Celebraciones: Cuento de María José Caro

Árbol de navidad
 
En mis recuerdos, el árbol siempre es distinto. A veces es un ficus tupido que se sostiene del techo del auto como pino navideño en una película. Otras veces, se trata de un tronco escuálido de hojas amarillentas resbalándose por el parabrisas. Lo que nunca cambia es el auto: un Toyota gris de dos puertas que según mi padre se importaba a pedido desde Japón. Tampoco cambia la expresión de mi madre al verlo bajar del vehículo con la camisa a medio abotonar, los ojos desorbitados y el pantalón sucio. La recuerdo revisando el capó, los parachoques y después pateando la puerta del copiloto, mientras mi padre se tambaleaba hasta a la casa. Me veo siguiéndolos, vestida con aquel pijama de Gasparín que había deformado de tanto jalar hacia abajo. Tal vez intentando convertirme yo misma en un fantasma.
 

Barbara Coleman Dubois

 

—¿Compraste cuetes? —preguntó Sergio mientras bajaba las escaleras.
Mi padre no respondió. Encendió la radio y subió el volumen. Mamá se le acercó pidiendo explicaciones; tenía el ceño fruncido, las llaves en alto y una pequeña rama entre los dedos. Él ni la miró. Empezó a cantar la canción de Camilo Sesto que salía del equipo de música. Mi madre le lanzó las llaves contra el abdomen y dio media vuelta. Entonces, Sergio se aproximó a mi padre y lo jaló de la camisa.  Le preguntó una y otra vez si había comprado cuetes. Papá lo miró fijamente y lo cogió del brazo.
—¿Qué más quieren de mí? ¡Ya no tengo nada! — gritó.
Sergio intentó zafarse, pero mi padre presionaba su muñeca como si aplicara un torniquete. Los ojos de mi hermano se llenaron de lágrimas.
—¿Qué más quieren de mí? ¡Ya no tengo nada! —volvió a gritar.
—¡Ricardo, suéltalo! —explotó mi madre. Después se acercó a él y le dobló los dedos hasta que liberó a mi hermano.
Sergio corrió hacia las escaleras sin mirarme. Papá alzó los hombros, cambió la canción de la radio y se desparramó en una silla. Mi madre me tomó de la mano y subimos a mi habitación. Sus palmas temblaban. Cerró la puerta, abrió los cajones de la cómoda y rebuscó desesperada entre las prendas. “¿Y tanta ropa vieja, desteñida? Ya le había dicho a Ruth que la tire. Ponte esto”, dijo y me entregó un conjunto morado. Luego abandonó mi cuarto. Cuando se fue no supe qué hacer. Solo atiné a colocarme la ropa por encima del pijama y esperé inmóvil al borde de mi cama.
Bajamos al primer piso de la casa intentando no hacer ruido, seguros de que al vernos mi padre diría algo, pero encontramos solamente su cascarón. Era un avatar de ojos entrecerrados y sonrisa chueca meciéndose al compás de Nino Bravo. “Siempre malogras todo”, gritó Sergio, y corrió hacia la cochera. Mi padre intentó levantarse de la silla ayudándose con el respaldar, la madera crujió y cedió de inmediato. Nos fuimos de casa cuando su cuerpo golpeó el piso.
Fue sencillo reconocer el hotel. En las telenovelas utilizaban su fachada como una toma de apoyo para demostrar que Lima se modernizaba de a pocos. Eran tomas aéreas breves, centradas en el flujo de autos de la avenida Paseo de la República. Al llegar al lobby, mamá solicitó una habitación alejada de la fiesta. La mujer del mostrador nos asignó una en el piso diez y, junto a la llave, ofreció una bolsita que contenía pica pica y guirnaldas. En mis recuerdos de aquella noche permanezco muda. Sergio toma un folleto del mostrador. “Tienen piscina”, dice con los ojos muy abiertos. De pronto, ya no le interesaban los fuegos artificiales. En el hall nos topamos con una mujer de antifaz y sombrero amarillo que vomitaba las entrañas sobre el piso de mármol. Mi madre apuró el paso hasta el ascensor. “No pasa nada, hija”, soltó. En ese momento pensé en mi padre. Cada vez que teníamos un elevador en frente, él me acompañaba por las escaleras. De día, era un hombre atlético que podía subir siete pisos sin dar señales de cansancio. Pero de noche se volvía otro, el cuerpo encorvado, sostenido de la baranda de las escaleras, calibrando cada paso hasta llegar a la habitación para desplomarse sobre la cama y convertirse en un muñeco de ronquidos automáticos. Cerré los ojos ni bien ingresamos en el ascensor, concentrándome en la campanilla que repicaba cada vez que las puertas se abrían. “Es aquí”, dijo mi madre cuando llegamos. Mi hermano fue el primero en salir. Yo nunca me había quedado en un hotel como ese. Los pasadizos alfombrados eran a su vez miradores hacia el hall del primer piso. Sergio se empinó y recostó el cuerpo sobre el muro de cemento que lo separaba de una caída mortal. Mi madre lo jaló bruscamente y lo obligó a caminar del lado de la pared. No nos soltó hasta que nos detuvimos frente a la puerta 1001. La habitación era amplia. Una cama queen y un televisor con servicio de cable que mi hermano encendió de inmediato. También tenía un largo escritorio que sostenía una guía telefónica y un cuadernillo de hojas blancas membretadas. Mamá se acercó a la ventana y descorrió las cortinas. Nuestro cuarto daba a la piscina que, desde las alturas, era un rectángulo perfecto, oscuro e inalterable. De rato en rato, el cielo se iluminaba por los cuetes que reventaban en el Centro. Eran explosiones persistentes, destellos que encendían el cielo durante unos segundos. Mi padre prendía castillos que compraba en la avenida Aviación. Nos explicaba el recorrido de la mecha. Decía que debía existir armonía, que se trataba de hacer bailar a las luces con pólvora. Mi hermano y yo lo observábamos desde la terraza que daba al jardín. Papá encendía los castillos, se secaba el sudor y permanecía al pie del cañón hasta qu se extinguiera la última luz. Tomé las hojas en blanco y me dediqué a pintarrajearlas mientras Sergio navegaba por los canales de cable.
—No vayan a salir. Regreso en diez minutos —amenazó mi madre.
—Te apuesto que el tío Mario está en la casa —me dijo Sergio en voz baja.
Ignoré sus palabras y cerré los ojos. Tío Mario aparecía en cualquier celebración familiar, aunque fuese solamente un amigo de mi padre. Se peinaba con el pelo hacia delante para disimular unas entradas cada vez más profundas. Era el último en irse de casa a pesar de las indirectas de mamá. La única vez que vi llorar a mi padre fue junto a tío Mario. Había bajado a la cocina por un vaso de agua y terminé espiándolos al pie de la escalera. Mi padre tenía los ojos hinchados y la camisa salpicada de alcohol. “Estamos jodidos, compadre. ¿Qué vamos hacer?”, decía presionándose las sienes. Alzó la mirada en mi dirección y luego la devolvió al cenicero que tenía en frente sin decir nada. Su llanto contenido se convirtió en descontrolado. Tal vez mi presencia había sido un detonante. Tal vez nos recordó a los cuatro juntos en un día feliz y cada uno de nosotros se volvió un sollozo en la composición de su llanto. Subí corriendo a mi cuarto y me escondí entre las sábanas hasta que mis lágrimas se convirtieron en una prolongación inevitable de las suyas.
Mamá volvió a la habitación con una bolsa colgada del antebrazo. Contenía polos y algunos snacks que había comprado en la tienda del hotel. Me quité la parte de arriba del conjunto y el fantasma hizo su aparición. Aun así, mi madre insistió en que usara de pijama la camiseta estampada que extendió sobre la cama. Me negué con todas mis fuerzas, abrazándome a mí misma y al fantasma de boca abierta y ojos alargados dibujado sobre mi pecho. Sergio se colocó un polo que le llegaba hasta las rodillas. Me recosté junto a él mientras mi madre retiraba snacks y gaseosas de la bolsa. Después de entregarnos la comida, cogió el teléfono y se alejó lo más que pudo, tensando el cable del auricular. Supe que llamaba a casa por la manera en que presionaba los dientes y se tocaba la nariz. Marcó varias veces. Al quinto intento se rindió y se acercó a la ventana.
—Sergio, Macarena, vengan. Faltan cinco minutos para las doce.
Apoyé la frente sobre el vidrio hasta hacer desaparecer mi reflejo. Concentré mi mirada en el mundo silencioso y fugaz que sucedía al ras del piso. Me inventé a mi padre dentro de aquella jauría de autos minúsculos que cruzaban la avenida a toda velocidad. Lo imaginé preguntando por su familia al llegar al lobby, corriendo por las escaleras hasta el piso diez, girando el pomo de la puerta segundos antes de los doce. Imaginé sus disculpas, los gritos de mi madre justo antes de regresar a casa en ese estado de paz irreconciliable que se alcanza cuando cesan las lágrimas. Pero recibimos las doce contemplando el espectáculo prestado de las familias del otro lado del vidrio. Nos abrazamos por obligación. En cuestión de segundos, Sergio se desplomó entre las sábanas. Me acomodé en el medio de la cama mientras mamá apagaba las luces. Cuando se recostó junto a mí, empecé a juguetear con su pelo negro. Aquel ritual era nuestra canción de cuna. Enroscaba mis dedos en su cabello y formaba círculos que me hipnotizaban de a pocos. “Un ratito, hija”, susurró levantándose del colchón. Revisó su cartera y sacó una cajetilla de Winston que escondió de inmediato en su pantalón. Se exilió en el baño arrastrando los pies. Cuando volvió, yo seguía despierta. Mi madre se acostó en la cama con cuidado. Me amoldé a su cuerpo, abracé su cintura y respiré esa mezcla de tabaco y agua de colonia que se había convertido en su fragancia personal. Entonces fue ella quien tomó mi cabello y empezó a juguetear. Sentí cómo sus caricias se espaciaban y cómo sus dedos soltaban mi pelo de a pocos. Mamá se quedó dormida primero. Yo la seguí, entrecerrando los ojos, perdiéndome en su respiración honda y pesada, mientras algunas luces de fuera rebotaban fugaces contra nuestra ventana. 
Dejamos el hotel por la mañana, cuando todavía quedaban algunos borrachos tambaleándose por las pistas y cierto olor a pólvora en el aire. Mamá eligió una ruta sinsentido. Tomó jirón Lampa y nos adentramos por el centro de Lima, hasta llegar a la Plaza de Armas. Desde la ventana del auto Sergio identificó restos de ratablancas y resonadores al pie de algunas bancas ennegrecidas en medio de la plaza.
—Antes de ir a la casa… ¿quieren parar en algún lado? —preguntó mamá desde el retrovisor. 
Negué con la cabeza. Sergio pidió ir a donde los abuelos, así que enrumbamos hacia su departamento en Miraflores. Al llegar al edificio, mi madre fue la única que bajó del auto. Se acercó al intercomunicador y en cuestión de minutos estaba de vuelta con nosotros. Nunca le pregunté si tocó el timbre. Probablemente se trataba de una pantomima para que Sergio se callara. Mi abuela no sabía mentir. Había ocultado la fotografía de boda de mis padres detrás de un bonsái para no tener que observarla. Tal vez se sentía cómplice del plan fallido en que nos habíamos convertido. Al final, ella también era un personaje sonriente de la foto, un testigo que no logró identificar las señales. Mamá encendió el auto y sintonizó una estación de noticias. Era la mejor manera de mantenernos en silencio, aunque su atención estuviera en otro lugar.
En mis recuerdos, mi padre siempre cambia de posición. A veces me digo que lo encontramos desparramado sobre el sofá de la sala. Otras veces, sentado en la alfombra junto a los restos de la silla que partió en dos. Lo que se mantiene fijo es su rostro, la boca abierta y los ojos completamente cerrados. El castillo intacto junto al árbol de Navidad. Dice mi hermano que lo prendimos la noche siguiente. Trato de imaginarlo: un castillo solitario que ilumina la calle entera.
 


(María José Caro nació en Lima, Perú. Escritora. Actualmente reside en su país.)

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