A propósito de las circunstancias: Sobre la propuesta de Tatiana Gulenkina

Por Lena Marin

 

Información, sobra. Leer, analizar, incluso observar con detenimiento y, desde luego, aprender, no van de ese lado ahora.
Conviene distinguir qué entendemos por información y qué por conocimiento. Esto último resulta de cuanto menos uno, y a menudo muchos más, procesos complejos. Solo se aprende por necesidad. Esta, no obstante, puede ser solo ficticia. Cuestión de aprovechar.
Se persigue conocer y saber para ampliar nuestro dominio de los elementos del entorno, nuestra realidad; su comprensión nos brinda seguridad. Se sabe más y –se dirá a la ligera– se teme menos. Pero es que en realidad cuanta mayor la lucidez, mayor la curiosidad y, por tanto, el asomo a perspectivas de vértigo e, incluso, revelaciones amenazadoras.
Vamos con el trabajo de Tatiana…

 

Se nos lanza de pronto a la confrontación a propósito de ciertos fundamentos. Refiere a nociones cuyo sentido, debido al uso cotidiano, frecuentemente se ve extraviado. Dar de vuelta con su definición, evocar las ideas que esta misma contiene, representa, en última instancia, reconocer la posición de uno mismo respecto de los elementos y las fuerzas básicas que dan forma a nuestro mundo.
Nuestra capacidad de acudir a determinados conceptos, establecer relaciones entre ellos y visualizar situaciones más allá de los límites materiales de nuestra percepción, condicionada además a un solo punto de vista, esto, así como, finalmente, la propia capacidad de asimilación para tal contenido, revela, al cabo, coordenadas de ficción sin las que, no obstante, nos daríamos por completamente perdidos.
La obra, digamos, nos emplaza.

 

Con la revelación, por fuerza, dolorosa –aunque no necesariamente motivo de sufrimiento–, se da también otro fenómeno, acaso como respuesta: El desarrollo mismo del proceso de aprendizaje, la exploración del objeto y la penetración en esencias, nos abstraen del mismo miedo de fondo que, merced de nuestra lucidez, en otras ocasiones, se cuela para empujarnos a saber. Así, alcanzamos a mirar de soslayo lo que, de otro modo, nos paralizaría de miedo.
Es decisivo, en tal sentido, el modo en que la llamada objetividad afecta directamente nociones como escala y proporción.
 

   

Las imágenes de la joven Gulenkina son producto de técnicas dispuestas a un resultado, en considerable medida, imprevisible. Lo justo para evidenciar el trazo con que las condiciones del momento, determinan la singularidad de cada imagen.
Pintan como guiños de mundos más amplios, para una exploración al margen de los relojes.  A una escala… segura.
En esta atmósfera, la curiosidad, el afán por obviar los límites de nuestra realidad, de crear para acabar, en el mejor de los casos, inventando, se abren paso.

 

  

El tiempo mismo de la contemplación constituye “en verdad” el único tiempo. Su medida en minutos, días o años, torna de pronto, “en realidad”, relativa…
 

 

Materia.
Es fácil imaginar.
Cada resultado lleva a suponer: La imagen, compleja, rica, asoma de a pocos bajo sus manos, se revela en su acierto, en la fidelidad al impulso creador.

La atención de la artista va por íntegro a atender a la materia. Su razón, nada más como herramienta. Su inteligencia (mucho más que solo la capacidad de razonar), se entrega a un acto sin definición…, en tanto dura.
  

 

Y se da así, una suerte de transmisión.
El arte es comunicación. La canción, el cuadro, el poema, encierran cada cual claves de antescómo y porqués, puntos de partida para después, hasta dónde y de qué maneras. Se trata de invenciones valiosas, también, porque anulan la noción de tiempo en quien las contempla; nos llevan y traen, sin transiciones, de preguntarnos cómo fueron hechas a sorprendernos por cómo fue posible que antes nosotros mismos viéramos, entendiéramos el tema abordado por el artista, del modo en que lo hacíamos, o enfocáramos las referencias a mano de tal o cual otra manera…

 

 

Esto nos lleva al rol del artista:
Habrá de ser reconocido como tal en la medida en que su trabajo tenga vida propia: que sea lo suficientemente elocuente por sí mismo como para hacer innecesaria cualquier aparición del autor para explicar motivos y/o pretensiones de trascendencia.
La capacidad de asombrar del artista hará que su nombre sea identificado con el discurso propuesto, en “respuesta” a un constante ¿cómo fue que lo hizo?… y ¿qué más dirá, o de qué nuevo modo?
Es entonces que el nombre se hace firma.
 

 

El discurso se configura en la propia obra como construcción intelectual consciente, en la medida en que el autor se sirve de medios y códigos preexistentes para comunicarlo: lenguajes, idiomas, formas, signos, notas y tonos; pero implica algo más trascendente aún, en la medida en que se configura plenamente a partir también de elementos impropios de una ejecución automática: desproporciones, puntos y puentes ilógicos, entre otros, que, curiosamente, completan la obra, elevándola a un ámbito en que la interpretación racional no alcanza a abordar todos los sentidos de su cuestionamiento, como sí lo hacen la intuición y otras formas de sensibilidad.
Ahí, el punto en que se separan de golpe, por ejemplo, las Matemáticas del Arte. No tanto así la Física Cuántica y la Nueva Biología de él…
Asunto de interrogantes compartidas.
 

  

Mucha exposición, poca crítica… A nadie sorprende.
Tampoco es válido colgarse de la elocuencia de la obra para dejarla pasar, como un producto más, a la cola de novedades pasajeras; o atribuirle al tiempo facultades más bien humanas…
Reconocimiento.
La abundancia de recursos, accesibilidad a la información y posibilidad de conocer cada vez más técnicas no otorgan ningún estilo.
La materia de trabajo de la señorita Gulenkina bien pudo terminar en una muestra bien distinta en otras manos… (y llegado a este punto prefiero suponer que no hay quien se lance de buenas a primeras con algo como que entonces “a cada mano, un artista”, ni hablar…)
 

  

La propuesta de Tatiana invita a observaciones elementales, y profundas. La sofisticación se queda en la composición, y de nuestro lado, la oportunidad. Ese es su balance.
Las formas, volúmenes, efectos de vibración, reflexión y refracción, todo el caos del cual, de pronto, brota en brillos la armonía, plantea apenas las primeras interrogantes.
El tiempo ido nos invita a recomponer una imagen que no está; cuestiona así nuestra imaginación; nos desafía a pensar en la posibilidad de un logro similar nada más pensando…
Nos hace olvidar, abstraídos en un azar que hasta reconforta…
Depende…
 

  

Hay, además, suficiente espacio para el sueño, la explosión, repentina multiplicación y abrupto reposo de alusiones a / en / desde esas mismas figuras en que nos encontramos, entre lo primitivo y muy elaborado, con la artista…
Como una… cita accidental…
Acuden a la mente con facilidad: células, órganos, galaxias, fotografías de la propia Tierra…
Por ello: diálogo.
 
 

4 comentarios

  1. La nota me crea una gran curiosidad. Gracias!!

  2. Asombroso trabajo.
    Sorprendente texto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *