Debajo de las notas: Sobre el álbum Secrets, de Allan Holdsworth

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
El lenguaje es invención. Es la manifestación fundamental del pensamiento; constituye en sí mismo, la forma de este.
Los pensamientos ordenados, una vez comunicados efectivamente, conforman textos. Estos, más precisamente, son conjuntos de enunciados que permiten la transmisión de ideas bajo la forma de mensajes coherentes y ordenados; son estructuras compuestas de signos a las que se les atribuye sentido según la situación comunicativa en que se dan.
En el ámbito de las artes, la creación de un lenguaje propio, uno nuevo y original –en la medida en que esto le es posible a nuestra especie–, constituye la máxima pretensión posible de un autor: Ofrecer a través del texto, y a partir de este, un lenguaje insustituible, intocable sin alterar gravemente la esencia misma del pensamiento que desarrolla (sea por medio de hechos, argumentos o música; de formas, colores y volúmenes; etcétera).
La mayoría de entre quienes intentan por su cuenta algo parecido a lo de Allan Holdsworth, en música, logran apenas homenajes interesantes o plagios fragmentarios. La firma del guitarrista, inconfundible desde su primera grabación, queda impresa con especial fuerza en Secrets, su sexto álbum en estudio.
 

 

Lanzado en 1989, el disco producido, procesado en cada aspecto de ingeniería y mezclado por el mismo Holdsworth, consta de ocho temas dispuestos en orden tal que la transición de uno a otro sorprende siempre por los cambios de forma y registro, no obstante, desarrollen variaciones de la misma atmósfera y ofrezcan cada cual, llegado un punto, la misma vertiginosa intensidad:
1. City Nights;
2. Secrets;
3. 54 Duncan Terrace;
4. Joshua;
5. Spokes;
6. Maid Marion;
7. Peril Premonition, y
8. Endomorph.
De estas canciones, cuatro (2, 3, 5 y 8) fueron compuestas íntegramente por Allan; el resto lo fueron, en cuanto a su estructura general, por Gary Husband (1), Steve Hunt (4 y 6) y Chad Wakerman (7). Vinnie Colaiuta se luce a la batería de todos los temas, salvo el séptimo, en que toca Chad, dejándolos a él y a Gary Husband repartiéndose las intervenciones en teclados; lo suyo resulta, sin exageración, en una de las cinco mejores performances de su prolongada, admirable carrera. El disco, como combinación de ataques con diversos instrumentos, constituye una clase maestra, pero brilla, sobre todo, por el encuentro entre cuerdas y batería, comparable solo al que el mismo Holdsworth protagonizaría muchos años después con Virgil Donati, en un par de temas para el álbum Quantum, de la banda Planet X.
Destacan, por otro lado, Rowanne Mark, cantando en Secrets y en Endomorph, Craig Copeland; asimismo, con acierto, las voces al habla de Claire y Allan Holdsworth en Peril Premonition.
Con y sin letras, la colección suma treinta y siete minutos y veinte segundos de virtuosismo elocuente. Cuestionador más allá de este mismo virtuosismo. Sustancial. Retador.

Desde el primer tema, construye como con trazos de neón, una ciudad entera; es la metrópoli. Pero aquí, el asunto va del espíritu hondo que justifica la geometría del conjunto, vivo en mil reflejos de actualidad, así como en las incursiones en nuevas formas, como cantos del futuro entre sueños premonitorios, y ciencia ficción. Es el laberinto al interior, en la estructura de un nuevo Babel…

 

El lenguaje, aparentemente, se construye sobre silencio; en realidad, si se constituye de veras como tal, cumpliendo con la definición en principio expuesta, es porque se apoya en el silencio no solo como si este fuera un fondo oscuro en el cual se siembran luces, sino –con una frecuencia que bien conocen los maestros en las más variadas disciplinas– como una vastedad luminosa a la cual se procura devolver la atención, dispersa, esquiva por miedo a la ceguera, de los hombres. Lo que se procura, por tanto, es el contraste suficiente para su más apropiado reabordaje, por partes. He aquí el silencio como una esencia sobre la que el autor hace trazos y con ellos, marca el sesgo de su visión particular, enfrentándonos con el resultado.
Según el estilo, hay, por supuesto, trazos sencillos, de notable elocuencia, y otros complejos, ora de asombrosa sutileza, ora de sinuosidad arrebatadora. De ambos nos ofrece, aquí, tanto a la guitarra eléctrica como al SynthAxe, Allan, acompañado de su banda. Cada nota irrumpe, corta el silencio, como abriéndolo, para que este diga, también, lo suyo: lo que Allan hubo percibido de él, como una revelación.
La función del sonido, como la de la palabra, es referir al silencio según cada situación comunicativa, del modo más inteligente posible. El tejido que aquí se nos ofrece, desde luego, resulta difícil de digerir completo de una sola oída. Pero en lugar de maraña, de garabatos, puro arranque emotivo, postmo, lo que aquí se nos ofrece es una complejísima estructura que con cada nueva visita, con cada relectura, luce más y mejor su gracia natural: el lenguaje detrás del lenguaje.
Como Rajmáninov, especialmente con su Concierto Para Piano N° 2, o Coltrane con A Love Supreme –ambos, por cierto, muy por delante del fantasma de Paganini–, Allan inquieta en Secrets porque dice lo suyo a partir de una tradición, clave de la estructura que, con la debida atención, reconocemos, unas veces continúa y las más de ellas, desafía, trocada una y otra vez en delirio matemático, como un rayo de tormenta que de pronto enloquece cientos de medidores. Nos insta a penetrar como en un sueño en las luces y lo oscuro de la ciudad, de la urbe y de la historia, detrás, a la primera noche, en pos del fuego primordial.
A propósito, una cita de Walter Benjamin, de Sobre el lenguaje en cuanto tal y sobre el lenguaje del hombre:
“Para conocer las formas artísticas hay que intentar entenderlas en tanto que lenguajes, para así buscar la conexión que tienen con las lenguas naturales. Un ejemplo en el que es fácil pensar, porque pertenece a la esfera acústica, es el parentesco con el canto con el lenguaje de los pájaros. Por otra parte el lenguaje del arte solamente se puede comprender dentro de la más honda relación con la ciencia propia de los signos. Sin ésta, la filosofía del lenguaje se queda meramente fragmentaria, porque la relación entre el lenguaje y el signo (de la cual además la relación entre lenguaje humano y escritura solo es un ejemplo, aunque muy especial) es fundamental y originaria.”* 
Y cierro con algo más del mismo Walter, uno de sus aforismos: “El lenguaje del sueño no está en las palabras. Está bajo ellas.” Bien, como bajo las notas, aquí, que se elevan…
Un secreto. Obra maestra.

 

  

* En ambas citas, traducciones de Jesús Aguirre y Roberto Blatt, para Taurus.




2 comentarios

  1. A escucharlo

  2. Me quedo con esta parte:
    “Como Rajmáninov, especialmente con su Concierto Para Piano N° 2, o Coltrane con A Love Supreme –ambos, por cierto, muy por delante del fantasma de Paganini–, Allan inquieta en Secrets porque dice lo suyo a partir de una tradición, clave de la estructura que, con la debida atención, reconocemos, unas veces continúa y las más de ellas, desafía, trocada una y otra vez en delirio matemático, como un rayo de tormenta que de pronto enloquece cientos de medidores. Nos insta a penetrar como en un sueño en las luces y lo oscuro de la ciudad, de la urbe y de la historia, detrás, a la primera noche, en pos del fuego primordial.”
    Siga, maestro.

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