Dignidad: Sobre Vida con estrella, novela de Jirí Weil

Por Lena Marin
 
Dignidad. Correspondencia, proporción al mérito de alguien o algo; merecimiento; referencia a que algo posee un nivel de calidad aceptable. Valor.
¿Cuál es el valor de una vida? ¿Tiene precio una vida? ¿Por qué vale la pena morir, si no por la vida de uno mismo o la de otro?
Ante situaciones dolorosas, dos posibilidades: La negación; abstraernos de ellas y, por ende, postergar el enfrentamiento con la realidad. O abrir los ojos: ver y aceptar, para decidir entonces qué hacer ante esta nueva situación (la que creamos con nuestra participación).
Cuestión de tiempo. Pero también de fuerza y de aptitud. Ciertamente, no solemos enfrentarnos todos a la vez, voluntariamente, a situaciones problemáticas. Y hay quienes se la pasan huyendo de ellas. Acaso el único verdadero escape sea la muerte.
Jirí Weil nos cuestiona al respecto con Vida con estrella, una novela de asombrosa transparencia y hondura vertiginosa, una novela de verdad sobre el Holocausto.

 

  

Praga. Entre 1939 y 1945. Ciudad ocupada. Josef Roubicek, antiguo empleado de banca, marcado con una estrella amarilla en la solapa, vive entre los traslados y deportaciones de los suyos; hambre y de cerca, muy cerca, la presencia misma de la muerte. Está solo. Se aferra a los recuerdos de una vida pasada, esa vida con su amada, Ruzena, quien en su momento le dijo que se marcharan de allí, que huyeran de Praga por su vida, a lo que él se negó, porque sí, o más bien, porque no: negando la realidad, negándose a actuar. Ahora, Josef realiza trabajos que nadie querría, conoce gente que sí que lucha por lo que cree, y reconoce de los otros, que marchan sin parar camino a los campos. Al fondo, cierta esperanza…
De eso, más o menos, va la trama. Y fragua, a través de ella, la escritura como testimonio despojado, aparentemente, de supuestas pretensiones artísticas, una reflexión tormentosa a partir de los hechos y de la acción –a menudo involuntaria– de la memoria; se articula una voz, prueba de la voluntad con que, finalmente, cabe hablar de la vida, que sigue.
Asistimos, con la lectura, a mucho más que la formación de una historia, a la conformación de una experiencia: a la escritura como ejercicio de la articulación de significados, como proceso. Lejos de la teoría, bien lejos.
Veamos. ¿De dónde sacan algunos que escribir es un pasatiempo, y para colmo uno agradable? Como proceso, la escritura trae consigo, desde luego, cierta satisfacción por la progresiva claridad conque nos permite hacernos un horizonte; por medio de ella nos aproximamos a una verdad, la verdad de cómo concebimos la realidad; sin embargo, y con frecuencia, la misma claridad nos enfrentará a aspectos de esa realidad terriblemente dolorosos.
Y he aquí el conflicto de Roubicek: Negación o aceptación. Como fuere, la primera alternativa importa apenas postergar el final, lo que, en la justa medida, permite recuperar el aliento. La segunda, por otro lado, o a su momento, abre posibilidades a solucionar el problema, o parte de él; por tanto, a reducir el dolor, a transformarlo, incluso, en algo diferente. Si no, al probable alivio de inventar nuevos medios y abrir la brecha de lo posible; de avanzar, así fuere, como decía Beckett, para “fracasar mejor”…
El protagonista aquí, expone su experiencia con la supuesta composición del relato, y cambia gradualmente de actitud ante la desgracia. Dicho cambio modifica, de hecho, su aptitud para enfrentar la realidad. Volviéndose competente, Josef descubre un valor propio, indiscutible… El valor que para sí, tiene su propia vida. Una suerte de escisión le facilita reconocer lo que otro autor, el maestro Philip Roth (admirador de la novela de Weil) dice respecto de su padre en Patrimonio: ante la pregunta de por qué diablos tendría que morirse, afirma que su vida es indispensable, y si no para los demás, al menos sí para sí mismo…
He aquí nuestra proyección: somos más que carne…, pero venimos de ella. Consciencia.
El arte no pretende solucionar problemas, mucho menos dar respuestas definitivas a ninguna pregunta. Una, cien, mil veces, cuestiona.
Sin duda hay mucho qué preguntar a partir de la afirmación implícita en el discurso del protagonista de Vida con estrella, si no respecto de la propia posibilidad de semejante logro de voluntad, al menos respecto del modo en que este podría estar más al alcance de todos en situaciones menos atroces.

 

  

Es la consciencia la que nos permite evaluar nuestra conducta, nuestro comportamiento, así como los de los demás. Toda evaluación, de hecho, consiste en un enfrentamiento; verbigracia, un acto con sus consecuencias o una representación con su modelo, entre tantos otros. Pero, ¿cómo evaluamos la bondad o la maldad?
¿Es posible una ética sustentada en los hechos, aún en la teoría de lo fáctico? ¡Vaya pretensión, como si la realidad fuera una sola y toda a nuestro alcance! Somos criaturas de lenguaje: leemos, interpretamos; aprendemos; fallamos; somos arbitrarios, y tanto… Entonces, ¿es justo basar nuestro proceder en unas u otras escrituras ancestrales? Ni hablar, los resultados son, por lo general, lamentables y, a menudo, nefastos.
De lo que se trata es de usar los textos como evidencia de una escritura, de una experiencia ofrecida por medio de términos inteligibles; de recordar siempre que lo más importante no es el texto en sí, si no la lectura y que quienes leemos y vivimos la vida real somos los seres humanos, no los conjuntos de signos que con mayor o menor suerte, simplifican y permiten entender mejor una realidad que siempre excede su elocuencia.

Weil aborda el asunto de la maldad desde el asombro de su personaje; la conexión con él se nos ofrece muy directamente gracias a la sencillez conque comparte sus percepciones, refiriendo siempre del modo más general a lo complejo y del más específico a lo cotidiano, dejando en claro cómo esta realidad es destrozada bajo el imperio de la fuerza, de la locura de una raza superior, en la aberrante elección de lo tremendo, de lo absoluto: de la fuerza (con su máxima expresión en la muerte).
La muerte como un maestro de Alemania, en canto de Celan; la banalidad el mal, explicada por Arendt; eso y más, entre contemplaciones a ras de la vida, y al margen, pero de este lado, aún, del abismo. La revelación es, por supuesto, abrumadora. ¡Qué peligro creerse del lado de la masa que aplasta, del orden de los bosques negros, de los dioses, del infinito y, por tanto, de la muerte! ¡Qué terrible creerse agente de los ciclos eternos! Mil años, pregonaba esa sociedad enferma… Y qué ridícula, esa cantinela enfebrecida, cuando escuchamos cantar a la vida, en el río, en los bosques de verdad –sin formaciones simétricas–, en la música, que no en la arenga provocadora; en la melodía sinuosa que homenajea al paso de los días, que no en la marcha, que remeda el machaque de las ruedas dentadas en las fábricas.

Josef cuida de un gato. Compañía. Escucha historias, una tras otra, de gente que se va, y una de ellas lo revuelve por dentro como ninguna hasta el momento –y vaya si llevaba atendiendo de las más horrendas–: Un tiroteo; un tipo que lucha por su propia vida y arriesga así las de otros. Alguien que luchó. Alguien que vivió. Y que ahora, en esa narración, existe: su historia es real porque efectivamente hizo algo, aunque pocos detalles se conozcan del modo, aunque poco se entienda de las causas y apenas más nada. Y Materna, un amigo, le había ofrecido a él, deshazte de esa estrella de una vez y vive, vamos, que te ayudamos y te escondes en una casa; hay quienes se arriesgarán por ti… Y, entonces, la duda ¿Por qué, por qué alguien se arriesgaría por mí? ¿Y por qué alguien acabaría con un gato de un tiro?
¿Qué hay aquí de la razón?
Ella, Ruzena, su amada, era la propia vida, el impulso mismo de vivir, porque sabía que tenía una valor: como mujer era quien era, su valor era ser ella misma. Él, Roubicek, como hombre, se encuentra a sí mismo al escribir, descubriendo que en el trabajo, con el sudor goteando sobre la tierra del cementerio, cargando bultos y cosechando verduras y, sobre todo, atendiendo su propia visión, compartiéndola por medio de la escritura, tiene también uno…
 

 

Asombra la sencillez de la prosa, la voz por completo al servicio de los hechos, la fuerza de la propia realidad transparentada.
El hombre débil, acaso cobarde de un principio, finalmente, se hace cargo de su libertad, de su propia esperanza. Una vez se reintegra, como dice, al género humano, empieza a interesarse por las noticias: ahora, literalmente, esa guerra de que lee es su guerra: en ella se juega su vida, acaso bajo una estrella más favorable.
Hay textos que obligan a escoger con especial cuidado las lecturas siguientes, no nos vayan a parecer absurdas, vacías…



Un comentario

  1. Maravilloso.
    Buscaré el libro.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *