Atrevida música: Sobre la propuesta de Hollie Fernando

Por: Luisa Deguile

 

Un vistazo podría llevar, quizá, a confusión: destacar el trabajo de Hollie Fernando como parte de una corriente de luces tenues y tonos coquetos por la que hoy tantos transitan en plan de seductores, delicada psicalipsis de moda. Se trata en realidad de algo más.
Claridad. Y música ligera. La luz suave resulta en serena afirmación; sus brillos tienen más que ver con el voraz afán de una juventud inconforme que con cualquier tipo de complacencia. Nada superficial, y aunque suene un poco a etiqueta de cosméticos, cabe decir de la propuesta: honda, atrevida.

 

   

En lugar de tentarnos a un simple juego, en apariencia, de libre asociación, Hollie nos enfrenta a la reflexión implícita de sus personajes. Insta a encontrar un equivalente, referente claro en nuestra propia experiencia a esa misma suerte de suspensión del tiempo. Se debe a que sus imágenes llevan la clave de un asombro de ocasión, excepcional, no obstante todos, salvo severo aletargamiento o algún otro problema igualmente terrible, hemos experimentado en uno u otro momento.
 
 
Encuentro, reconocimiento de un anhelo. La condición corresponde al tiempo exacto de la captura. Nos lleva a reconocernos, sin complicaciones, susceptibles a ciertas formas de belleza bastante convencionales, mas no por ello, en este caso, menos evocadoras. Ni ajenas al dolor.
De modo que nos vemos de lleno, así, en plena adolescencia.
 

   

A propósito, decía Proust –apenas parafraseo– que durante la adolescencia nos vemos entregados de veras a aprender: todo resulta tremendo; quienes admiramos son dioses, quienes tememos, monstruos. Es propia de dicha etapa una aguda ceguera de matices; la fiebre –en tantos sentidos– impide aceptar la variedad, el amplio espectro de consecuencias para cada hecho, e incluso destinos en perspectiva. Cada evento configura una estampa: los hechos, en lugar de ocurrir o desarrollarse, simple, asombrosa y, a menudo, espantosamente, es.
Resulta sencillo dar, por tanto, con una figura común, la del extravío en el paraíso…
 

 

Surge al cuestión de si el asombro es posible de manejar con el pulso alterado, dado tan fácilmente a los extremos, a rastras del mismo candor que tan difícilmente permite encontrar matices. La respuesta es obvia: No.
Ante la obra de Hollie queda claro que la edad no configura un factor tan determinante como comúnmente habría de suponer.
El control depende en realidad de saber elegir entre los elementos, entre sus fuerzas, por sensibilidad, para apostar concentrada la propia energía en un sentido, favor de algo; en consecuencia, también, sobre saber aceptar contra qué no luchar, y ceder; cuándo y en qué circunstancias, entonces, dejarse llevar e incluso, en la caída, acelerar. Si bien a menudo esto se aprende con los años, a menudo también, no se logra nunca.
  

 

Evidencias de la elección, aquí: Los retratos asombran de sencillez. La complejidad yace en el gesto, que no se explica; refracta el instinto detrás: un saber sin palabras, primitivo, otro misterio.
Hay quien dice a propósito de esta clase de reconocimiento, magia.

Se me ocurren, en relación a este predicamento, si bien salvando las distancias, ciertos ejemplos del ámbito de la novela, por diversos motivos para nada encubiertos:

La seguridad en la intuición, la agudeza perceptiva, y la prudencia, también, para frenar ante lo remoto a la experiencia, de momento, en Los Buddenbroock. Thomas Mann tenía veintiséis años.
 

  

Más.
Aunque con oído más agudo que Mann, y una fe de lo más atrevida para la franca entrega, con la intuición más dolorida y una sensibilidad reciamente templada en lo ajeno y lo íntimo más áspero, Henry Roth revela la esencia al aprendizaje marginal y la forja de un carácter melancólico (lejos, bien lejos de las cunas doradas), en la magistral Llámalo sueño. La terminó de escribir a los veintiséis.
Y está también cuanto escapa a todo cálculo y arrasa con cualquier escepticismo. Cumbres excepcionales. Propuestas que rompen con su época y hacen historia del pensamiento desde la ficción. William Gaddis tenía también veintiéis cuando terminó  Los reconocimientos.
 

 

Mientras, por otro lado, además, la poesía…
Más cerca, quizá, del mundo de esta artista (que, ojo, apenas excede los veintidós años), la de ciertas canciones populares; por supuesto, no cualesquiera, si no las de Dylan y Cave, por ejemplo.
 
 
Comparte el impacto… del contacto más directo posible. La emoción de la interpretación viva, sirviéndose de los recursos técnicos nada más en pro de una intimidad mayor.
Hollie sortea como si se tratase de groserías, variedad de señales de manipulación digital, que para otros son evidencia de manipulación consciente.
Insisto: golpea de frente. La sutileza, como corresponde, a la alusión en los signos y al artificio.
 
 
No obstante, cabe preguntarse si sus fotografías calzan acaso en alguna “joven corriente”, por independiente que luzcan su esencia.
Es el caso que lo suyo escapa del ritmo del orbe y se aparta, en general, del ruido de fondo típico de la nueva comunicación a escala global, pero sin pecar en desbordes de nostalgia, trasladándose a épocas mil veces referidas, de verdaderos clásicos o modas pintorescas…
En sus composiciones no hay nada, nada que no pueda perderse de vuelta entre la maleza, pudrirse o verse convertido en polvo, al abandono…
 
 
Y es en este punto que demos, quizá, con la clave: Finitud en lo concreto, y la pretensión de una trascendencia real… en el otro.
Posibilidades de un fuego para siempre, vivo de vuelta tras los chubascos.
 
 

En fin.

Atentos a las señas de esta muchacha, que parece haber comprendido prematuramente que la lluvia significa fertilidad porque aplasta el tiempo, corta con su velo el rumbo alocado de otras carreras entusiastas.
La lluvia, como el mar, es también un sí.
Se acepta y se vive.
Queda mucho por aprender aún, Hollie.
 
 

 

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