Rumbos fértiles: Sobre la propuesta de Alison Scarpulla

Por Luisa Deguile

  

El bosque. Fertilidad. Magia.

Desde luego, abundan lugares comunes, también en alusión a la perspectiva y roles que en relación con él se atribuye por lo general a hombres y mujeres: Ellos lo desafían, lo atraviesan, lo conquistan aprovechando claros, abriendo los propios, destruyendo –para construir. Ellas, por su parte, vivan o no en él, lo comprenden. Comparten, con él una suerte de  espíritu común. Peligro. Fertilidad. Magia… Amazonas. Hechiceras. Brujas.
Alison Scarpulla aprovecha tales referencias, pero va más allá…
 

  

… Y parte, con ello, de la luz. Crea la atmósfera, envolvente. Por supuesto, también es asunto de la composición: el bosque parece abrirse –literalmente– para el espectador; los claros son así, su lugar para asistir a una suerte de revelación, como testigos.
Es interesante que en todo momento se nos tenga al margen del fenómeno y sus causas, preservando el misterio. Asistimos. Nos cuestiona. Aprendemos, pero no intervenimos, ni mucho menos se nos da la razón.
La invitación se tiende a través del tono, esa calidez vaporosa con la que se abre el camino. Y la luz, finalmente, no se va con el día, más bien hace de este, específicamente del momento, inmortal.
Pura melancolía.
 

  

Sabemos, claro, se trata de pura ilusión. Sostener el día. Sostener la luz. Pero tentarnos a tomarla nosotros mismos entre manos es otro asunto; he aquí…
 

  

Pero en qué medida se incide, sin más, en el lugar común –a través, también, de tonos comunes al logro del efecto–. Y en cuál se alcanza a nutrir de veras una imagen más universal, con los matices propios de una visión, entonces y por tanto, claramente distinta.
Como Guy Aroch en la moda –con la que rompe, por cierto, mediante su culto psicalíptico–; como Alesia Gudkova –con su penetración dolorosa– en el paisaje urbano intimistaAllison explora acaso el envés de un camino harto recorrido, la otra cara que, sin embargo, proyecta siempre su sombra.
 

 

Aborda el mito, pero también la genuina ingenuidad, incluso el delirio, todo vivo detrás, ardiendo en la manía romántica.

  

Y roza la nostalgia con tintes de Rock.
Veamos: Con la atmósfera, también, de paso –nada de casualidades–, una época, la del afán adolescente por volver a los prados y a los bosques “a vivir del amor”, patético sueño apresurado a menudo químicamente precipitado–, en rara mezcla con auténticos ánimos revolucionarios.
 

En todo caso, apartarse del hierro y el compás de las botas, lejos de la geométrica disposición de bosques negros, de leyendas de bravura y gloria.

 

  

El trabajo de Alison, felizmente, encarna a su modo, digamos, Rock perdurable. Espíritu consistente, a veces pesado, de aroma intenso, siempre; perfume combustible.
Deja atrás cánticos entusiastas de volubles pasión y alegría, para recordarnos canciones sobre dudas y pecado, en los que se encuentran de veras, amor y libertad…
 

  

  

Y sobre las canciones, pues es fácil enlazar nombres. Guirnalda: de Joni a Joan, incluso de Zeppelin a Sabbath, según la luz…
 

  

Tentando un poco más el juego, se cuelan otras canciones, menos conocidas:
 
Tienden sus dedos los arbustos
encendidos – del sendero de espinas.
Flamean entre ellos jirones
de prendas pretercoloridas,
hasta que la nueva niebla, vieja
amante – vampira, los deja locos
exhaustos, apenas asentir.
 

  

El viento – tributando amargo son
de víctimas, pretende, como aliento joven
a través de insinuaciones (señas en la tierra,
en las nubes), libertar…
 

 

(Era este un jardín de niñas;

– soñaron demasiado tiempo
despiertas
– soñar.)
 

  

Bienvenido así, este nuevo fuego, su magia. Recuerdo de Lilith. A salvo del engaño de falsas inocencias, de tardía adolescencia; lejos de sueños con viajes más allá, a ninguna parte, en realidad.
Sin víctimas. Solo fuerza: seducción.
 

  

De modo que el fuego es la cuestión.
Germinan senderos. Con la luz.



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