Alcance y magnitud: Sobre las pretensiones de Christopher Nolan, a partir de Dunkerque

Por: Ernesto Carlín y Juan Pablo Torres Muñiz
 
Un thriller de suspenso épico. Suena rimbombante, pero así lo llama el mismo Christopher Nolan –rimbombante. Dunkerque cuenta con momentos notables; luce un lenguaje cuajado, revelador cuando el excesivo recorte queda de lado y una secuencia supera la dimensión de estampa espectacular, libre al fin de la habitual tendencia del director por el sesgo desconfiado: la nota pedagógica y condescendiente conque, fuera de tiempo, suele darse a surcir la sobrecarga de cabos sueltos.
Esta película se presta bien a un balance de méritos acumulados, así como de posibilidades abiertas más o menos intencionalmente por Nolan y Cia., para próximas tentativas de ambición semejante. Porque vuelve siempre, apresurándose, a temas de peso: las diferencias entre verdad, realidad, experiencia y –ahora– historia. Incluso, algo más.

  

     
Ernesto, que sabe mucho más, asiente paciente, y apunta…
 
Es impresionante. Y se atreve a mucho. Corre diferentes riesgos. También a lo temático.
a muerte, por ejemplo, como una presencia. O más bien como una ausencia… En la parte del aviador parece más lejana. Es una constante manifiesta, aunque en  un plano diferente. Siempre.

 
Detrás, acaso delante; en cada parte del tríptico –pues la historia se desarrolla desde tres perspectivas; a cada una, un escenario de batalla distinto: aire, tierra y mar; y tres tiempos diferentes, además, se supone, de sendos personajes, pero sobre esto último, me permito la duda…, luego me explico.

 

Me llamó mucho la atención el juego de engranajes, muy exacto. No sobra ni falta nada. En otras manos esto habría lucido frío. Y aunque en este caso es fácil reconocer que se trata de un juego basado en la estética, emociona: funciona. Lleva a olvidar que existe un truco detrás.
Me recuerda los buenos momentos de Saving Private Ryan
 
Morder de veras, como se dice; he ahí…
Sería mezquino negar que, por momentos, Dunkerque logra lo que no muchos filmes: tenernos ahí. Explosiones y ráfagas y el propio viento y el barro y la espuma de las olas bajas, con su eco; el sudor; el miedo; cerca, mucho, tentando a algunos a decir, incluso, demasiado. Y, sin embargo, asoma el problema de tratar asuntos humanos –entiéndase, dolorosos– a través… de un microscopio…, digamos, en plan de entomólogo. El riesgo yace en reducir experiencias complejas a maquetas que, por espectaculares que luzcan, refieran no más que a fenómenos de interés; materia de teoría.

 

 

Algo de eso pasa en Inception… En ese film los sueños son demasiado racionales. Sí, todo cuadra, y entonces, por momentos, parece más importante lucir la arquitectura del planteamiento, el ingenio de la formulación…
 
Más que la sustancia intangible, el factor imponderable de que, al menos en apariencia, trata la película –y esto porque, claro, ya se coló el asunto de si no se trata, en realidad, de la propia arquitectura de la realización…, de relojería.

Ah, pero pudo quedar en un juego de pirotecnia vacío, y no ocurrió, felizmente. Estaban los personajes.
En el caso de Dunkerque, la sustancia viene del drama de cada uno, con cada individuo. Y uno de los pocos momentos forzados, me parece, se da con el rollo de Churchill, al final. Como una cita tendenciosa, abiertamente dirigida al público inglés; por ello, menos universal.
El problema es que el principal personaje, en el fondo, es un pueblo.
 
O más bien una forma de entender la civilización occidental, una forma curiosamente cartesiana.
Un pueblo real es más complejo, más rico, humano, problemático; por esto mismo es posible verlo refractado en la conducta de su gente, a través de personalidades, también complejas. Los personajes, precisamente por ello, deben ser más que modelos o encarnaciones simples. Más que puro instinto y miedo y obediencia…
Aquí lo que tenemos no es un pueblo, es…
 
Un discurso a propósito de la heroicidad…
Y acaso lo difícil sea enfocar la heroicidad en el pueblo entero.
Lo cierto es que Nolan quiso mostrar su truco; no supo guardárselo. Quiso cerrar la alegoría, identificando al pueblo, subrayando su nombre, el de la gran nación, declarando él mismo de cuál se trata: a nombre de quiénes habla.
  
La línea entre la pedagogía y la pedantería es estrecha, sino más bien inexistente.
El propio afán pedagógico implica una diferenciación de estatus; quien viene a enseñar, ya se luce, en camino, condescendiente. Nada que ver con quien acompaña en el proceso de aprendizaje, aprendiendo también con uno.
En fin, he aquí, la Cátedra Nolan, ambiciosa.
 

  

Sus personajes…, qué tanta carne tienen adentro. No sabemos nada de nadie. Son situaciones que suceden una tras otra…
Resulta curioso que a través de los gestos de esos hombres reconozcamos algo más allá, algo más universal. Cada uno representa más bien  un conjunto de ideas, cosas más generales. Sin embargo, funciona; alcanza a tocarnos por medio de la técnica.
Tenemos, por ejemplo, los ojos del aviador…

 

  

Y en la guerra uno acaso es una abstracción. Uno se convierte en una idea. Es una acción.

Los personajes tienen que pasar por un montón de vicisitudes. Vuelvo al ejemplo del aviador; en este, lo sentimos a él, lo que él siente, a través de sus ojos.
Y he aquí, la representación: un solo hombre como todos los hombres. Y viceversa: cuando vemos grupos de soldados en pantalla, pesa la gesta grupal…
 
Como una sola voluntad. Y con esto, vuelta a la idea de nación. A la masa. Por tanto, también, a la distancia que permite apreciar su comportamiento; porque la masa no muestra propiamente una conducta. Dicho de otro modo, vamos al modo en que se desarrolla el fenómeno, su lógica –como si la vida obedeciera a una, como si el trazo entre acto y consecuencia fuera, más que una abstracción, un asomo de descubrimiento, la encarnación misma de su alma, ahora del todo previsible, sujeta a una ley (divina)–. Vamos a su lógica, sin el asombro que  traiciona el lenguaje y acompaña en nosotros el desarrollo mismo de los hechos.

 

 

Esa voluntad. Una y otra vez. Elevándose. No en vuelo, sino como un cuerpo que se inflama y va perdiendo gradualmente densidad. Como la autoridad que se esfuma con el eco de los gritos, puro despropósito.
Afán de control.
Despropósito de la vocación cronometrista de Nolan…

 

El tiempo condiciona todo en Nolan. O es Nolan, mejor dicho, quien opera el tiempo en todo momento. Siempre con lo de la sincronía.
En el caso de Dunkerque, el tiempo es, por sí mismo, casi un personaje. Se impone.
Sabes que va a pasar… Los personajes padecen lo que tienen que padecer. He aquí su destino…
 
En manos del narrador. Que hace suya la historia, por medio de la técnica.
Sofisticación.

 

Una serie de recursos muy bien empleados.
El silencio, por ejemplo, la falta de diálogos, que genera tanta tensión. Gracias a ello, vemos cómo leen su realidad los personajes, ahí, entre el estruendo, o ante los ruidos del avión que se avería… Y así se nos ayuda a leer a nosotros, a través de ellos. Se nos hace testigos, pero vivimos también, con los mismos personajes, el temor a la caída en picada, la esperanza del rescate, la fe en la salvación.
  

 

Las impresiones fuertes son el fuerte de Nolan. En esta película abundan.
Se puede ser brutal en más y con más de un golpe. Cuenta el impacto, y es asunto de volumen, de ritmo y agresividad respecto al trato de la proporción. En ello va bien. El pulso le falla, aunque menos que otras veces, en el trazo fino, en la sutileza que no pinta como tal, sino como marca de brocha.
Trenzar una cuerda de hilo brillante, lograr conexiones lógicas, conectar determinados instantes –para luego asegurar, se entienden por medio de guiños, muchos guiños–, como él hace, es bien distinto de tejer fino, componer y orquestar un sistema elocuente –y abierto, por cierto, a partir del asombro inicial, a diversas reacciones, dando pie al diálogo.
 
Aquí veo el rollo es menos intelectual, más bien emotivo… Aquí, el tiempo no es relativo, es sincrónico. Es el destino.
Aquí no hay posibilidades, veremos como se escribe la historia. Y la escribe Nolan con una narrativa más precisa que en otros de sus filmes. Muy bien dosificado, todo.

Me hace recordar, incluso, a Young lions; a Marlon Brando que quiere volver a su casa… y, no obstante, viene la muerte. Se trata también de tres historias, cada una en particular emocionante, pero de mayor impacto todavía, en conjunto.
 

Pero todo tiene un precio…

 
Ah, la historia de los que van a Dunkerque me parece incompleta. En la playa hay mucho drama. Falta balance porque la “carrera de ratas” copa todo en la playa.

 

El movimiento, la masa.
Pero me refería a algo distinto.
Me atreveré: Aquí, Nolan dejó pasar la ocasión para cuestionar como lo hizo antes, con  notable efectividad en Memento, Dark Knight, The prestige e incluso Inception, la inseguridad de personajes suyos más o menos complejos (todos acomodados en lo concreto, y no obstante en huida, por pura insatisfacción, contradictorios, para realizarse en ámbitos extraños en que se impone el misterio, incluso el mito, la fantasía; héroes y víctimas trastornados, dados a los trucos y a las triquiñuelas, perseguidos por sus propios sueños). Dejó eso y eligió exponer los mecanismos con que él, el gran Nolan, se encuentra a sí mismo en el oficio de la ficción: su propia abstracción. Y en lugar de reconocer y exponer el sesgo de su perspectiva (para lo que se presta una amplia variedad de recursos narrativos, si bien, para su mala suerte, exigentes, y mucho, en tacto y sutileza), decidió apostar por la elocuencia de la imagen en secuencias de contundente vistosidad.

 


Con Dunkerque, a diferencia, sobre todo de la patética Interestellar, Nolan nos ahorra el habitual chorro de explicaciones de manual, el dudoso aderezo de citas pedantes y la grosería de parches y más parches, siempre insuficientes para tanto cabo suelto –sobre todo cuando se pone romántico, el buen Christopher–, y si bien nos ahorra además constatar la cortedad de miras de sus protagonistas, exagerada siempre en favor de la audiencia –aunque esta no haya pedido el favor ni ninguna otra condescendencia–; tropieza, falla en el tono profético. Primero, porque en Dunkerque no había futuro qué predecir, sino apenas una versión a qué plegarse. Segundo porque los profetas son seres humanos falibles que siempre acaban exponiendo su sesgo propio –lo que de veras los hace personajes interesantes–. Tercero, porque las profecías encierran siempre claves incomprensibles, siendo todo menos pedagógicas –ni rimbombantes en pos de ser citadas–, pues en ellas lo que importa de veras, es el destino; el supuesto destino y las posibilidades que su interpretación abre en el futuro. No cosechar piropos respecto de la caligrafía, ni mucho menos por la calidad del pergamino ni la consistencia de la tinta usadas en la inscripción.

 

 

Bien, ¿qué tanto provoca Nolan a hablar de algo que no sea técnica?

Inception va de la posibilidad de soñar. El tiempo en los sueños. En Interestellar, bueno, la posibilidad de viajar. El tiempo en la física, y la clave del afecto como imponderable, decisivo.
¿Pero cuál es la posibilidad aquí?
 

Curioso que Hans Zimmer haga lo suyo y logre, por su cuenta, cuestionar. Su obra es elocuente a propósito del clima, de la situación, de la tensión y sus ecos dentro de uno mismo. En efecto, el tiempo vibra entre los tiros, y su aparente flujo nos devuelve, por momentos, al rumor de la sangre, en pos de algún silencio al cual abandonarse. Impresionante.
Entretanto, Nolan utiliza a sus personajes; en lugar de narrar la historia a través de ellos, brindándoles una voz o, mejor y más precisamente, una visión refractante, los hace en extremo elementales para contarnos él de su destino…, ese que sí, ya estaba escrito.
Sus hombres son puro instinto de supervivencia, miedo y obediencia a la autoridad. Y la guerra nos reduce, pero solo desde la perspectiva del lejano mandatario, o de los falsos dioses.

 


Se nos insta a reconocer los mecanismos de la narración, no la sustancia dolorosa de la historia. A sentir con el instinto. No a hacer experiencia.

Aquí hay sufrimiento inducido, no dolor de veras.

No debería extrañarnos que, por otro lado, solo se discuta la supuesta polémica histórica de Dunkerque. ¿Alguien se atrevería a decir, sí, así nos sentimos los hombres en combate?
Esto es complacencia a la vista de lejos, haciéndole creer a algunos que estuvieron cerca, dándoles de qué presumir.
No hiere. Y a eso llama Nolan, cine experiencial.
No se discute la narrativa de Dunkerque. No sin referir al narrador. De manera que Nolan logró lo que quería. En tal sentido, sí, el filme es un éxito.
 
  

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