuanto de él mismo completa las visiones.

Además, la obra de Warmuth invita a colarse entre las fases de la producción misma de sus imágenes, desde la primera captura, evitando parpadear. Compromete así, queramos o no, nuestra percepción de la realidad. Y nuestras esperanzas. Todo al descubierto.
 
 
Un tiempo sin hombres. En realidad, el fin de los tiempos, aunque se preserve buena parte de las formas –y, antes aún, de los trazos–; aunque el producto del ingenio y la pretensión monumental sobreviva a sus hacedores y a cuanto soñador haya vivido consciente, un instante a su sombra. Aunque hagan sombra todavía, ciertos muros y columnas.
 
 
Perdidos.
Perdidos…
 
 
Título de novela de Javier Marías: Negra espalda del tiempo, Alfaguara (1998).

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