Distorsiones variables: Asomo al legado de Ricardo Piglia

Por Victoria Viola y Guillermo Cóbena


Llueve, arrecia, pero escampa a la noche, sin dar paso a ningún tono cálido.

Verano del sur determinado por la cordillera…

 
Este señor que nos enseñó a todos…
Ricardo se no fue luego de una larga enfermedad…
Tanta tristeza, porque hacía apenas unos días el enorme Andrés Rivera, también había fallecido.
 
(Victoria conoció a Piglia en aulas. Victoria Viola. Completaba entonces  su formación como artista plástica.
Contemplo ahora sus capturas. Espejos irregulares. Como referir a la realidad cambiante tentando sostener, al vaivén del viento, una suerte de reflejo momentáneo. Doble paradoja.)
 
 
Tuvo eco, aparte su ficción, mediante sus ensayos; le ayudó el ciclo sobre Borges en televisión. Interesante. Aunque más bien parece una audiencia judicial de defensa, una justificación. El asunto es de quién. Tratándose de Borges como causa, no lo requería; si el asunto era versar sobre la palabra por la palabra, como herencia de él y como veta propia, entonces la partida estaba perdida a priori
Hay, de todos modos, detrás de ambos, el narrador y el comentarista y ensayista, una voz más.
 
Recuerdo la década del noventa, cuando compré La ciudad ausente. Me produjo tal angustia que tuve que abandonar el texto, para retomarlo más adelante con un nuevo coraje.
Con el tiempo supe de dónde venía esa angustia; habíamos vivido una de las más terribles dictaduras y la palabra ausencia me recordaba a los cuerpos desaparecidos. Es un texto asfixiante, difícil, que alude a lecturas previas, de Macedonio Fernández, Borges y Arlt, de una trama de conexiones ficcionales que sólo Piglia podía realizar.
Ese fue mi primer contacto. Luego vino Respiración ArtificialBlanco NocturnoPlata Quemada, su Antología Personal y el ensayo Las tres vanguardias.
  

 

Ausencias, decías. Me parece que Piglia se ha servido más de dicho término para aludir sutilmente a ciertos mecanismos de su propia ficción, o mejor dicho del tipo de ficción que, junto con otros como Vila Matas, practicó. Esto confunde argumento provocador, que alcanza para cuestionar, con pastiche de guiños, rizando el rizo. Eso que llaman también arte conceptual. Sergio Pitol es menos seguido que Piglia, sirve menos para justificarse; habría que acercarse un poco al saber del mejicano… ¡a ver!
Es que de una parte se encuentra el dominio de la transtextualidad, la referencia permanente, sostenida, a través de una firme conducción (en procura solo de que no vayamos a extraviarnos demasiado lejos de los conceptos en cuestión), abriendo el espectro de posibilidades en claro desafío del lector, a ver hasta dónde llega, más: adónde lleva él mismo el texto. De otra parte está lo de exponer datos curiosos, apreciaciones perspicaces, incluso caprichosas, para jugar al acertijo. Así es más fácil la simple identificación, bajo la ilusión de que se toma al público, más aún a los supuestos fieles, seguidores a menudo fetichistas, por más agudos de lo que son; selectos. En este último caso, argumento y disposición se prestan al fácil acomodo de la ambigüedad; mucho tal vez, acaso y quizá; complacencia para un lector con ansias de guiños “implicantes”. La robustez de una prosa en este ámbito es imposible; se trata más bien de dorado…, como el aire que garantiza el volumen del chifón.
Y, sin embargo, sí, hay algo más…

 

No se puede desconocer las inscripciones de aquello que leemos. Es algo que reforzó en sus encuentros en la Facultad.
Piglia nos confronta con una literatura que, cuando se construye bajo al forma de novela es también ensayo: toda su literatura, anudada a la historia nacional, que es parte de su universo narrativo. Nos hace comprender que la matriz de la patria (otro gran relato) es lo que empuja la escritura.
 
Anudar a una historia nacional acarrearía un sesgo mayor. Lo propio como materia capital se presta mejor; en tal sentido, sí que atinó Piglia.
La suerte dictatorial, por otro lado, nos es común. Nuestro continente es pródigo en ejemplos, adolece de ellos…
 
 
Fue un profesor extraordinario, ha insistido hasta dejar bien claro la conformación de la red literaria con sus propias dispersiones y sus tensiones narrativas y políticas. Sus enseñanzas eran claras y apasionadas y en los encuentros siempre había gente joven, eso confirma que se podía pensar con él.
 
Ciertamente, cuestiona, invita en cierta medida a la exploración propia (medio para el aprendizaje), apartándose de la pedagogía como pedantería de la cátedra. En efecto, lo suyo era por momentos, comunicación sobre expresión, no exposición como mera expresión.
Sin embargo, la elección de una suerte de territorio intelectual propio entraña en su caso un problema hondo; ciertamente surge de ahí bastante de lo bueno, pero también, la fuerza de sus amarras. Se ligó al concepto de lo conceptual…
 
Era un entendido en Borges. Nos enseñó las maneras de construcción de sus ficciones que son como cristales, de sus juegos de espejos, de lo descentrado, la multiplicación y de la invasión de la ficción sobre lo real. Piglia, como un artesano, desmonta las piezas y nos hace ver su interior, para que luego tratemos de abarcar el relato, que se nos escapa por ser semejante al infinito. ¿Acaso hay algo más parecido al infinito que las construcciones de Borges? Tal vez la red del ciber-espacio, pero sin el encanto de ser descubierta en un escalón de una casa señorial en Buenos Aires.
 

 

Borges fundó una abstracción. Abrió una ventana, para él solo. Pintó ilusiones con un español delicioso. Y ahí mismo, digamos, agotó su propuesta. En tal sentido fue también de una honestidad elogiable. Sabía que jugaba.
Su obra cuestiona como un conjunto de representaciones alternativas, estéticamente formidable, de problemas planteados previamente desde otras disciplinas. Se adelantó en Literatura, sí, aprovechando bien a Schwob y a Rousell.
Varios de sus relatos sirven bien como ejemplos en una cátedra de filosofía, maravillosas representaciones de hipótesis, antes al margen de… la ficción narrativa.
Su reino, en la biblioteca.
Hay propuestas muy distintas. Decías de Internet. Bien, Elias Canetti, en 1936, sí que se adelantó a la incomunicación en un mundo “interconectado”. Auto de fe es ciertamente atemporal, consistente como un medallón grabado en un mineral precioso, arrojado desde el pasado; válido hoy, valioso. Y pesa.
Piglia pretendió explicar la falta de impacto de los que siguieron a Borges, su incapacidad para tocar de veras la realidad más allá del retrato y el guiño, no obstante, manejaran cierta gracia en el hechizo del paisaje. En tal sentido, me parece, le ha hecho un buen favor  a los partidarios de Sábato en esa discusión sobre el cinismo esteticista y la sofisticación intrascendente.
 
Hay un capítulo dedicado a Saer en Las tres vanguardias. Personalmente admiro la escritura de Juan José Saer y siempre vuelvo a él…
 
Saer es un grande…
 
Pero me sucedió algo muy curioso, porque Piglia, al deconstruir sus relatos “señaló” mi lectura a medio camino. Llegué a sospechar que hacía referencia a otros libros y no a los que tengo en mi biblioteca, pero no, eran los mismos, pero el texto que yo había leído era otro. Así de lúcido era Piglia.
 
Habría que ver adónde dirigía sus luces.
Decía cosas curiosas. Pero siempre hacia la posibilidad de abstraer de la realidad, la ficción. Alegoría, concepto, más concepto…
Recuerdo que señalaba a James Purdy (autor cuya obra, por cierto, admiro) entre los cuatro escritores contemporáneos más importantes del mundo, a su entender, junto con Beckett, Grass y Cortázar.
Bueno… Hay arbitrariedades simpáticas. Y hay provocaciones fallidas. En este caso no cuesta nada reconocer su animus. Ah, descubridor… Nos pone contra las cuerdas: O lee misteriosamente, obviando incluso los juicios de un muy exigente Beckett, así como las preferencias de los mismos autores que señala, rendidos ante ciertos colegas, o no leyó tanto como decía.
¿Señalaba una línea que le permitía apartarse de la realidad, para afincar en la ficción, una vez más obviando el carácter penetrante de los autores referidos, salvo su compatriota?
 
 
Piglia es Emilio Renzi –su segundo nombre y el apellido de su madre–, como es también, de alguna manera, Croce, el inspector policial de pueblo, empobrecido, cansado, que vive en un rancho prestado…, cuya agudeza le permite dilucidar y comprender las tramas apretadas de las historias policiales.
Ricardo Piglia / Emilio Renzi, al igual que su inspector, entendió el íntimo complot y los sutiles engarces de la literatura argentina a la cual pertenece…
 
Y que contribuyó a alimentar…
 
 
Hay espejos llanos, y quien busca reflejos se revela cobarde, siempre; habla de sí mismo y de la realidad como si volviera de ellas, carentes de novedad para él. Es la cuna del arte por el arte, como si cada cual fuera fuente y referencia…, incluso a través de las citas… Banalidad.
Por otro lado, lejos de aquel divertimento, tenemos los prismas complejos de cuerpos de variadas densidades, que requieren mucho oficio. Refracción. Y quien advierte en la distorsión inconsciente y consciente a través del otro, como en la de uno mismo, la posibilidad de aprender; quien al afán de dar con “lo que no es posible decir”, entrega cada afirmación suya como invitación al cuestionamiento, y así hace obra. Ofrece en la comunicación, experiencia.

 

  

Llueve aún. Agua que varía el efecto a la luz, del complejo vivo; el cielo y los árboles…
Si pudiera resumirse todo esto a fórmula…
Piglia provocaba.



 

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