Negro sobre blanco: Sobre el sentido o finalidad de la obra de arte

Por: Ana Negro y Juan Pablo Torres Muñiz
 
En efecto, suele hablarse de quien crea, por un lado, y de quien contempla y entiende, incluso comprende, por el otro…
Ana mira de soslayo una de sus propias obras.
Nuevo sorbo de café…
 
Diré nada o prácticamente nada de mi autoría; se trata solo de la posición particular de quien habla en relación con el tema del sentido o finalidad de la obra de arte…
  
Ecos, voces…

 

 

Siempre me ha incomodado la insistencia de los espectadores en otorgarle un sentido tal o cual a la obra. Así como en general me ha resultado odiosa la solicitud, casi exigencia de ponerle un nombre a cada pieza o en su defecto un “sin nombre”. Un nombre para identificarla (lo cual resultaría razonable) pero sobre todo para sugerir una intención, un argumento que permita  inferir al espectador la anécdota detrás de la obra. Siento que, en realidad, si de una obra se trata, lo que en ella habita es imposible de aprehender, se desliza y no puede ser capturado. Siempre es esquivo.
 
Bien. Lo de creación corresponde apenas a un uso común; en rigor, a lo que se refieren es más bien invención; nadie crea de la nada. En tal sentido, prácticamente todo es reelaboración y, más allá, reescritura (dado que el pensamiento mismo se se debe a un lenguaje, al que se apela, aun para romper con él).
La auténtica entrega, la realización de la vocación no se rige por condición externa alguna. Digamos que responde, de hecho, a la invocación heidegerdiana: consiste en la apropiación de la posibilidad más propia, esto en la realización de la obra.
Entonces, ¿es esta de veras entendible; cabe de veras el entendimiento entre autor y espectador a través de la obra?
El ser humano vive condicionado por el lenguaje. La denominación, procura, en efecto, posesión; el lenguaje pretende la equivalencia al control. Es lógico que haya quien pretenda comprender, pero en el mejor de los casos entenderá, vislumbrará el sentido y no el pleno contenido de uno u otro mensaje. Esto, sin embargo, tampoco se da en el terreno del arte.
La imaginación posibilita una conexión, pero esta en ningún caso es más ficticia que en la contemplación de una obra de arte. En esto radica, de hecho, el enorme valor de la experiencia artística. La obra confronta, provoca, revuelve y desde el escaso espacio de la alusión, tienta a dar con un sentido; y, sin embargo, las obras de veras grandes, generan más bien la sensación de hacerse con uno, abrasarlo y, en tal exceso, dejarlo aturdido de silencio, mejor dispuesto a escucharse a sí mismo, y a entender la luz de la realidad que él mismo refracta.
 
No hay, en mi opinión, un para qué ni un porqué en el proceso de creación. No hay utilidad, no “sirve” para nada. Hay un trabajo reconcentrado y profundo que se desarrolla allí donde casi todo se ha perdido. Creo que la pérdida precede al acto de creación.
El vacío implica cierta presión negativa que apela al despliegue de las formas. Ya lo decía Lao Tse en el Tao Te Ching: “El Tao es un recipiente hueco, difícil de llenar. Lo usas y nunca se llena. Tan profundo e insondable es que parece anterior a todas las cosas”.
Es entonces, en el vacío, cuando la necesidad imperiosa pone en marcha el proceso de creación y el goce del artista se trabaja, se amasa, se trabaja aún más, una y otra vez. Y de esa alquimia incierta y feroz, algo surge que a veces está dotado de la cualidad de verdadero y se registra como producto artístico.
 
Afirmación que acompaña a un valor silente (que constituye negación solo en tanto absorbe la carga de su par). Se alimentan entre sí. Esto refiere, desde luego, al Yin y al Yang. Y su representación coincide, no en vano, con la del principio de comunicación posible por medio del código binario.
El reconocimiento de este equilibrio en una obra, señala su valoración. La elocuencia de la obra dependerá no solo de la claridad, agudeza o contundencia con que refiera a una experiencia vital universal, sino de la medida en que este mismo golpe repliega sus efectos para ceder turno al receptor de atender el misterioso mensaje. Este se le ofrece, acaso, como un don, acaso en una suerte de acto de fe. Pasa del emisor al receptor como cuestión sin resolver.

En varias ocasiones he identificado el proceso de creación con la alquimia por su capacidad de transformación y lo incierto de su resultado.
Tal vez no tan lejano resulte el concepto griego de téchne (que me resulta tan caro), entendido como traer-ahí-delante, hacer salir de lo oculto lo que no se produce por sí mismo y llegar al estado de desocultamiento, en que acontece la verdad. El fin de la téchne, dicen los griegos, no es del orden gnoseológico sino existencial, una disposición del alma para llegar a la verdad.
Y sí, Heidegger va más allá diciendo que téchné es un saber.
 
A menudo hemos hablado precisamente de esta disposición, de ese saber…

 

Se trata de un saber de otro orden que implica la percepción de lo oculto. El cual solo adviene a la existencia en cuanto se asocie este particular “saber” con un “saber hacer” en el dominio técnico que permita darle “cuerpo”, otorgarle existencia física a aquello pre-configurado.
Regresando a Aristóteles encontramos que es en el alma del hombre donde está la apertura para producir aquello que ha de aparecer. Es la forma en el alma, entepsyché, lo que motoriza como fin la producción hacia un aparecer.
En torno a este tema, una mirada especial e interesante es en la que coinciden Deleuze y Guattari: “La obra de arte es un bloque de sensaciones, es decir un compuesto de perceptos y de afectos”, dicen. Plantean que “los perceptos ya no son percepciones y los afectos ya no son sentimientos. Los perceptos y afectos  son “seres” que valen por sí mismos”. “La obra de arte es un ser de sensación, y nada más: existe en sí”.
Agregan que el artista crea bloques de perceptos y de afectos, pero “la única ley de la creación consiste en que el compuesto se sostenga en pie por sí mismo” y plantean que “ los afectos son devenires no humanos del hombre y los perceptos son los paisajes no humanos de la naturaleza”.
Cuando abordan el tema de la finalidad del arte dicen “consiste en arrancar el percepto de las percepciones de objeto y de los estados de un sujeto percibiente, en arrancar el afecto de las afecciones como paso de un estado a otro”. “El afecto no es el paso de un estado vivido a otro, sino el devenir no humano del hombre.” Así, se preguntan en un momento: “¿Qué terror obsesiona la mente de Van Gogh, prisionera de un devenir girasol?”(1).

 

Una vez más, la elocuencia de la obra. Sobra un concepto sin cuya lectura, como se pretende a menudo, el entendimiento de la obra sea “inalcanzable”. Si la obra por sí sola, como texto legible, pero misterioso, no refiere a otro texto con clara intención o en evidente coincidencia, aun por medio de sutiles guiños, cuando no por citas, por ejemplo, nos vemos ante un error materializado, un aborto expuesto o, peor todavía, y más común, un fraude.
La firma reconocible del artista resulta apreciable como marca de su condición, invencible, ante todo, para sí mismo…

¿Cómo se conjuga ese saber en cada hacedor con su pathos, con la necesidad de otorgarle a ese saber incierto un cuerpo particular? Cómo surge y se organiza a partir de ello ese bloque de perceptos y afectos que exista per se, que se sostenga en sí mismo y constituya un objeto de arte? He aquí cuestiones inquietantes para las que es difícil hallar respuesta.
  
Mas aún si partimos del hecho de que quien se entrega en obra no pretende dar una respuesta, sino solamente, encontrarse en la cuestión que por sí sola y a través de uno, se formula.

Palabras sueltas finalmente:
Un saber que no sabe, líneas de tensión, silencio interno a fin de capturarlas, ninguna certeza, salvo la del intento iterativo de ser a través de la obra, fidelidad al propio deseo, sin concesiones, caminar sobre las agua, sin rumbo pre-determinado, sin anécdota más allá de la del propio cuerpo que se porta irremediablemente, imposibilidad de no-hacer, necesidad imperiosa, exigente de hacer, crear imágenes que podrán sobrevivir o naufragar en la noche de los tiempos.
Crear imágenes hasta el final del día y más allá. Por sobre todas las cosas: no traicionarse, nunca, so pena de ergastolo. Sin perdón posible.
 
Es decir, afirmar y no negarse, pues esto último equivale a condicionar el propio proceder ante un interés que coarta. Ceder al miedo. Complacer impostando una verdad a medida, dejar de cuestionar, no cuestionar, no aprender, no vivir, montando una quietud acogedora…
Miseria.





(1) Todas las citas, de ¿Qué es la filosofía?. Gilles Deleuze, Felix Guattari. Les éditions de Minuit . 1991.
 

4 comentarios

  1. Esto es de verdad impresionante. Pensé que no había espacios así en internet, no sin pagar.

  2. Interesante. Se trata de un auténtico choque y sin embargo hay algo en ambas perspectivas que las hermana, en cierta forma.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *