Todo un personaje, o todo menos uno: En torno al trabajo de Tom Waits

Por Katiuska Molina y Luisa Deguile
  
No importa si la gente me odia, asumo que la mayoría lo hace. La pregunta importante es, si es que están en la posición de hacer algo al respecto
William S. Burroughs
  
El problema no es Dios, es la verdad; no es el héroe, son sus principios…
Es cuestión de perspectiva. Un héroe, necesariamente, es literatura. Por tanto, pasado e historia trascendente. Nunca presente. Un héroe no es una persona, es una encarnación.
Katiuska sonríe, luego sube el volumen del reproductor, se aparta levemente y lo señala con el vaso. Propone, al caso, un modelo distinto.
Ligero no equivale a superficial, para nada.
Le da al asunto la seriedad de una representante. Y son muchos a los que representa…

Tom. Él, su música. Como fuere, casi siempre precipita reacciones de un extremo u otro: Aunque la música y la voz misma puedan parecer a muchos las de un loco alcoholizado, para otros son las señas de un demonio empecinado en canciones de amor, sobre la vida misma.

 

 

Veintidós álbumes. Ha contribuido a un gran número de películas. Más de un centenar de temas suyos han sido objeto de nuevas versiones por otros artistas, entre ellos, Bruce Springsteen y Ramones. Varias compañías se presentan ante él y le piden: ¿puedo usar tu música? Pero Waits se niega. Hasta ahora ha tenido éxito en este sentido: protege su obra del sistema mercantil.
 
Las cosas, al modo que quiere…

Proviene de una clase media, pero opta por ser mensajero de los desposeídos. Tom se sitúa, digamos, en un límite delicado, en la posición de un hombre juicioso, como trovador de historias de pobres, las que hace llegar a una esfera en que sirven acaso de conciencia para todos, sin edulcorar. Mucha melancolía. Y conocimiento de aquello que al parecer ha quedado atrás, en la noche agreste, entre los pasajes arrasados del viejo laberinto del progreso.
En algunas entrevistas, Waits habla de sus orígenes.
En su infancia, debido al divorcio de sus padres, viajó muy frecuentemente. Él, desde chico, amaba los autos, amaba conducir, hacer camino. El padre de Waits era profesor de español; a veces llevaba a su hijo a México. Escuchaban juntos en el auto, música mejicana. Las ferias y carnavales le sorprendieron, dejaron en él una suerte de obsesión por los circos y otro tipo de montajes, más estrafalarios, más allá de lo simplemente popular.
 
Algo marginal. Y desde el margen suele verse con claridad…

Ya con una carrera considerable a cuestas, Tom cambia por primera vez de sello discográfico: quiere más independencia, y desarrollar su interés por ese extrañamiento sustancial de sus creaciones. La tendencia es evidente, por ejemplo, en su álbum de 1985 titulado Rain Dogs. Las influencias musicales extranjeras destacan como aspecto importante de la composición. Una de las canciones instrumentales más sorprendentes es Cementery Polka; órganos e instrumentos de viento en combinación con las percusiones crean una melodía de sinuosidad accidentada que realmente suena como si proviniera del borde con la muerte. Otras canciones, como Singapore, Walking Spanish y Burma Shave, evocan otras realidades.

 


Por otro lado, a los dieciocho años, Tom había descubierto a los Beat: Ginsberg y Kerouac, pero más adelante conocería a Allen en persona; cooperaría con él un tiempo. Bueno, y no es difícil relacionar On the Road de Kerouac con buena parte de la obra de Waits. Para muestra, la canción Ol’55: La letra, de hecho, celebra el acto mismo de conducir, andar por carretera; el héroe de esta canción ha partido de casa de alguien que lo echó temprano; está contento, sin embargo, porque tiene otro sitio para él: su viejo auto en movimiento.

 
Cabe preguntarse si acaso hoy, Waits cuestiona como antes. Si no es él mismo un símbolo de la nostalgia y, por tanto, garantía de que lo que hubo se fue para siempre, de que, por tanto, puede ser, extrañado, con todo derecho.
¿Y cuál es la causa permanente de este rebelde? Si su arte cuestiona, se abre él mismo a la cuestión.
Ha sabido vivir mejor que varios amigos suyos de ruta. Ha sabido construir, además, una vida más bien estable para sí.

 
Una influencia decisiva ha sido, al respecto, Kathleen Brennan. Se conocieron en un estudio con Francis Ford Coppola, mientras trabajaban en la película One from the heart. Se casaron en 1980 y han estado juntos por casi treinta y dos años. Brennan también compone, pero, según dice su esposo, no le gusta ser el centro de atención.
Después de que Kathleen se uniera a él, su trabajo comenzó a ser más colorido. Más esotérico, también. De todos modos, su interés por personajes extraños y desahuciados permaneció inalterable.
Varios críticos coinciden, de todos modos, en referirse a un periodo antes y a otro después de la aparición de ella.

 

Bien. Un protagonista. Su historia.
Hay personajes de reparto…

 
La labor que asumen muchos compositores es, probablemente, ver a su alrededor y cantar la propia vida, comentando los acontecimientos, la sociedad misma. Lenguaje y estilo, marcan su visión.
Algunos artistas crean un personaje; según la ocasión, mantienen ciertas poses. Si estas son auténticas o no, es difícil de saber.
Waits, por ejemplo, entre los parias…, estaba en su propio elemento…
En los Ángeles, eligió vivir en el Motel Tropicana, donde Hendrix y Janis Joplin vivieron también. Waits declara, luego, que sus vecinos eran strippers y proxenetas. Parece, sin embargo, que todo esto era también parte de su personalidad real, digamos.
Lleva a pensar que no le importa mucho cómo lo ven los demás, mientras no se metan con su privacidad.

Su música, su sonido, son auténticos, en el sentido de que pueden caracterizarse como fieles manifestaciones de su personaje, sin derivar de imitación alguna. Claro, deja ver sus influencias, pero solo a través de una transformación particular.
 
De una suerte de apropiación.
En su caso, es curioso…
 
Sí, cuando le preguntan acerca de una posible influencia, se niega rotundamente a aceptar ninguna. Dice que no escucha a otros artistas.
Está claro que se estilizó a sí mismo en cierta medida, pero esta estilización no es, digamos, insincera. No canta acerca de beber con prostitutas en el peor de los lugares sin haberlo experimentado. Todo, de primera mano.
La razón por la que la industria de la música aceptó a Waits, por la que él ha tenido éxito, es, ante todo, su música, genuina. Varias compañías, con departamentos especializados en crear de todo: conceptos y estrategias; imágenes y juegos para “nuevos artistas”, no tienen nada que hacer con Tom. Él ha venido haciendo su arte sin subordinarse a ninguna “imagen profesional”.
Es más bien un Rabble Rouser moderno. Puede mover masas apelando a sus pasiones y a sus prejuicios.
Aunque el término tiene una connotación negativa, en el caso de Waits torna solo en componente auxiliar de su vocación. Su franca simpatía por aquellos que están en lo más bajo lo impulsa a darles voz.
 
Felizmente, no como sentido vocero de almas doloridas, solamente. Esto equivaldría a hacer de ventrílocuo del caos… con aires de romántico. (Es curioso, por otro lado, que a muchos otros, ese rol les resulte atractivo, no solo por rentable, y que les haga pensar en valer como representantes de una causa más grande, al caso, la miseria o el deseo, simplemente.)
Waits elabora historias. No presta su voz a lamentos ni quejas como reflejos directos de lo vivido, si no como un extracto inteligible, que confronta. Se aprecia en buena parte de su trabajo, como dices, experiencia…

Algo que contribuyó en gran medida al éxito de Tom fue el montón de entrevistas que ofreció. En estas pudo mostrar a su personaje. Su capacidad de respuesta, su velocidad y astucia le permitieron perfilar un modo más o menos apropiado de entenderlo.
Es fácil identificarse con los protagonistas de las historias de Tom, esos solitarios, de corazón roto, melancólicos que viven, o desean vivir, en el límite de lo permitido…
 
La identificación, cuando no pasa de eso, cuando no representa más que una referencia seductora, el anzuelo (para dar paso, luego, a la cuestión de fondo, con el enfrentamiento a una visión compleja), apenas y complace…, se presta a crear, por tanto…, un público objetivo.
 
Y es precisamente el asunto del mercado el que caracteriza, quizá mejor que ningún otro, la visión de Waits.
Él protege sus canciones; nunca aceptó participar en ningún tipo de campaña publicitaria; ha dejado claro, por otro lado, que desprecia a los artistas que haciéndolo, según él, venden sus almas.
El caso más notorio se dio en 1988. Después de que Waits rechazara las ofertas del Dorito-Lay’s para incluir su música en un comercial, la empresa decidió actuar sin su permiso. Usaron Step Right Up en la voz de un imitador de Tom, modificando ligeramente el tema. La demanda llegó en 1990; Waits ganó, de modo que la compañía tuvo que retirar el tema y pagar al autor.

 

 

Asunto aparte es el de Waits en el cine. Ha cooperado con directores como Jim Jarmusch y Francis Ford Coppola.
Su primer papel fue pequeño: interpretó a Mumbles, un pianista de bar en la película Paradise Alley. En 1980, en Nueva York, comenzó a trabajar para Coppola como compositor de bandas sonoras. Como tal, fue nominado a un Premio de la Academia por la música para One from the heart. Luego, más música y más actuaciones. Quizá la más significativa de estas últimas haya sido la que tuvo con Jarmusch, en Down By Law. Hizo de un personaje que parecía perfecto para él, como tejido encima…

 
Un rostro, una marca. Era importante completar el cuadro…
 
Waits se estiliza a sí mismo en su rol de “agitador”. Su principal medio es la música. Pero ha logrado transmitir lo suyo, también, a través de su imagen, de su persona. Forma parte de la escena musical, pero sin haber sido absorbido por ella; prácticamente ha creado una categoría especial para sí mismo.
Todo un caso… Dice que no le gusta que otras personas hagan versiones diferentes de sus canciones y, como ya fue dicho, critica abiertamente a todo aquel supuesto artista que participa de las estrategias del Marketing. Sin embargo, los medios de comunicación jugaron un papel decisivo en desarrollar “su mito”.
Todas sus intervenciones y apariciones parecen tener un efecto duradero. Tom se reafirma en una posición inquebrantable. Hace cosas solo suyas y a su manera, que interpreta de la maldita manera que a él le plazca.
 
Si una obra es elocuente por sí misma, ¿qué cabe decir en torno a ella, como autor?
Por otro lado, ¿caben personajes fuera de la obra? Si la obra es en realidad más amplia que una sola de sus muestras, en este caso, ¿a qué apunta? ¿Y qué cabe, por tanto, decir como personaje?
¿Actuar? ¿De qué?
El problema no es Dios, es la verdad; no es el héroe, son sus principios…
Seguir a alguien no implica mayor problema si uno mismo se abandona, si deja de lado su propio pensamiento crítico; entonces se pretende actuar como agente de una supuesta voluntad superior. El asunto es que si parte de lo que creemos encontrar de la mano del héroe, es la verdad, si el camino que hacemos con él es en busca de alguna verdad, pues no caben ni absolutos, ni mucho menos saltos a ciegas; el absoluto, el sueño, con sus lamentos, se desvanece: debemos ir más allá de eso, amparados en el motivo, en una causa.
Si lo que el héroe hace es cuestionarnos, su camino nos atraviesa.
Solo se puede ser héroe de una historia pasada, ¿no? O alguien más simple, pero en múltiples sentidos, presente.



Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *