Contra el tiempo: a propósito de los libros de Leonard Cohen

Por Katiuska Molina
 
Poeta, novelista, ante todo cantautor; artesano de la oscuridad y del dolor, Leonard Cohen, como cantara Neil Young, “… ha muerto, pero no se le olvida”. A dos años de su partida, se confirma que logró lo que muy pocos en el mundo del arte: unir a tradicionalistas y rebeldes, amantes en general, con su prosa y sus versos, con sus canciones, congregándolos en torno a su legado como el viejo amigo que bien sabe de nuestros predicamentos antes de que nos confesemos.
 
 

Sus primeros pasos los dio en 1956 publicando, cuando aún estaba en la universidad, una recopilación de poemas llamado Comparemos mitologías; su voz era ya apremiante. A diferencia de muchos primeros libros de poesía, este no está enfocado en el amor o el autoanálisis de juventud, sino en la búsqueda de una identidad cultural, la consolidación de su idiosincrasia. En efecto, atendemos inglés en una provincia en que se habla francés; a un judío en un país predominantemente cristiano. Cohen compara mitologías como la cristiana, la judía y las orientales y crea la suya en un ejercicio defendible, incluso robusto.
La caja picante de tierra fue la segunda compilación de poemas de Cohen, apareció en 1961. Significó para él, el comienzo de la vocación como profesión. Como su primer libro vibra de nostalgia por sus origines judíos, pero más aún los directamente familiares, en especial por su abuela paterna y su abuelo materno, los únicos a los que conoció. El título del libro se debe a un ritual practicado durante el Sabbath, en el cual se inhala las hierbas aromáticas conque se bendice una caja, durante la puesta del sol. El contenido del texto, en efecto, se asemeja al de la caja: preserva sentimientos religiosos, amor en sus diferentes facetas, la  esencia de una identidad compuesta, en buena parte, por la herencia de la espiritualidad de los ancestros.
Publicado en 1964, Flores para Hitler, se convirtió rápidamente en uno de los libros más controversiales de Cohen. El libro ganó notoriedad por su título provocador, incitando críticas de todo calibre. La discusión al respecto gira hasta ahora en torno a la dicotomía entre lo ético y lo estético.  Curiosamente, el epígrafe conque abre el libro reza:
 
HACE MUCHO TIEMPO ATRÁS
ESTE LIBRO SE HUBIESE LLAMADO
SOL PARA NAPOLEÓN
Y MUCHO MAS ANTES
HUBIERA SIDO
PAREDES PARA GENGHIS KHAN
 
El texto refiere a otra dimensión histórica, la de la maldad. Cohen señala cierta relatividad del mal, de este como parte de una misma continuidad histórica; la evolución de la violencia se relaciona así con lo que conocemos como progreso, que curiosamente va a la par del recrudecimiento de la brutalidad en sus desviaciones.
El epígrafe nos muestra la intención en una convicción inherente: mientras el tiempo avanza, también lo hace el mal. Conforme los poemas se suceden, la visión se va haciendo más oscura. 
El cuarto libro de Cohen, Parásitos del cielo, publicado en 1966, fue lanzado con un perfil más bajo. Impresionista, incluso surreal. En él, Leonard nos invita a seguirlo hondo en la exploración de su mundo interno. Los poemas contienen abundantes referencias personales y bromas en base a guiños privados. En exceso. Se pierde algo del contacto, de la intimidad de los textos anteriores.
Luego, vino la primera novela del maestro: El juego favorito, que vio la luz en 1963. En ella acompañamos al protagonista, Lawrence Breavman, a través de su niñez y su juventud. Llama la atención la expresa asociación entre los hechos y las emociones del supuesto narrador, de la voz que se nos tienta a pensar, es también la de Leonard. Una vez obtenida nuestra atención, esta voz nos hace cómplices: vamos a estudiar mi sombra, parece decir, en una suerte de examen desde la perspectiva del ahora. Breavman conecta las representaciones en la nieve, esas de su “juego favorito” con Bertha, su amiga de niñez, con la sustancia de los recuerdos.
En Los hermosos perdedores, su segunda novela, publicada en 1966, Cohen nos muestra una especial preocupación por el tiempo; juega con él a través de la descripción fenomenológica, la misma que apunta a los propios hechos y sus aparentes repeticiones y proyecciones, incluso sus rectificaciones, como únicos referentes a mano, quebrada la medida regular de relojes y almanaques, desarrollando una historia múltiple al margen del simple orden cronológico.

  

 

El poemario La energía de los esclavos fue publicado en 1972, cuando Leonard era ya un conocido cantautor con tres álbumes exitosos bajo la etiqueta de Columbia Records. Este retorno a los versos fue recibido por sus fanáticos con entusiasmo, no obstante brindara un retrato patético del yo poético: un perdedor al límite de la estirilidad creativa, una voz agonizante ante el éxito paralelo en el ámbito de la música. El título del libro emplea la palabra esclavos en plural, pese a que los poemas refieren en su mayor parte a un solo esclavo, supuesto alter ego del autor. El uso del tono confesional, tienta a pensar en un Cohen preocupado por la posible reacción de sus lectores ante un violento flujo de emociones al límite del control. Entre múltiples obligaciones y expectativas ciegas, el artista ficticio se complica y se siente superado por una audiencia demandante de más canciones y nuevos conciertos.
Pero hay dos esclavitudes; una es la del arte, la otra, la del amor. Los poemas podrían haber sido inspirados en diferentes relaciones con sendas mujeres, pero en conjunto articulan un cuerpo similar a una novela frustrada, la de un poeta en medio de un turbulento amor con una mujer hermosa que le es infiel, alguien a quien ora desea para sí, ora quisiera eliminar del mundo.
Muerte de un mujeriego, publicada en 1978, se tiene por muchos como su libro más autoreflexivo. Pareciese escrito por varias personas; el título, por otro lado, se parece bastante al del álbum que había lanzado un año atrás, tras una problemática colaboración con Phil Spector; la diferencia entre estos es la siguiente: el del disco, Death of a Ladies´s Man, lleva el sustantivo posesivo en plural, mientras que el del libro lo lleva en singular: Death of a Lady’s Man. El álbum está dirigido al público acostumbrado a Cohen, el cantante, que pertenece, digamos, a las mujeres de su audiencia, el clásico mujeriego. En el libro, por lo contrario, el concepto refiere a un matrimonio. Esta unión constituye una metáfora que se extiende más allá de la relación: al poeta casado con su arte, al poema casado con sus comentarios y también al matrimonio del lector con el texto.
El libro de la piedad, de 1984, año en que Cohen cumplió cincuenta, consta de cincuenta poemas, cada cual con un número por título. El libro comienza y termina con la idea de pérdida. En este trabajo Leonard vuelve a su herencia cultural y religiosa, se apropia en parte del tono bíblico y el lenguaje de los rezos; refiere que este mismo legado salva a nuestro héroe en sus momentos más oscuros. El mismo Cohen considera este un libro de salmos, no un poemario convencional. Ahora bien, nada de esto limita el texto a la herencia judía; el autor transita por sus propios recuerdos, sus experiencias particulares en lo espiritual, como ocurre, por ejemplo, con su hondo contacto con la cristiandad en Montreal. Fuerza e inspiración nutren estos cantos, fruto de una supuesta visión del pasado pecaminoso, el presente nebuloso y el futuro marcado por muerte inminente.
El libro de la nostalgia apareció en 2006; le tomó bastante tiempo a Cohen, quien vuelve aquí al lector a la poesía de veintidós años atrás, el de El libro de la piedad; esta vez para descender física y espiritualmente del monte Baldy, donde pasó doce años como monje budista. La obra indica un renacimiento, uno del que la voz brota luminosa. Dios, las mujeres y varios maestros son sujetos de abierta gratitud por ello. Con elementos visuales que se mezclan con los versos, Leonard entra de lleno al nuevo milenio, demostrando a su manera que la poesía de verdad, resiste bien el temible paso del tiempo.

 

 

Leonard Cohen ha cambiado de sombrero varias veces a lo largo de su carrera, pero nunca se ha ceñido a un patrón fijo de ninguna clase. No es de esos escritores que proveen iluminaciones racionales con sus puntos de vista sobre preguntas fundamentales del ser, no obstante exponga una actitud propia, congruente, respecto de varios fenómenos humanos tales como la fe, el lenguaje, y de problemas como la ética, además, claro, del amor y el tiempo.
No hay una filosofía basada en los pensamientos de Cohen, sí una obra viva que, gracias a nuevas lecturas y relecturas, vence al tiempo.

 

 

4 comentarios

  1. Un recorrido que alumbra bien. Busco los títulos ahora mismo.

  2. El Nobel para él antes que a Dylan. Pero ya fue.

  3. esther valencia

    Sería interesante que analizaran uno de sus libros como lo han hecho con otros en la página, con mucha seriedad.

  4. Gracias por sus comentarios.

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