Delirio, y la marea negra: Sobre el videoclip de XXVI Crimes of love, de Huoratron

Por: Juan Pablo Torres Muñiz


Enormidad.

Vértigo.
Contemplar la mole, inmensos volúmenes desplazándose, suele purgarnos de absurdas pretensiones. Trae consigo paz. O traumatiza. Desde luego, se trata de la confirmación de una certeza simple, dura: la propia finitud. Hay a quienes esta misma visión lleva al pánico, en la negación histérica de la derrota.
Como fuere, al cabo del fenómeno, nos vemos de vuelta en el propio cuerpo, a reconocernos en definición cambiante, misteriosa y, merced de una cuota mínima de sensatez, lejos de instituciones cuyo nombre se destaca con mayúsculas.
El afán de comprensión provoca como salida fácil, tentar símiles: desde la antropomorfización al delirio de paisajes celestiales. De manera que hay quienes confunden energía con voluntad y, en el colmo, causa con razón. Atribuyen todo a una fuerza coherente y, en extremo de soberbia, comprensible.
Huoratron apuesta por el impacto como una forma de… revolvernos en la cuestión.

  

 
El cuerpo como mundo, los sentidos como condicionantes básicos de la percepción, la intuición trenzada en clave ininteligible con el instinto; el deseo en relación –tambaleante– con la justificación de la fertilidad; y la enfermedad, con el exceso, la desproporción. Finalmente, además, la marea negra.
Es complejo. Complejo y fuerte.
La provocación inicial, no obstante, se muestra más o menos obvia. Como ya fue dicho, contra el afán por empatar dimensiones: las auténticas eras con las llamadas etapas de la vida, la brevedad de la vida uno. En última instancia, el impacto alcanza la confusión entre amor  (como cuidado de la libertad, aceptación sin imposiciones: entrega) y el afán de posesión (en que el afecto deriva como expresión egoísta del deseo: reflejo, y lucha por retener el objeto anhelado para hacer del propio querer, permanente: durar uno mismo en su emoción: pasión).
 
 
Pese a la amplitud del campo en apuesta, los elementos de “la partida” son pocos. Signos de trazo fuerte. De manera que la trama entre ellos, el tejido –al que se alude también con la cuerda que sujeta el cuerpo–, es lo que cuenta en realidad: permite la atribución de un sentido, de un significado a cada imagen, hace de todos y cada uno de estos, componentes.
Lenguaje… Lenguaje refiriendo a la prisión que constituye el sistema lingüístico en sí mismo.
Conocer. Controlar. Nombrar.
¿Cómo surge de veras la sensación? ¿Cómo se configura la afirmación conque se nos enfrenta y cómo llega, finalmente, a cuestionarnos?

 

Partamos, aunque parezca quizá algo demasiado remoto, por una pregunta de teoría del conocimiento: ¿Limita el lenguaje, nuestro mundo?
No. El mundo es lenguaje. El paso de la sola percepción a un supuesto entendimiento de la información recogida, implica el planteamiento de una relación, la conexión entre los datos y una suerte de reflejo que los representa en conjunto, integrados, operativos: una abstracción que concentra sus propiedades y define al objeto o al fenómeno de observación, convirtiéndolo en objeto de conocimiento (dicho de otro modo, lo reconoce como parte de un conjunto y lo diferencia del resto de entes similares, por sus cualidades particulares).
Este tránsito de un punto a otro (de la percepción a la configuración abstracta del ente –con la que, por cierto, perdemos su esencia, desaparece ante nosotros– refiere también, de inmediato, como formación misma del pensamiento, a la primera noción de tiempo. Implicación básica del desplazamiento. En efecto, la expresión de una idea (manifestación de su existencia como tal), no es si no una composición del lenguaje, desarrollada lógicamente en una trama, una o varias líneas, rectas o sinuosas, cruzándose. Sus componentes mínimos refieren a su vez a la lógica binaria.
 
 
De manera que aquí no vemos solo pares: ni mar, ni una playa solamente. Ni una boca como apertura en el tejido vivo continuo (esa especie de envoltura); ni, luego, la textura frágil de los órganos (como una profundización en el asunto de la materia atrozmente literal, que en lugar de explicar, se torna, por efecto de la nueva confusión de escalas, con el poderoso zoom, ininteligible). No, no vemos solo eso, ni agua y más agua que invade el espacio, golpeando rocas y brotando de uno mismo como fuente; ahogando –conectando, por cierto, las dos primeras escalas básicas expuestas en juego–. No, ni eso ni solo cuerdas.
La red es más compleja, e involucra mucho más que solo imagen. A fin de cuentas se trata de un videoclip…
La sucesión de imágenes despedaza una y otra vez la simple previsibilidad de una métrica regular. Es un gran acierto de coreografía: La métrica del tema, machacante, no encuentra correspondencia directa, de cuenta fácil, en los cambios de las tomas. Con ellas, además, se explota, por medio del desplazamiento circular, la confusión de la lógica lineal. El conteo se pierde, y a menudo los cambios se producen después de lo esperado, como tras una… sobrecarga del efecto vertiginoso.
 
 
El título señala crímenes…

Es de notar: el cambio que por industriosidad somos capaces de producir en nuestro mundo se debe al cálculo, puro empeño de previsión. Adquirida la habilidad de anticiparnos, hechas las fórmulas, resulta más fácil todavía caer en el engaño: creer que la marca del reloj es de veras el tiempo y la fracción medida del ciclo, nuestro ritmo natural, semejante al de las olas, al del desplazamiento de las placas tectónicas, a la órbita de un asteroide. Delirio.

Ese afán de adelantarse, no para sobrevivir (superada para esto, la necesidad básica, con lo que surge, de paso, la posibilidad del aburrimiento), por dominar, por poder acabar con lo que de otro modo, sabemos, podría acabarnos no solo a nosotros mismos, si no a la memoria que queremos, nos sobreviva, da pie, primero a la imitación, la reproducción.
Aquí, por ejemplo, en vez de un bramido, una nota honda o un acorde pausado (al que cómodamente aludiría la imagen del mar), se nos ofrecen, en principio, rechinares, crujidos y golpes de piezas duras; estridencias: evidencias de la mecánica, del impetuoso remedo artificial.
 
 
Bajo la dirección de Perttu Saksa, y con la colaboración de Aku Raski en la concepción, se pretende elevar el conjunto audiovisual a pesadilla luminosa. A través del compás, del ritmo y melodía que recuerda, y mucho, a lo de Gessafelstein*, se nos arrastra pronto al horror que aquel supuesto orden de sonidos, así como la coreografía, generan: alta definición al servicio de tomas de apariencia sencilla. Más bien, sofisticada brutalidad.
Rota una toma y rompe con la secuencia. Contundente. Palpitan los tejidos, paredes de un laberinto vivo, reflejando de lejos la apariencia de cargadas nebulosas.
Todo queda impregnado de extrañeza. Las más remotas alusiones, brillan cargadas de sentido…
Como bien sabemos ahora, es probable que el agua haya llegado a la Tierra de afuera, incluso desde otro sistema solar. Como un don…

 
Somos agua. Somos sangre. Si se desborda, la muerte.
Bebemos agua. Leche. La marea negra, por otro lado, la pez, es también la trampa del pantano, alquitrán que oculta huesos. Y la noche. Como la saliva de la muerte encarnada.
… Un verso remoto asoma con elocuencia pasmosa:

 
Negra leche del alba la bebemos al atardecer
la bebemos al mediodía y en la mañana la bebemos de noche
bebemos y bebemos…
 
Inundación… bloqueo de las vías, colapsan los órganos, lo vivo que sí gesta…
Nada de esto altera los estallidos contra las rocas, los lapsos así marcados; nada. Ni siquiera nuestra sangre.
Tremendo.
 
 
* Refiere a entrada anterior: De brillante relojería – y terror: Sobre el videoclip de Pursuit, de Gesaffelstein
** Fuga de muerte, de Paul Celan. Traducción de Jesús Munárriz, para Hiperión

 

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