Algo no anda bien aquí: Sobre OPS y La edad del silencio, obra de Andrés Rábago

Por: Manuel Gómez Burns y Lena Marin
 
Manuel trae consigo el libro. Una belleza.
Entramos y ordenamos casi en el mismo acto. Coca-Cola para él, esta vez; café para mí, como siempre; gracias, y vamos.
Nos congrega OPS.
 
Descubrí su trabajo a fines de la década de 1980. Fue por medio de un suplemento en que figuraban trabajos de artistas de distintas latitudes. Lo suyo me llamó la atención de inmediato.

  

Hay trabajos que a uno, como dicen, le mueven el piso, lo sacan de cuadro. Y ahí estaba, una obra de imagen sola y ningún texto, de un modo que lo replanteaba todo.
Aunque en esa oportunidad no lograba entender del todo la narración, de qué iba el asunto –por lo que pregunté a mis amigos–, la marca fue definitiva.

 

Una nueva trama se revela con el reconocimiento de un código plausible.
De hecho, hay algo ahí, lo vemos, pero antes de formularle a otro el asunto (nada más para confirmar nuestra posición al respecto), surge la duda de si exponiendo nuestra –enorme– arbitrariedad acaso no revelaremos demasiado de nosotros mismos.
Comentar algunos de estos cuadros se torna, de pronto, en confidencia.
El modo más apropiado para la plantear la cuestión parece ser «¿Tú qué crees?», que equivale en cierta medida a «¿en qué crees tú?»

 

En ciertas imágenes puede leerse con relativa facilidad una crítica social, pero en todos los casos se guarda el misterio; hay algo que no terminas de conocer. Lo que te extraña y te seduce.

 
Muestra otro mundo. Que corresponde a otra forma de ver la realidad.
 
U otra realidad…
 
Es una representación del mundo exterior, pero también del mundo interior del autor.
Él dice que no sabe dibujar. Se basa, por tanto, en el sentido de lo que ve dentro de sí. En lo que procura la mayor fidelidad posible. Pero acaba transgrediendo la realidad, de todas maneras.
 
El llamado mundo particular como prisma. La luz del exterior lo atraviesa y brota de vuelta como obra, un haz distinto cada vez, en ofrenda.
Ofrecer una visión propia, por tanto, equivale a provocar nuevas confrontaciones.
A ver qué surge de nosotros mismos en una nueva interpretación.
 

 

En efecto, el autor se refiere a sus personajes como encarnacionesSe trata de una voz distinta en cada caso. Un modo visual, digamos. Cuenta lo que quiere contar del modo que dicho contenido lo requiere.
 
El sueño con voz propia.
El estilo al servicio del contenido. Tratándose de arte, será siempre a una afirmación cuestionadora.
Aquí, en el libro, por ejemplo, la figura enigmática; el instante de pesadilla…
 

 

La segunda vez que me enfrenté a Ops fue en una muestra en Lima dedicada principalmente a artistas españoles.
Ahí lo tenía, otro conjunto de trabajos, un nuevo misterio. Breves historias, contundentes, sin embargo, como la propia firma (y es que el seudónimo cumple la misma función, redunda en el efecto).

  

Siempre violento…

 
Violento. Surreal. Extraño. Seductor. Engañoso.
El juego visual dispone a confrontaciones más allá del papel. Unos contra otros, entre quienes hemos visto su trabajo.

 
Provoca.
El autor, este personaje, se viste de misterio. Para desnudar al espectador en otra lid.
 
Mi interpretación de algunos de sus trabajos ha cambiado con el tiempo, pero sin perder intensidad. Por el contrario. Creo que ha ganado con las nuevas referencias a mano. Se suman voces a las que antes me dijeron algo al respecto.

 

Antecedentes. Influencias. Se teje en otro plano, comunicación entre otros autores. Referentes…
 
Su trabajo, como él mismo afirma, denota la influencia de Chumy Chúmez.
Pero hay otra relación, una que pinta incluso cierto parentesco entre personajes de ficción: los de la obra de OPS y los de Roland Topor. Aunque el francés conserva más las proporciones, emplea un modo similar de tentarnos con significados alarmantes para sus imágenes.
Es curioso que las influencias de ambos sean tan disímiles entre sí.
  
 
En lo de OPS se nota cuánto de Giorgio de Chirico, pero más todavía de Roberto Aizenberg…

Sí, las escenas entre cuatro paredes resultan igual de desoladoras que las de espacios abiertos.
L
os personajes pueden ser de muy diferentes tamaños en una misma viñeta. Los edificios también insinúan la idea de una perspectiva alterada.
L
os personajes parecen ser más bien entes no humanos que han venido a ocupar estos espacios, siempre huecos, abandonados.
 
 

 Hay ciertos rasgos, aparte…

 
Los ojos. La mirada. Como en un trance.
Los hombres no parecen de su época. Hay algo de antiguo en ellos, cierta vetusta idea de masculinidad. Y mujeres calvas, con cierta frecuencia.

  

Está, además, lo suyo de Dalí, aunque sin maquillar el efectismo propio. Se nota más crudo, áspero.

 
Como una advertencia: Algo no anda bien aquí..

Y los tramados…, ni ordenados ni uniformes. Lucen una suerte de descuido. Algo más salvaje. Pero funciona con el conjunto, provocador y sí, brutal.

 

 
¿Qué hay del color?
 
Emplea el color de modo muy puntual. Aunque a simple vista podría pensar que tiene más fuerza en blanco y negro, resulta contundente con uno o dos colores, acentuando la sencillez de la imagen. Esto se debe también a la economía de los medios.

 
Me gusta que estas ilustraciones no sean precisamente coloridas.
No pierde fuerza.
Los personajes sostienen el misterio con su expresión.

 

¿Algo que agregar…?
 
Ahora no. Pero ya sabemos que cambiará con el tiempo…
 

3 comentarios

  1. Excelente espacio.
    Buen contenido. Bien escrito. Se ve que saben lo que hacen.
    Sigan, por favor.

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