[Des]formulaciones: Sobre la propuesta de Guy Garnier

Por: Juan Pablo Torres Muñiz

 

Ninguna obra de arte requiere explicación. La colocación de amplias leyendas con este fin para acompañar, por ejemplo, estatuas o cuadros y ni qué decir “instalaciones”, suele advertir con un margen de error sorprendentemente bajo que no vale la pena aproximarse.
La lectura de una nota explicativa es recomendable solo si esta plantea un astuto juego intertextual, si –merced a cierta hipocresía– contiene buenas dosis de fino sarcasmo, o por la ironía que, según las circunstancias, constituye su sola presentación.
Algo ocurre, sin embargo, con los abstractos; hay quienes esperan, de hecho, explicaciones. ¿Pero en qué medida cuanto entendemos de ellos, nuestra interpretación y opinión, se prestan al diálogo franco, a la discusión?
¿En qué términos se hace más sencillo abrir un intercambio al respecto o, al menos, en cuáles resulta este menos complicado?
El trabajo de Guy Garnier ofrece una oportunidad interesante para abordar el tema.
 
 
Toda imagen, en general, invita o bien a su comprensión o bien a su entendimiento; así, o expone uno o varios objetos determinados en una posición y momento dados, con un significado particular correspondiente a ciertas coordenadas históricas, o representa el propio devenir, la experiencia de la fugacidad por medio del trazo borroso, el haz prolongado y/o ecos lumínicos de diversa índole.
En todo caso, son tanto los cuerpos fijos como los efectos que representan su movimiento, en conjunto, los que nos permiten aproximarnos, en mayor o menor medida, a la compleja realidad respecto de la que en última instancia, esperamos sea posible discutir.
 
 

Como en otros casos, nos vemos aquí entre paños, entre fragmentos.
Pero veamos. Con calma.

  

 
La realidad referible, la vida comparable –cuanto, siguiendo a Tolstoi, hace de las familias felices parecidas unas a otras, y distinguibles a las infelices, cada cual a su manera–, pinta algo como una serie de estampas.

La vida, efectivamente, cobra sentido (lo que equivale a decir que se hace inteligible, objeto de narración lógica) con el supuesto entendimiento de su dinámica, con la relativa comprensión de las fuerzas que operan sobre ella y la hacen, sin embargo, lo que es: inaprensible.

 

 

He aquí, por tanto, que la imagen, aún la más difícil de casar con cualquier tipo de realismo, e incluso el signo, el símbolo, aun el dígito, surgen como chispa, brillan fuera de su plano, repentinamente quebrado,  como vestigio de su fractura.

 

 

Cada paño, claro, tiene una forma. Cada fragmento, incluso si muta, es identificable como tal, precisamente por sus límites; gracias a ellos puede decirse del resto que configura un derredor, algo con lo que se teje relación y, por tanto, un probable sentido.
Así que vamos con las medidas, más propiamente, con las dimensiones, merced de cuyo uso, deriva la posibilidad de una interpretación, intervención, acción de la consciencia.

  

 
La verdad de una afirmación, más abierto el paso adonde importa, comprometidos los juicios–, la postulación de una realidad tal cual nos atrevemos a afirmar, “debería” de ser vista por los demás, aún en un mínimo aspecto, cabe solo desde la presentación de evidencia cualificable y cuantificable, con la proposición de posibilidades de aproximación; o sea, a partir de las nociones de límite y de medida, fundamento de la diferenciación.
  
 
Toda aseveración implica una atribución arbitraria de valor –una suma, si se quiere y, por tanto, también, la posibilidad de una resta con el disvalor–. Con la multiplicación de probabilidades, tienen lugar las demás operaciones y con ellas, en efecto, el desplazamiento, la mutación, la transformación o el cambio.
La forma, no obstante, ha de referir a un elemento de valor general para que tenga pie la comunicación. Nos referimos, desde luego, a la base de un código, antes todavía que a un lenguaje.
 

 

El abstracto provoca desde la particularidad, eso personal e íntimo apostado por el autor, una respuesta par de quien, luego, contempla la obra, pero a costa de un miedo hasta entonces, nada más latente. Miedo a un error revelador de prejuicios invencibles (en el silencio), o lo que es quizá más significativo, la dolorosa revelación –en el afán de explicar lo que uno ve– de aspectos esenciales de uno mismo, ya ido de boca, como suele decirse; al cabo, desengañado de la ficción de compañía.

 
 

Fluctuamos entre los niveles individual y colectivo, entre los planos personal e íntimo y el cultural. Para finalmente callar. El asombro se debe precisamente a la luz que evade en su trayectoria, la lógica; que hace trazo atendiendo a una voz de complejidad alucinante, rompe reglas, licua la tinta misma con que marcamos otros límites y hiere como una risa. Ríe del cálculo.

 
 
Seamos, al caso, más específicos:
Fragmentación. Paños rasgados. Pieles. Faces. Rostros. Se superponen unos a otros, cada cual con su voz y su misterio; tientan, no obstante, una melodía cuyo acorde asoma reconocible puesto que aparentemente lleva la clave grabada de antemano en nuestro propio ADN.
 
 
Entonces se cuelan términos. Del amplio orgánico, al casi caprichoso, neuronal. El Psicoanálisis, por  su lado, apela a múltiples figuras de la ficción griega. Pero de seguir este hilo, volveríamos sobre el asunto de la cultura y el entendimiento plural; con la propia pluralidad del término personae

 

 
Toda contemplación requiere tiempo. Apreciar hoy, el abstracto, representa un problema mucho mayor que en el pasado (claro, para quien se interese y, por tanto, genere para sí el problema).
Decía John Berger que el acto de ver, en efecto, es menos espontáneo de lo que se suele suponer, y de que gran parte de él depende del hábito y la convención.
El llamado gran público de cada época y región busca, una vez ante el cuadro, objetos claros, representaciones directas e incluso íconos que le resulten lo más inmediatamente familiares. Exige mayor facilidad cuanto menos sea el tiempo de que dispone para el encuentro, cuanto más dispuesto esté a confirmar sus prejuicios  y a hacer de las obras, producción de su cultura…, cuanto menos tenga que ver su cita con Arte.
Solo a través del cuestionamiento se encuentra uno a sí mismo, curiosamente, sin nada que poder afirmar. Ni solo yaciendo, ni solo haciendo.

 

Toda elección, aun si se pretende con ella el mayor alcance, implica discriminación y, por tanto, renuncia.

La posibilidad de observar desde más de una perspectiva a la vez, quebrando el tiempo, para componer una realidad, en efecto, más realista, aunque menos verosímil, corresponde plenamente a la intención del abstracto.
Aquí, en lo particular, multiplicación de paños de Garnier. Collage. Intervención. Mezcla. Capas sobre capas.

 

 

¿Con obras de arte, es posible hacer algo más que dialogar, es decir, responder con nuevas preguntas; afirmar, a veces temerariamente, con el solo objeto de continuar explorando entre el mayor número de luces posible?
Vamos… Se trata, no obstante, de más que puro afán de formulación.

 

  

 

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