Claroscuros: Diálogo con René Stuardo

Con Guillermo Cóbena


Paisajes que se abren, paisajes que se cierran…

Seguir a René implica reconocer, entre otras cosas, que a menudo solo es posible ver, reconocer viva una imagen, en lucha contra la luz, proyectando con las luces propias, también, las sombras de nuestro entendimiento. Revelamos así los propios límites.
Si la realidad se compone de algún modo es gracias a los contornos; a estos se deben las formas. La marca de nuestros contenidos es la sombra. Como de la memoria, no las voces, sino los ecos…

Ecos; no los he escuchado hasta ahora.

Yo trabajo de esta forma: visualizo imágenes. Con frecuencia salgo también y busco casas antiguas desocupadas. O simplemente, por intuición, al viajar –lo he hecho bastante por el sur y el norte–,  me llama la atención la arquitectura antigua de ciertas casas. Y cosas que a nadie más interesan.

 


El silencio de un lugar me atrae. Da miedo. Se siente cada cosa… Y esto tiene algo que me gusta.

El vértice de una ventana, forma; o el color…

 

 

Viajar. Pero en lugar de verse uno mismo lejos del escenario habitual, de reconocerse en movimiento y de granjearse imágenes de nuevos paisajes o renovar las de otros conocidos, verter plena la atención al camino, hasta que otra realidad se revela como descarga entre uno mismo y el entorno, y nos hiere, como un rayo…

 

  

El asombro llega siempre por detrás de la sorpresa, como una traición. Sombra entre la luz: límite, fin. Un haz en la penumbra: deslumbrante, cegador. El asombro paraliza; suspende el tiempo. Y enfrenta lo que es versus uno mismo: repentinamente puesto ante nosotros, como un negativo: puro fondo y contornos doloridos.
 
La fotografía a mí me ha ayudado siempre. Empecé muy joven. Mi abuelo era fotógrafo, y sigue así también una larga relación de familia con las cámaras.
Durante un tiempo me aparté del asunto, pero luego vino de vuelta el tiempo, las ganas; como una terapia.
Si lo hago bien o mal es otro asunto. Se trata de una convicción personal: para trabajar en esto me queda poco tiempo, pero lo hago, cada que puedo.
No me interesan las exposiciones…

Aunque veamos cumplido, quizá, un itinerario, lo que cuenta realmente es la derrota del afán por confirmar viejas verdades.
 

 

Siempre he pensado que lo que veo es una sintetización –sí, creo que esta es la palabra– de una abstracción… que a mi subconsciente le agrada.
Pero surgen las preguntas… Creo que debo reconocer que hago cosas que solo yo entiendo y que apenas y las comparto. Reconozco que creo también más, que puedo componer bien con otros elementos; no me cuesta. Veo y sé cuándo un trabajo es bueno. En pinturas, también en la música, por ejemplo…
 

 

La clave yace en el carácter de la afirmación. Esta entrega, partiendo de la propia disposición al ejercicio, implica una solución ética. Con razón se habla de honestidad, de franqueza. Además, en la medida en que uno se da a través, e incluso a pesar de lo que tiene o podría tener, sin menosprecio alguno, refiere incluso a generosidad.

 


Me di cuenta que solo debo trabajar para hacer fotos.

Lo que sea, pues que sea. No espero nada; no me interesa. Lo que hago, tanto pinturas como fotografía, no se debe a causa alguna… Es sentirme bien…

Motivos. Razones. Causas. Difieren…

En este caso, ofrecer la propia visión. Plantear por pura afirmación, una posibilidad de discusión, al margen de uno mismo. Sin imposiciones.
Con frecuencia se ignora haber provocado en torno a la obra un encuentro.

 


Si la obra fuera fácilmente aprehensible, si no se mantuviera, aunque fuera solo en parte, al margen de toda posibilidad de explicación, de dominio; si su sentido no escapara del poder del mismo inventor, entonces no estaríamos propiamente ante una obra, sino ante un adorno: algo hecho hecho nada más para reafirmar al poseedor respecto de su gusto, un reflejo más, que señala puntualmente a un estatus, sin tomar en cuenta a ningún proceder, ningún obrar.

 

  

La complacencia es siempre una trampa.

 
Fíjate en tanto cura y religioso que se lo pasa haciendo preguntas, pero creyendo tener para todas las respuestas… Creen.
Yo no soy religioso. Me cuestiono mucho, pero no… no tengo respuestas.
No sé porqué tengo esta necesidad de pintar y salir por ahí a tomar fotos…, siempre solo, rara vez acompañado.
En general, no me gusta el grupo: diez giles, todos a lo mismo…; me parece una estupidez.

 

 

El hombre dejó de creer en un dios para empezar a creer en la historia. Siglo XVII. Quiere hechos, razones, causas… (para luego perderlas todas). Y vuelta al Padre. Rara vez se atreve a echarle la culpa a este, divino, de sus desgracias: cuando conserva una última cuota de vergüenza evita escupir al cielo de esta manera, arruinando su ficción. Evitando el propio esputo, atravesado el espectro de la culpa, vislumbra la responsabilidad.
A fin de cuentas estamos nosotros. Presentes. Solos… y no.

 
Una vez hace ya tres años, fui a caminar con la idea de comprar unas flores: rosas blancas y otras cuyo nombre se me olvida. Por entonces no conocía a otro fotógrafo, un tal Roberto. Bueno, hice mis fotos con las flores, y resulta que ese tipo ya lo había hecho. Me enteré porque alguien más me lo dijo al poco; y me comentó también: Creo que tus fotos son iguales o más lindas que las de este famoso… Yo igual pensé, diablos, por mi parte ni puta  idea. Y no, sin saber, además, de arte y lo demás, quién sabe porqué, las hice.

 

 

No hay mayor señal de respeto para con el otro que confiar en él y verter en su atención cuanto por nuestra parte sabemos; así damos por supuesto, sabrá encajar lo que antes le era oculto, sabrá llevar consigo y manejar el peso de nuestra versión de la realidad. Incluidas las coincidencias.
Nada de culpas.



 

 

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