Tranquilidad imperfecta: Sobre la propuesta de Jennifer Balkan

Por: Teffy Bengoa y Juan Pablo Torres Muñiz
 
¿Qué ves?
 
Veo costras.
Acaso estamos hechos de eso. ¿Quién no ha tropezado y caído?
Las paletadas, entonces, representan también capas de piel que se superponen. Nos hacemos mayores, ganamos grosor…, como los árboles, Juan Pablo.
Niñez, juventud, maternidad. Vejez. Vínculos de pareja, y soledad. Aceptación…
Desnudos de cuerpos imperfectos, en la paleta de Jennifer Balkan. No podemos hablar de poses, pero tampoco de una dinámica que los salve de la captura inmisericorde… del aquí y el ahora.
 

 

Hay, sin embargo, una clara complicidad. No un juego entre víctima y victimario. Y así, ya por principio, abajo con varios lugares comunes.
Esto resulta bastante obvio en los gestos…
 
Cuán trajinado eso de la exposición del cuerpo. Pero el cuerpo verdaderamente trajinado no suele mostrarse.
La mujer que oye el “tic tac” –que no puede dejar de oírlo– encarna el fin de la infancia. La noción de tiempo representa en tal caso, es obvio, el fin de la inocencia. No es de extrañar que después –con el consecuente dolor– nos demos ante representaciones desencantadas de la fertilidad y con la amenaza misma de su fin, con la propia menopausia, por ejemplo.
 

 

El cuerpo, dices, como símbolo. Pero, a la vez, como instrumento de las nociones mudas que inspiran a la artista.

Sí, el cuerpo como instrumento rítmico. Hay un pulso. Cada imagen tiene una cadencia, cada rasgo, cada expresión llevan impresa una marca del tiempo vivido de manera particular.
Dicho de modo simple: Cada quien tiene un ritmo. Una música.
 
Con clave, nuevamente, en el tiempo…
Cuerpos inacabados. En proceso. Mutando. Del mismo modo que el espectador ante ellos, a cada instante.

  

Cánones de belleza…

Veamos: La medida ideal: ocho cabezas.
Una diseñadora de modas dibuja empleando, al caso, diez cabezas de medida. Así tiene que ser, me dijeron una vez.
¿Quién pone ante nosotros a una persona normal?
Estos cuadros representan un manifiesto. Pura honestidad.
He aquí.
 
La música es una invención.
Hay ruidos desagradables, y los hay de otro tipo. Reconocemos en estos ritmo, melodía y armonía.
Esta representación pictórica no musical, permite hablar del cuerpo como objeto en cuestión, pero además y sobretodo, cuestionador en sí mismo.
Aquí, es cierto, no hay decoración, mucho menos una mera exposición de modelos que confirman a los demás en su cómodo yacer “defectuoso”.
 

 

El cuerpo desnudo suele ser noticia. La desnudez irrumpe como acto. Que alguien se haya desnudado convoca. Uno quiere saber qué tan estético resulta. Suena la pregunta: ¿cómo está ella o él?, ¿cómo luce? Al margen de lo refinado o vulgar, la transgresión resulta provocadora. La sociedad acude. Antes, incluso, aguarda a que ocurra…
 
Para emitir un juicio. A través de su juicio, se manifiesta, existe. Y existen los individuos a buen resguardo. Cien voces como una sola voz, son en efecto un coro, más o menos desafinado.
 
¿Qué es lo que quiere mostrar Jennifer?
Una serenidad que, de hecho, puede resultar incómoda para el resto. Nos dice: esto lo que hay; es lo que es. Cada personaje nos dice, bien, esto soy yo, y eso allá, del otro lado, eres tú.

 

 

El impacto queda matizado: Si se tratase de fotografías podría parecer incluso una afrenta; bastaría con volverse a mirar para otro lado. Pero esto es distinto: ¿Cómo nos pintamos a nosotros mismos en respuesta?
 
Podría pensarse que en este caso el erotismo queda relegado a los accesorios. No obstante, estos, en la obra, complementan a la perfección la patética exposición de la persona. Lucen, también, de cierta forma, desnudos: artilugios del clown en descanso.

 

  

Personajes. Máscaras.
Personas. Costras.
Pieles. Y eso que no entramos aún al tema de género…



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