Esa extraña danza en pos: Diálogo con Ginebra Siddal

Con Guillermo Cóbena



Serenidad. Encajes, sombras de la arboleda, un poco más allá. De algún modo, viene bien decir que todo hace juego.
El tono con que dice intentaré. Y luego da paso a eso que también en silencios, se refleja en sus ojos. Sencilla.

El paseo abre su sendero, las sombras decoran. Es un placer.
 
Cada que recorro un museo, o recorro una biblioteca jugando a deslizar mis dedos por los cantos de los libros o escucho la melodía de un piano…, las voces de fantasmas dentro de la cabeza. En ocasiones, discuten, tan fuerte todos a la vez, que tiemblo. Pero al rato se calman y me susurran… dentro de la boca, dentro de mis ojos y hacen eco contra mis costillas.
 
Ginebra Siddal…
 
 

Figuraciones a través de las cuales la realidad referida cobra, por extrañamiento, encanto particular.
Apuestas por cierta armonía. Repentinamente, la necesidad de afectos inconfesada, la forzosa moderación de los deseos y la aceptación de la propia finitud, se ven en conjunto adormecidas; el flash se lleva su repentina manifestación. Se nos presta luego a corroborar que no fue un sueño. O sí, pues se trata de artificio.
 
El Arte en cada una de sus formas me extasía, me crea cierta calidez al interior del estómago y me produce algo cercano al amor. Podría decirse que es algo parecido al Síndrome de Stendhal, o al menos la forma romántica de verlo.
 
En tanto va mas allá, lejos del afán provocador solamente, se nos ofrece como posibilidad para el diálogo.
Resulta natural atribuirle un sentido a la imagen, por ejemplo, pero será a partir de dicha respuesta por nuestra parte que tendrá lugar, de veras, el cuestionamiento.
Es así que rasgos y gestos trascienden el elemental objetivo del retrato, en pos de una esencia. El testimonio torna en una suerte de invocación. No siempre inteligible.
 
Las personas de por sí no me crean emoción, a menos que sean muy cercanas, por eso a menudo las observo… como pinturas vivientes: ver su movimiento, escuchar el timbre de su voz; me pierdo entre sus detalles buscando pinceladas invisibles de luz o sintiendo su color contra mis dientes. Cuando hago esto me descubro a mí misma esperando esa chispa de adoración, que cuando encuentro hace que se apodere de mí una complejidad extraña, no tan intensa como la contemplación cromática de Monet o el simbolismo del Prerrafaelismo –en tales ocasiones tanta belleza parece darme una punzada de dolor –, no, la chispa de las personas es más afable, más dulce, me ayuda a hablar de los secretos a voces que resucitan los fantasmas en mi cabeza.
 
Recordar que el otro ha sido también niño, que también morirá; lo que no es posible de concebir de veras, de imaginar y sentir respecto de las masas. En este caso, la imagen, borrosa, torna en teoría y, claro, sorprende, pero apenas pasa de ello, cuando lo logra, según la perspectiva, no siempre la sensibilidad, para inquietar debido a sus implicaciones; no nos toca.
Esto que vemos plantea, desde luego una distinción.
 
 
Apelas a una suerte de contacto, digamos, personalísimo. Como si fuera posible arrebatar de un golpe, en vuelo, ciertas formas y colores… de las que en realidad no están allí, si no en el horizonte de esos, tus personajes… y llevarlas ante quien contempla desde fuera.
 
Por supuesto, mi fotografía siempre parecerá para el resto mucho más simple que todo esto, siempre he sentido que dejo una pasión más obvia en lo que escribo… Pero los detalles en esas personas, sus ojos, el color…, es lo relevante para mí.
 
Ir más allá de la sola reproducción de fenómenos, de la captura de reflejos. Pretensión de caza por espíritus rebeldes. Obstinación, dirían algunos. En atención de la forma, en cuanto se la modela conforme exige la visión generadora, se trata más bien, propiamente, de rigor.
Afirmar para preguntar, afirmar desde el conocimiento, la técnica…, a veces, incluso, de cierta sabiduría. Siempre, para transmitir esa chispa de inquietud vital…
 
Nunca me ha agradado ver en la imagen solo una herramienta, un objeto con fines específicos que no van más más allá de la recreación. Lo asocio a la teoría del Arte de la tecné, que se resume a la producción artesanal de un objeto pero no a la producción artística, estableciendo la diferenciación entre artesanía o arte.
Sí, me obsesiona conseguir unificar el arte con un mensaje, con una huella de sensaciones y vida. Sin embargo, una imagen con un código confuso llegará mal al emisor, ¿Estamos pues condenados a la realización de una obra siempre accesible, fácil? No. Definitivamente no. ¡De la propia frustración, una úlcera!
 
 
Conocer, saber… La capacidad de referencia determina el nivel de comprensión del signo. Luego, también, de la facilidad con que se lo evoca, su renovada vigencia.
 
Se habla mucho del ego del artista. Pero siempre he pensado que el artista solo busca desesperadamente, al producir su obra, convocar a otras almas afines, que comprendan las sensaciones que ha plasmado. Como una extraña danza de cortejo de un animal de diferentes plumajes que no busca exactamente la vanidad de mostrarse sino la aceptación de un amor platónico por parte de aquellos que sucumben a su danza.
 
El otro como fuente constante de uno mismo. Se trata de comunicar.
El Arte no es un fin en sí mismo. Quien clama cosas como todo por el Arte, en realidad apunta a su propia liberación; en el afán de trascender, avienta su pregunta contra el cristal de las apariencias generales.
Es apenas, como ya fue dicho, una posibilidad, mayor o menor. En efecto, hay grados de acierto… y de desacierto.
 
 
Varía el modo en que se calibra en la apuesta, cada visión.
Decíamos también de la familiaridad de ciertas visiones, el modo en que se atribuyen cualidades particulares a algunas de ellas…
 
¿Existe realmente un ojo femenino o un solo tipo de ojo proclive a la sensibilidad humana? Quiero pensar que la sensibilidad no es algo que se capte por medio de un género u otro, si bien es cierto que desde siglos lo que siempre se ha esperado de la mujer es la sensibilidad mientras que del hombre la fortaleza ¿Significa eso que el ojo femenino no puede captar la fiereza? ¿Puede el ojo femenino crear arte masculino? Este tipo de preguntan en este punto se me antojan irrisorias, como si hubiera pasado a través del espejo y viera el otro lado de mis pensamientos distorsionado.
 
 
Parafraseando la respuesta que dio Bellow a unos periodistas que querían de él una declaración con respecto a su situación como escritor y a la naturaleza de estos como artistas: los peces no saben, no discuten sobre Ictiología.
Se pretende, a menudo, por medio de la postulación de ciertas categorías, facilitar la identificación de la gente, de los demás, con los autores de las obras, como si su trabajo fuera acaso, poco más que un síntoma. Esto, claro, es absurdo.
 
Muchas mujeres siempre me hablan de esto. Unas asumen la supremacía o la ventaja que tenemos para crear imágenes más cargadas de sentimiento, que no sentimentalismo, mientras que por el contrario los hombres suelen ser más directos y abordar ciertos temas como el desnudo de una forma sexualizada. Pero yo no creo en esto, conozco hombres con una sensibilidad hermosa en sus obras, hombres que simplemente comprenden algo que está ahí… ¿evadiendo la cuestión de si se trata de ojos femeninos? No lo sé. Pero me resulta hermosa toda captación emocional en una obra independientemente del género biológico con el cual se haya nacido. Así que yo no hablaría del ojo femenino, sino quizás de un ojo único mágico…, que nos lleva a la creación de lo nuevo…
 
Algo elocuente en sí mismo: Obra.
Lo que decimos respecto de las imágenes es más bien una suerte de traducción al margen, sobre motivaciones y pretensiones, condiciones y referencialidad. La vocación implica integridad.
 
Hay quienes elaboran un discurso interesante para defender sus trabajos…
 
Eso, pensar en defenderlos, armar un rollo de sustento, delata bien a las claras varios problemas.
 
Es la imagen la que debe dejar un mensaje u otro, dejando a las palabras sin lugar dónde colgarlas. De lo contrario, en fin, pienso en un árbol con frutos, pero sin raíces.
 
 
La crítica como práctica saludable. Sostiene cuanto venimos diciendo…
 
La crítica está ahí cada día. Muchas veces la siento más dentro de mí que en el exterior.
De varias fotos que hago con un motivo, me suelo quedar con una única pieza.
 
La vocación se hace patente también como motivo.
 
Viene a mi mente el caracter japonés kanji, que equivale a persona: hito. Ah, yo no sé demasiado japonés, poco menos que nada… Pero la primera vez que vi los trazos, reconocí también la representación de dos partes, dos caminos que acaban uniéndose en un solo punto. Si lo piensas de esa manera cabe decir que las personas somos eso: caminos, uniones. Y puede que en estos caminos se revele nuestra vocación, la que nos lleva hasta un punto en determinado.
 
Cruces. En tantos sentidos… Confluencias.
Y está la influencia…
 
El Prerrafelismo, Kandiski, Sturm und drang, Teoría de la estética japonesa, arte de la Época Victoriana. Poesía del Siglo XIX. Klimt, el Art Noveau. Alkan, Chopin, Davis Terrance, Eikoh Hosoe, el lenguaje de las flores…
 
 
A la cuestión de dónde confluyen y a qué profundidad. Suele ser el caso que no atisbamos en nosotros mismo el fondo.

Muchas veces me pregunto si trato de hablar con la niña que fui o con alguien que ya no está en este mundo. Otras, me imagino a mí misma dejando una especie de mensaje cifrado en una botella para mi yo futura, diciéndole que no me olvide, que no nos olvide ni a mí ni al pasado. Pero probablemente la mayoría de las veces solo trato de sacar de lo hondo secretos sutiles, que lleguen a alguien lo bastante interesado como para descifrarlos…
Pero esto último ha de parecer de alguna manera tan pretencioso…
 
Quien pretende comunicar sus dudas, otorga a los demás, también, la posibilidad de que le atribuyan a su conjunto, un sentido…
  
¿Qué sigue, qué viene ahora? Pues esfuerzo…
 
Que cuanto menos, en vista del rigor, siembra chispa… Acaso, nueva claridad…
 

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