“Off the record”: Sobre El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan

Por Mauricio Jarufe y Juan Pablo Torres Muñiz
 
Rock. Y el Rock Pop. En afán contrario, las manifestaciones musicales del Punk; aunque por medio de estas, se pretenda también llegar a la mayor cantidad posible de gente: golpear, arañar el corazón, siempre, aunque por  muy diversas causas, adolescente
Se supone, el Punk tienta una búsqueda menos cerebral, aunque no por ello menos profunda… Jennifer Egan no parece precisamente alguien con un discurso así de espontáneo. Pero Mauricio piensa, al parecer, distinto.

Esa música es parte de nuestra cultura. Marca incluso la historia.

Y, bueno, abundan muestras sobre el turbio mundo del espectáculo, de lo que se cuece tras bambalinas, pero también sobre los manejos de la industria, los tratos de todo tipo, y los sueños de veras, los inducidos… y las alucinaciones. No todas las obras merecen ser citadas como buenos ejemplos; en cuanto a filmes, Almost FamousInside Llewyn Davis y This is Spinal Tap; en cuanto a libros, Great Jones Street o, como curiosidad, con sus excesos, Autobiography, de Morrissey.
La novela de Jennifer Egan, creo, es caso aparte…
 
 
… Y lo es desde el principio. Una primera página ha de ser una revelación, no una bienvenida; puede ser, quizá, una confirmación, pero no debe pintar de adelanto.

Sin ir tan lejos, creo que los textos memorables simplemente golpean, o envuelven, pero para privarnos de aire más allá de sus páginas. En determinado momento oprimen, pero fuera del espacio habitual; es así que, como suele decirse, descubren nuevas honduras en quien lee.
 
En este caso se nos anuncia: el texto ha sido delineado, planificado, estructurado, acomodado, medido y vuelto a acomodar, pulido y barnizado, mucho, mucho. Todo encaja. Cierto, pero quizá quepa aquí, por esto mismo, aunque como consecuencia al margen, decir que se ha pecado de exceso, delatando supremo rigor precisamente cuando la espontaneidad era, se supone, al menos en parte, el alma del asunto…

Control.

Conviene distinguir entre pulso firme y simple dureza. Lo primero garantiza sencillez, sin pretensiones, o complejidad (algo misteriosa, siempre, en cuanto al balance conque operan las fuerzas que compromete). La segunda nos lleva sin remedio o a lo simplón (por miedo a la complejidad, resultando en recorte primitivo, que tienta, cuanto más, al instinto) o a lo complicado (enredo en pos de asegurar los únicos resultados de veras previstos, o de disimular la imposibilidad de lograrlos). Tanto lo simplón como lo complicado son producto de una única negación, acaso contra el aliento mismo que el proceso inventivo ofrece. Esta voz original –vocación– es siempre inteligente: comunica a través de una compleja red de referencias y ecos, sin someterse del todo a la razón.

Un primer elemento perceptible de la novela de Egan –justificando acaso la elevación a los altares del Pulitzer–: Una muy meticulosa y cerebral puesta en escena que deja poco a la imaginación.
Por si fuera poco, abre con una cita de Proust…
De ahí, empieza a relatar la historia con cierta… rudeza…; ver, de otro modo…:
Bennie Salazar. Músico punk, de drogas duras y ambición. Con los años, se vuelve productor, de los buenos. Pero de eso, hace ya tiempo; ahora vive de las sobras del negocio, tomando un copito de oro con frecuencia, a ver si mejora su potencia sexual y deja atrás el divorcio. Su impotencia eréctil es permanentemente evidenciada en el trato que tiene él con Sasha, su asistenta y cleptómana en sus ratos libres.
Con estos dos personajes por protagonistas, se desarrolla una serie de historias independientes. De New York en 1970, al Medio Oeste de 2020; se nos pasea por San Francisco, por ejemplo, y los dominios de un dictadorzuelo africano.
El libro abre como un Compact Disc de anhelos, decepciones y, supuestamente, mucho rock.

O muchas citas de títulos. Al margen del llamado espíritu rockero, desafiante…
Llama la atención que surja –aunque, claro, sin intención– el asunto de la trepidante multiplicación de recursos para la producción en estudio, y el del consecuente abuso que se hace de estos en pos de fama. Esta fama por medio del impacto, es vicio común, también, del ámbito editorial.
El término clásico suena hoy a vetusto. O se malbarata como etiqueta de cualquier cosa. Como si su uso dependiera del gusto.
Conviene, entonces, una nueva distinción: entre opinión y crítica. Esta última implica la exposición de los criterios empleados para el juicio (por lo que este mismo se ofrece como objeto de nueva crítica).
Bien, pues un clásico lo es por la vigencia de su propuesta, porque cuestiona a varias generaciones; responde así a las críticas de diferentes épocas, asombrando con suficiente efectividad a cada nuevo lector, oyente, espectador…
El libro este es, sin duda, sofisticado… Tiene muchos fragmentos.

Todo se basa en la fragmentación. Una fragmentación no particularmente original, pero de alguna forma, necesaria y uniforme. Recurso eficaz: Las historias, aunque independientes, funcionan mejor como conjunto. Va todo bien ecualizado. Egan cuida cada detalle para que así sea. Concibe su propio microcosmos literario, donde cada escena se cohesiona con el resto.
Muy bien, ¿esto engrandece su obra?

 

 

Todo mundo tiene límites.
Nos encontramos ante un modus operandi previsible. Egan se las arregla para bocetar vidas de cierta complejidad en veinte páginas: hábitat, compañía y carencias. Una vez con ello, el descenso: El status quo decadente al que se aferran sus personajes. Y ella los deja precipitarse. Una y otra vez, en cada historia, en cada uno de estos fragmentos.
Parece que el disco está rayado. Suena varias veces la misma canción, pero resulta difícil poner pausa. Los personajes, sus vivencias, son interesantes.

En una buena narración, la verdad de la historia equivale a la verdad del autor; este la descubre también y ante todo para sí mismo, mientras la desarrolla y la ofrece al medio –casi siempre, sin pensar en nadie en concreto–. La misión, de hecho requiere de enorme firmeza: integridad ante la tentación del disimulo, la complacencia y el mero lucimiento.

Una buena narración exige disposición plena, entrega al motivo provocador, a la cuestión que revuelve al propio autor, que entonces se ve a sí mismo, a menudo, como una suerte de medium, habida cuenta la universalidad de los asuntos que le ocupan.
El escritor ve qué contar y de qué modo hacerlo, así como –de modo decisivo– qué no; hace evidente el criterio justificante para su sesgo, esencia frecuentemente críptica con que nos confronta –provocando entre académicos, mil hipótesis, buena parte de ellas falaces, intrusivas–.
La supuesta intención, el motivo hondo del autor resuena en lo hondo, detrás de los sintagmas, entre los silencios y omisiones, no en vano pinta de revelación para los lectores más atentos y sensibles…; en fin, nunca suena, simplemente; no suena varias veces… como en un disco rayado.
¿Qué hay del asomo constante, de la repetición intencional en ciertas obras ejemplares? Pues que nos lleva más allá cada vez. Cuestiona más y más. Y provoca vértigo, por cierto. O ahonda en el sentido que el lector creía haberle encontrado al discurso, para finalmente deshacer esta ilusión de acierto con terrible dolor, o lo sujeta inmisericorde a contemplar lo que en el fondo dudaba pudiera alguna vez tener ante sí, tan cerca, prácticamente hundiéndose en ello, abstraído del todo, fuera del tiempo.
Dicho motivo se manifestará en señal de frecuencia notoria, como un estribillo, incluso machacante, en tanto la intención sea ser así de obvia. En tal caso, provoca efectos hondos a un nivel de comprensión metatextual, evidenciando el artificio como esto mismo y nada más, nuevamente, al servicio de la oscura cuestión.
¿Quiénes han hecho esto recientemente, ejercer presión de manera inteligente, sumergirnos, sujetarnos hasta dejarnos sin aliento? Sin salir de territorio estadounidense, por supuesto y más que nadie, Philip Roth, pero también Joyce Carol Oates, Joy Williams, Cynthia Ozick y Don DeLillo, entre otros. ¿Algunos menos reconocidos? Donna Tartt, William T. Vollmann, A.M. Homes. El Franzen de Las correcciones. El Foster Wallace de sus ensayos y sus cuentos.

Más allá del intrincado aparato de relojería, buena parte de las veces funcionando sutilmente, Egan escribe con pulso ágil, potente, con filo. Disecciona con notable efectividad los aspectos “mejor guardados” de sus personajes. Su lenguaje es flexible, por momentos maleable, incluso, según la circunstancia, volátil. Hay capítulos cuya prosa luce tono de ensayo, para luego simplificarse hasta parecer, incluso, una tabla de datos informáticos.
Y ahí tenemos la dosis apropiada de posmodernismo, los cruces de lo beat, lo sucio. Todo pertinentemente conciso, digerible, sin dejar de mostrarse moderno, muy moderno.

Una receta bien medida. Apta para todo público. Una receta.

Una receta.
 
Con 13 historias, la fórmula termina por desgastarse. En algún momento, ciertas páginas parecen tambalearse ante la anticipación. Agrietamos, nosotros, los lectores, aquel molde supuestamente perfecto con el que se hizo la novela.
Claro, sigue resaltando la técnica. Egan corta y pega emociones y actitudes parecidas: pena, asombro; desidia, soledad, pero cambia de código. Intenta ser lo más ecléctica posible, probando un poco de todo, como para probar la resistencia del molde. La diversidad de voces, por ejemplo, constituye un medio para generar diversidad y divergencia entre las distintas historias.
Y ya dados a esto, vuelve el asunto del Rock.
Al parecer, estamos ante un álbum conceptual en que distintos géneros convergen, conforman a fin de cuentas secciones de un solo tema de larga duración. Este requiere, claro, ciertos puntos de quiebre. Las letras, entonces, se parecen, pero el sonido cambia.
Los intentos por subrayar el logro del efecto, sin que deje de parecer natural parecen invadir a Egan.

Curioso eso que dices. Puestos a ello, a Egan le habría fallado nada menos que la letra… 
Pero puede que más. El Pulitzer por A visit from the Goon Squad parece reconocer en el libro una ejecución destacada, un alarde digno de mención, como tal y por haber dado en el punto del gusto popular, sin cuestionar ni, desde luego, ofender a nadie.
Lo dicho rato antes respecto de una buena narración, se presta bien –por si hace falta aclararlo– a cualquier otro tipo de obra de arte. La disposición, la entrega, el firme empleo de los recursos conocidos y los que, por fuerza, uno inventa sobre la marcha a fin de continuar con el proceso inventivo, desarrollando la cuestión de fondo…
Si Egan pretendía un símil de álbum conceptual con su novela, en el mejor de los casos acabó armando una colección igual de pretenciosa y pocos profunda que las de Dream Theater –al caso, no es casual lo de progresivo, aparte modernoso–: pura ejecución, que ni siquiera como tal trasciende de veras, pues apenas e innova. Los verdaderos grandes se arriesgan y hacen camino por sí mismos en un proceso de reescritura desafiante, lejos de la comodidad en que se consigue halagos seguros; logran trabajos más complejos, consistentes y lo hacen con conceptos, a menudo, más sencillos pero penetrantes, de manera que el ataque con los instrumentos asombra en su dificultad y no por su dificultad, debido a que sin ella cada tema, y ni qué decir del motivo hondo, cumplirían su función cuestionadora.
 
Brilla la prosa con remotos ecos a DeLillo cuando se trata de Bennie, o alguien similar a Bennie. Lo mismo el tono mordaz y lastimero, empaquetado en un híbrido entre artículo de opinión y crónica negra, cuando el periodista Jules se encuentra con la actriz Kitty Jackson. El uso de la segunda persona para narrar la decadencia del suicida Rob. Aunque Egan se guarda lo mejor para el final. La penúltima historia es la historia de Alice, adolescente de doce años a quien “nadie entiende”. Y para hacerse entender, decide contar su vida a través de un diario y en formato PowerPoint. El resultado es de veras notable.

Mencioné a Dream Theather, también, porque dicha banda no hace Punk ni Metal. Porque resulta, entre algunos músicos de verdad, pero sobre todo entre fanáticos de trivias y tutoriales en YouTube, muy popular –entiéndase, pues, en dicho sentido, Pop–. Como la novela, casi ninguno de sus discos es ni salvaje, ni espontáneo, ni desafiante en ningún sentido. No cuestiona nada que no guarde relación con el número de horas de ensayo de cada integrante. Sorpresa, pero nada de conmoción, salvo ciertos momentos. Lo que llaman concepto es para el caso, en realidad, un recurso de producción para la acrobacia, el jamming exigido, al que se agrega el dominio de nuevos recursos tecnológicos… Nuevas presentaciones.

Curioso. Egan parece practicar contra la supuesta prédica de alma roquera… Como si reclamase por anticipando al tiempo, que su texto será olvidado.

 
Es que queda, al cabo, tras ese par de capítulos formidables, un sinsabor.
Anhelamos mayor libertad, un poco menos de repensada estructura. Más músculo, corazón; no tanto seso.
Mejor o peor el resultado, igual sería un placer. Ella tiene cómo.

Más King Crimson, más Tool. Más Patty Smith, más Sixto Rodríguez…
 
Siguiendo la novela, el tiempo, efectivamente, es un canalla. Desgasta, lleva a la degeneración. Nos fuerza a la compañía; coaccionados, nos vemos reducidos a elementos en un ensayo clínico que abarca la temporalidad en sí misma. Cada quien en pos de relevancia histórica. En vano, según Egan.
Sin ego, terminamos aferrándonos a las conexiones: finitas, inestables.
  
Pues se trasciende por la hondura del cuestionamiento, no por la forma en sí misma.

Difícil, un juicio redondo. El tiempo es un canalla es una novela diversa pero esquemática, excesiva como pieza de rock y recatada como análisis social. Brutalmente humorística; a ratos trágica. Al final, quizá por debajo de los fallos, suficientemente honesta. Un trabajo exquisito.
Irónicamente, que ello baste solo lo dirá el tiempo. Y sabemos que este no es de fiar.
 
El tiempo es sabio, se atreven a decir otros.
La brevedad de la vida preocupa solo a quien se la pasa contando cuántos días de ella le van quedando. Perdura lo que fluye con ella, en su vastedad, violencia, asombrosa variedad de brillos y provocadora cantidad de misterios. Perduran las preguntas, las cuestiones hondas. No los egos.
Un Grammy no hace un clásico.



 

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