De la risa y el olvido: Sobre la propuesta de Sophie Ebrard

Por: Guillermo Cóbena
 
Fue noticia. Y se dijo controversial una y otra vez. Como siempre, demasiado a menudo.
El trabajo de Sophie Ebrard con los cuerpos, tal como se dio en el sonado caso, consistió en aprovechar un ambiente especialmente propicio para el despliegue de su visión; en tal sentido, sobre todo, acentúa rasgos destacables ya en otras muestras suyas.
Aunque sorprenda, hay quien necesita se le aclare: noticia no es, ni remotamente, sinónimo de arte. El acontecimiento es el arte, no su narración ni su referencia. Mucho menos, “su impacto”, “novedad” o “extravagancia”.
 

 

En el fondo, la artista ha venido exponiendo siempre soledad.
Revela el ámbito personal, privado e íntimo cada cual diferente– en espacios abiertos.
Y si tales espacios son de todos, pues valga, lo mismo son de nadie. Lo más en él, será un tránsito de significación variable. O yacer uno mismo, procurando mantenerse al margen de alguna valoración temida. Cien veces más, soledad.
 

  

Las capturas dejan de ser testimonios, nada más, de una historia y constituyen en sí mismos, signo que nos confronta.
Ya desde un principio, debemos considerar que acaso la marcha a través de cualquier circunstancia, por sencilla que se pinte en un principio, implica dejarse la piel, no obstante se trate de su más leve capa, por grueso y duro que sea nuestro cuero. Ni qué decir, entonces, de situaciones “comprometedoras”.
  

  

De ser contando como un elemento más de la composición, acorde a una visión apenas técnica, fría, el cuerpo queda reducido a mero objeto. Bien sabemos que un enfoque como este apenas y sirve para trazar  alguno que otro ejemplo simplón. Lo propio con el modo en que concebimos nuestra presencia consciente, nuestra vida.
Aventuremos: Si alguien apenas existe y no obra, definitivamente no es.
Planteado en otros términos: ¿Qué son quienes solo se producen para los demás, tentando significar algo para ellos, aguardando por confirmación, apenas el reconocimiento del molde usado, del modelo próximo? ¿Qué son, por otro lado, quienes callan y reprimen?
¿Qué estamos haciendo?
 

 

El arte implica comunicación, diálogo, un franco intercambio. El cuestionamiento se produce a partir de una percepción sensorial, luego es que penetra en la consciencia –cuanto antes, pues mejor–. Atraviesa el sentido detrás-adentro-y-a-pesar de cada quien (condicionado por sus circunstancias, su síntoma, si se quiere, sus miedos y su deseo).

El arte nunca apela sin más al instinto. La imaginación se entumece –!– si “el material” es explícito…
Aquí, la artista hace arte de lo que no constituye tal. Y nos interroga respecto de qué tan capaces somos de reconocerlo. Y de cómo nos vemos a nosotros mismos ante él.
 

  

Y entonces/aquí (tiempo/espacio), merced del instante elegido, y la luz, la forma y las texturas y una amplia variedad de contrastes, abre una boca honda de sentidos en un cuerpo de perfumes dolorosos (la vida como es, detrás de la ilusión complaciente), que se elevan con el vibrar de las carnes en respuesta a un único deseo.
Arrancan las preguntas: ¿Qué hacemos con esto?
Más cerca todavía (donde se encuentran las voces):
–¿Qué hago yo aquí?
 

  

El asunto basta para perder las miradas de quien sea; también las de quienes posan y “se producen” y actúan y sueñan y se dejan usar, para llevarnos a esa fantasía, calca pobre del mundo detrás y adentro, pero tan, tan presente, del deseo invencible, como por un triste atajo…
Tampoco es cosa de menospreciar, sin más…
¿Cómo negar la tentación de dar con una respuesta en ese extraño vuelo, si quienes hemos gozado de veras, sabemos, entonces le hemos cantado a la muerte, ojos entornados, cuando la conexión y el olvido, cerca, bien cerca de no se sabe qué?
 
 
¿Acaso es tan sencillo, si no tiemblan, acusarlos a ellas y a ellos de frialdad?
Sophie nos ofrece a la posibilidad de tal duda, en variadas faces: atención, duda, risas… Ante ello, ¿cabe negar el efecto que producen, estas últimas, especialmente, quizá incluso contagiando nerviosismo, evaporada la culpa?
A lo mejor, en esto último radica el principal escándalo.
¿Quién es inocente?
 
 
Descubrimiento, decimos; exploración, en ambos casos refiriendo a lo que hacen niños, púberes y adolescentes –salvando entre sí, claro, las distancias–, al descubrirse a sí mismos vivos de veras, en mil sentidos a la vez: materia, materia y no solo sueño, tampoco materia de sueños ni ideales; misteriosa y poderosamente vivos, aún a su pesar.
Por otro lado, enamorados ya no tan jóvenes dicen, recuperada la ilusión, que redescubren todo aquello, por haber dado con una pareja con la que “la química” los lleva más allá de cuanto recordaban en la realización del deseo.
Seamos justos, si de veras se trata de una experiencia única, entonces no hay términos para ella; sin lenguaje, por tanto, tampoco cabe la menor justificación.
 


Las imágenes tientan a pensar en qué comparten, a menudo con sonrisas, sus protagonistas. Y qué los turba.
¿Qué tan sencillo nos resulta si surge turbulencia de nuestras cabezas, por afán de deshacer los nudos peinarlo todo en un mismo y único sentido, ajustarlo a nuestro cómodo entender?

Según coinciden varias teorías, la risa consiste en mostrar uno los dientes –como armas– embriagado en el goce, puro alivio, de saberse sobreviviente… mientras alguno otro cayó:
–¡Qué absurdo o ridículo o sorprendente, pero no fui yo! !Aquí seguimos!
Hay risas contagiosas. ¿Lo son estas?

Surgen, del mismo modo, más y más cuestiones a partir de carne expuesta, de dientes y de lenguas. Y de más, mucho más.

 

  

Brilla la referencia. La petite mort
Trance, carrera en soledad que funde la consciencia y, según parece, a veces, a uno mismo entero con el otro. De ser así, decimos, pues qué suerte. Sino, para fondos de carácter primitivo, ricos de simpleza incontestable–, pues simplemente uno se pierde, ebrio una y otra vez; y ni bien se halla nuevamente lúcido, se dispone a caer de  vuelta. Hasta morir de verdad. Y eso es el vicio…
(Hay mucho de Céline por aquí…)
 

 

Al vicio lo enfrenta la razón. ¿Qué hay del deseo…?
No hemos discutido todavía el deseo. Pero es que este no se discute, ni siquiera como término; a lo más, se lo pelea.
¿Lo vale? O sea, ¿lo vale como pelea? ¿Qué hay de negociable en él?
 
  
Sophie se reserva para el arte, en su propia muestra, la curiosidad y sus consecuentes estímulos; nos desafía a pensar en otras salidas, a ver si podemos, de hecho, sonreír con ellas.
En la galería de sus imágenes se adelanta y despliega completa la lista:
Por ejemplo, el tedio. Todo un asunto; una especie de síndrome de abstinencia…
En efecto, abstraerse conlleva a abandonarse lejos de la culpa…, ¡pero esta se nutre de realidad, se alza por combustión de tiempo perdido: consume y consume…! En efecto, se lleva cuanto pueda arder; como dicen los románticos, la luz de uno
 

  

De manera que se hace una cadena: El vicio surge de la erotización de la rabia, la que luego regenera en mil formas; una de ellas, la culpa.
  

 

En ocasiones, la culpa paraliza.

Parálisis, desde luego, no equivale a quietud. No se la decide. Se trata de un asombro que no fragua en reacción, en comunicación ni señal alguna de vida. Es horror que se lleva consigo, en silencio, como la flama transparente, el oxígeno, nuestro aliento, nuestra voz…

 

 

  

¿En qué momento se rinde el cuerpo? ¿Nos puede salvar este, por sí solo, de nosotros mismos, detrás?

¿Si nuestra fecha de caducidad queda determinada, casi por completo, en un microscópico código en espiral, qué hacemos mientras tanto (que no equivalga a sacudidas mecánicas y sonrisas bobas con los ojos entornados)?
 
 

Despertamos al vicio casi siempre a la misma edad. Esta “capacidad” va más allá de toda fase referible de momento. Pero no pesa, no hace de ancla y, por tanto, no nos impide volar, es decir, gozar y perder la venda  de ojos en pleno vuelo para luego darnos de lleno con nuestra propia miseria…, desnudos. Mil veces.
 

  

Finalmente, ¿Qué si comulgamos en deseo, si aceptamos que a menudo no es posible el pleno entendimiento y resulta tan sano, tan a menudo, callar; si nos perdonamos el engorro del juicio, pero somos agudos en la crítica y generosos en la descripción…; si nos permitimos la curiosidad… mientras esperamos compartir todos la última cita…?
 

  

Por definición, se trata de compasión.
Y podemos dialogar, discutir, pelear. Incluso morirnos un poco, digamos, y quizá fundirnos.



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