Contrastes al carbón: En torno a la propuesta de Johan Barrios

Por: Guillermo Cóbena

 

De silencios comunes surgen acaso las mismas preguntas.
Provoca pensar en la posibilidad de una auténtica compañía para hacer rumbo en ese vacío que se abre más y más allá, mientras operan además los mecanismos de auto justificación que al cabo –y siempre– traicionan. Provoca no quedarse solo, y mucho menos desplazarse así adentro de uno mismo, entre lestrigones y cíclopes*.

Comúnmente, las aventuras involucran una y otra alma, dos como mínimo; van de que cada cual por su lado, en determinado momento, estén a punto de perderse a sí mismas y entre sí, que se consuelen por separado en la supuesta belleza de las formas, a punto de olvidar, para finalmente reencontrarse…
Johan nos dice algo más de la soledad, del silencio, de la bruma.
 

Hablamos invocando otras voces. Esperamos respuestas. El eco es fascinante en un principio, pero luego horroriza.

Nada hay más atronador que el silencio, pero es con este que, postulada la duda (por afirmación), tiene cabida todo auténtico diálogo; de modo que nuestra cuota de obscuridad, la sombra por la que damos a reconocer las formas que se fraguan en nuestra mente y a atisbar los márgenes de nuestra experiencia, en general, el trazo, ha de ser siempre sutil: nuestras palabras deben dejar lugar a la interpretación; debemos omitir. Callar.
  
 
La gracia de un discurso se da en tanto y cuanto el tono del conjunto permita reconocer sin estorbos el rasgo fundamental de la cuestión, que es siempre no verbal. El resto sobra. Es más, se huele de lejos como una capa de laca sobre el fracaso, que simplemente engrosa.
 

 

He aquí que, por su parte, Johan Barrios asume riesgos de veras sorprendentes.
Con su propuesta nos recuerda que la blancura uniforme representa también luz, y esta, como energía, transmite una vibración particular, configurando en sí misma una especie de afirmación. A partir de ello, tienta a pensar que si hay algo que absorbe de veras el sonido y las voces, así como se traga las imágenes, es la bruma espesa.
En sus cuadros, ocupa de sombras a carbón, la claridad preexistente. En efecto, nos coloca en el límite en que fraguan las presencias. Y si algo ocultan estas es su identidad, no su realidad, violenta.
 

 

Sirva para explicar mejor la efectividad conque este artista provoca, la forma en que operan con el lenguaje escritores como Ciorán, en su apuesta por la negación y hasta, en determinado momento,  el propio Kundera.
(Por colar material de contraste a dichos ejemplos, se me ocurre: reseñas de Rodrigo Fresán. Piropos, nada más, cabriolas y guiños “refrescantes” para llamar la atención sobre el entusiasmo del lector sabido, insinuando, eso sí, que se trata de pura permisividad de sabedor juvenil, música ligera; en fin, nada consistente respecto de los atributos que pudieran merecer especial atención en ninguna obra. Como si , verbigracia, todo escritor debiera parecer un postulante a Beatles – Next Generation
Y, bueno, quizá me haya excedido en el descenso, pero es que a continuación diré algo de liviandad, distinta de superficialidad.)
 

 

El autor de La insoportable levedad del ser tenía algo que decir y bien lo dijo en esta obra. Si bien es cierto, en otras mostró extraviada su voluntad humanística en una especie de memoria para notas pedagógicas, es una verdadera lástima que actualmente no se lo lea más.
Tanto en dicha novela como en La inmortalidad, supo callar en el momento adecuado. Ambos textos resisten bien el manoseo bajo diferentes lupas, principalmente gracias a un lenguaje íntegramente dispuesto a dejar elevarse por sí sola, digamos, la tensión que con precisión, siembra desde las orillas de los hechos. Desde la bruma.
 

 

Grises. Brumas de bosques hondos. Hoyos a los lados del camino.
Dice Fernando Savater en el prólogo de la edición que tengo de Breviario de podredumbre de Cioran, que en los grandes autores uno vuelve al texto y en su entraña se revela –por refracción– un silencio sin dueño particular: vacío común que acaso nos puede unir más que una enorme variedad de realidades, ricas de aconteceres cada una.
Se trata de otro tipo de experiencia.
 

 

Somos dudas, dudas. Cuestionamos.
Cuando atisbamos el vacío, proyectamos sombras, a veces olvidando la gracia del sol que lo permite.
Y no hay coincidencias.
Cioran, Kundera y el admirado por ambos, Beckett, pasaron a cuestionar en idiomas extranjeros. El dolor…, la consciencia del dolor requiere siempre nuevas traducciones. A veces, como con el arte de Johan, también difuminar, borrar…
Los románticos hablan mucho de perderse juntos; otros preferimos miradas cómplices, y alusiones para encontrarnos en el camino.




* Del poema Ítaca de Konstantinos Kavafis.



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