Dar cara, sentar cabeza: Sobre la propuesta de Mathew Fappani

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
Sujetos. Figuras. Modelos. La noción de individuo, el asunto de la identidad, puestos en cuestión mediante una composición inteligente mas, sobre todo, por la distorsión a partir de la cual, claramente, se da con violencia la cita, y anacrónicamente suscitase el fenómeno inventivo, al cual asistimos.
Aunque cabría suponer que Mathew Fappani nos insta a definir posición por medio, quizá, de alguno de aquellos términos en particular, la experiencia cobra su verdadera hondura en cuanto reconocemos que una elección a propósito, constituiría apenas un punto de partida y que el tiempo, así, empieza a dilatarse.
  

 

Los supuestos protagonistas se nos presentan quietos, posan de frente ante nosotros; deberían darnos cara, pero esta se disuelve con la cabeza toda en una suerte de mancha, en el lado palpitante de un nuevo órgano, el resultado de un fuerte borrón o incluso un estallido. La pose, en todo caso, consiste en una disposición a esta suerte de fractura con lo esperado, con la cabeza como núcleo.
 
 
Percepciones, recuerdos, memoria, ideas, planes y proyecciones, todo el contenido que quepa imaginar, genera aquí, entre luz y color, manchas como de pegotes, sombras, entre trazos cruzados, dígitos y/u ecos de otras imágenes, a fin de cuentas un nuevo cuerpo.
Tanto por su falta de correspondencia con otros cuerpos reconocibles, como por el modo en que literal y figuradamente surgen aparte de los cuerpos reales, se trata de abstractos.
 
 
Las preguntas se disparan. La personalidad como contenido. Las ideas como determinantes de las identidades…
Sabemos bien que la identidad es determinada por mucho más que solo el cuerpo. Hoy, de hecho, se discute en qué medida se parte del cuerpo y es posible, luego, desprenderse de él. Pero hacia dónde.
 
 
El pensamiento es el espacio inmortal. El cuerpo acaba siendo nuestro último asidero con la vida real, tal cual la conocemos. Y aclaro esto porque en efecto es discutible que una existencia virtual no sea cierta y propiamente, la nueva realidad desde la que habrá que entender la relación y el funcionamiento de ambas dimensiones.
 
 
Volvamos a los cuadros…
Quiénes son ellos.
Más allá, o más bien acá, de este lado del lienzo, ¿en qué medida resulta cómodo que sus rasgos queden velados, difuminados, sin carácter ni gesto? Es al espectador al que corresponde, como el otro, la atribución de una cualidad suficiente, diferenciadora, la que hace del sujeto, precisamente tal.
 
 
¿Se trata de víctimas?
Para referir a este término habría que reconocer, identificar un daño. Pero en este caso, no solo no se configura uno en concreto, sino que, por lo antes expuesto, se nos muestra más bien un tránsito, un proceso que aunque nos confronta, en nada afecta voluntad alguna al interior de la imagen…, claro, siempre y cuando no atribuyamos a las figuras un animus en particular.
Se nos pone a nosotros contra las cuerdas: Que cada quien dé a conocer, quizá por reflejo, agudeza repentina, simple torpeza o impertinencia, qué es lo que prefiere y a qué se atiene e, incluso, se presta mejor en caso se altere en su perspectiva lo cómodo y lo convencional.
 
 
Últimamente, suena desde todo lado cierto rollo, lastimero por momentos, estridente casi siempre, algo como: “No sabemos nada del otro”. “Nadie sabe nada de nosotros y, por tanto, nadie puede juzgarnos ni, mucho menos, hablar por nosotros”. “Me ofende”. Vuelan declaraciones de lo más simples como “no estoy de acuerdo”, pero bajo un vocativo hipertrofiado que, según el caso, anuncia amenazador, refiere como coartada o destaca como advertencia, tras el nombre del remitente, su identidad de género, sexualidad, etnia, procedencia cultural y territorial, títulos obtenidos a nivel académico, comunidades en las que, digamos, ha sido oficialmente reconocido y  preferencias particulares para el trato hacia su persona en los sucesivo.
La condición por sobre la acción. La anulación de toda posibilidad de plantear, si no como relativísima, cualquier intento de objetividad al margen de la propia tecnología.
  
  
Siguiendo esta línea, lo más cómodo no es llevar una vida conforme de veras deseamos, sino convencernos de desear uno o varios de entre los que se nos ofrecen, de manera que garantizamos nuestra condición. Pero, además, atribuir de manera simplificada, cualidades que estimamos, a elección, ideales para los sujetos de quienes deberíamos rodearnos, y así, con el debido filtro, ir conociendo gente, disminuyendo las molestias inevitables en la vida real. Que se filtren automáticamente sugerencias de amistad en una red social no es una opción más entre otras cien dispuestas en el diseño, mucho menos producto de la casualidad en el desarrollo tecnológico en el uso de algoritmos.
Es pura complacencia. El afán de complacencia asiste al miedo. Tienta. Adormece y afecta la memoria.
 
 
El imperio del miedo depende de un lenguaje lo más simple posible, este debe reducir a la categoría de alternativas, aunque variadas, manejables, la configuración de cualquier perfil.
Esta ficción, sumamente peligrosa, condenada, además, al fracaso (que faculta en este caso, la aparición de nuevos sistemas más eficaces), resulta, por supuesto, enormemente tentadora.
Se nos dice que hay que atenerse por completo a la simplificación del sistema para tener posibilidades de ser reconocido legible. A menudo moldean algunos su personalidad para serlo, además, fácilmente.
Se trata de un triunfo en el mercado, y no del mercado, precisamente.

 

   
Decía Severo Sarduy que los dos polos en la Literatura son el deseo y la muerte; luego precisaba: “Cuando escribo, camino, salto, bailo. Un escritor moderno escribe más con su cuerpo que con su cabeza”.
¿Acaso, salvadas las distancias respecto del ejercicio y el oficio del arte, no nos pasamos buena parte de la vida escribiendo para nosotros mismos, una vida? ¿No nos inventamos y tejemos una con el punto de la cultura? Pero, finalmente, ¿qué tanto nos ceñimos a su talla y corte? ¿No es el arte un prisma que, por realista  que se pinte, refiere de vuelta a la vida, aunque por la espalda de esta, invitando a conocerla mejor? ¿No empezamos a conocerla a partir del conocimiento de uno mismo? ¿Cuántas frases motivadoras y refranes entendimos mal?
  
   
Philip Roth profetizó sobre la primacía del escándalo o de cualquier otro evento en tanto determinase, respecto del sujeto, una condición atendible, mas como diferenciadora de uno mismo: reforzando nuestros límites. También se refirió en su momento a que todo mundo buscaría reconocimiento en la condición de víctima.
Pero es que las víctimas son todas individuos, nunca, hermanas…
  
 
¿Tú qué prefieres?
 
 
 
 
 

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