De lo ideal y lo fértil: Reflexiones a partir de una lectura de T. Szasz, en el ámbito de la educación

Por Juan Pablo Torres Muñiz
 
A la muerte de Szasz, parte de la academia psicoanalítica suspiró con culpable alivio: era el adiós a uno de sus críticos más duros. Por otro lado, muchos, dentro y fuera del mismo círculo, lamentaron su partida: las observaciones de Thomas daban lugar, frecuentemente, a fértiles debates.
La aguda, aunque muy discutible observación del Dr. Szasz, al empleo del término enfermedad mental en el ámbito de la Psiquiatría, resulta aprovechable para contemplar la posibilidad de su aplicación por analogía en ámbitos como el de la Educación. En este se da, de hecho con cierta frecuencia, una suerte de tipificación en exceso específica de ciertos extremos considerados perniciosos, así como una idealización parcializada de otras conductas bajo el sesgo de un credo, de una ideología o, sin más, del aliento de una época.
Szasz plantea que el término enfermedad mental ha dejado de servir como referente válido para la constitución de una disciplina, cuya buena intención, finalmente, también pone en entredicho; asimismo, plantea que el mismo término ha venido a reemplazar, con fines egoístas, al mito, antes común, de la brujería y otros similares, dando lugar a prácticas arbitrarias de consecuencias lamentables.
Transitemos: ¿Existe de veras una educación apropiada, óptima, ideal? Y, por cierto, ¿equivalen lo mismo, estas tres calificaciones? ¿Qué determina, en todo caso, si una conducta se encuentra objetivamente fuera de lo esperado como fruto del proceso de aprendizaje, y cómo garantizamos que este criterio sea justo, pertinente, útil más allá de un contexto puntual?

 

 

La educación no apunta a la cura de una enfermedad, sí, más bien, en términos generales, al aprovechamiento de una serie de cualidades aparentemente propias del ser humano, a fin de que cada individuo pueda gestionarlas de modo óptimo, a fin de obtener los logros más significativos para él, con impacto positivo en la sociedad. ¿Qué tanto se asemeja, en este sentido, el propio Psicoanálisis?
Partamos de entender que persona humana como concepto –y como tal, representación, construcción de lenguaje– comprende dos términos: personalidad y humanidad, cada cual componente destinado a diferenciar al individuo como Homo Sapiens, de otras especies, así como de sus pares en tanto sujeto único, consciente, valioso, irrepetible y social.
El término persona proviene del latín personae y refiere, en última instancia, a la composición compleja y adaptable con la que cada quien actúa, interviene en sociedad. Por otro lado, el término humanidad proviene del latín humanitas, que refiere a la cualidad de humano, en última instancia, por la consciencia de su propia finitud, a la que responde su afán de trascendencia –referencias de lo cual, encontramos en el empleo mismo de la expresión condición humana, hecho por Martin Heidegger, Hanna Arendt o André Malraux, así como en el desarrollo mismo del ensayo Del sentimiento trágico de la vida, de Miguel de Unamuno.
Bien, en atención a múltiples programas, entre ellos el del Bachillerato Internacional y los Enfoques del Aprendizaje, todos humanistas, podemos afirmar que, en general, la educación pretende lograr una gestión autónoma de aprendizajes en los estudiantes y, de paso, en los demás agentes del proceso educativo; a través de ello, por tanto, la generación nuevo conocimiento para cada quien y para la sociedad.
Al margen de la variedad de contextos y de culturas, este proceso parte, y sostiene como principio, procurar un conocimiento lo más hondo posible de uno mismo, del entorno inmediato y de la cultura local, ampliando el ámbito de conocimiento cada vez más, atendiendo la realidad global. Reconoce en el diálogo y la convivencia pacífica las mejores formas de intercambio intercultural y, finalmente, atiende las posibilidades de lo desconocido e incomprensible aún: las causas últimas, los fenómenos de causa racional remota y lo trascendente, a través de la exploración y la investigación con pensamiento crítico.
Es muy probable que el uso de un lenguaje constituya lo único en común de las diferentes culturas. La relativa ininteligibilidad de algunos no obsta a reconocerlos como sistemas aprehensibles, útiles y, finalmente, en buena medida traducibles. Entendidos como sistemas, los diferentes lenguajes constan esencialmente de una misma estructura funcional, y aunque esta nos resulta algo oscura todavía, sirve de partida y brinda sentido a su análisis y evaluación. Es, en consecuencia, posible atender el desarrollo de un lenguaje a la vez para promover y, luego, gestionar su más adecuado funcionamiento.
Para esto es importante atender, entender y, finalmente, sistematizar el lenguaje que se aborda; la idea es poder, después, acompañar al o a los sujetos que lo emplean, en su formación y adaptación en procura de su mejor funcionamiento a través del tiempo y en contextos diferentes.
Conviene recordar, al respecto, que la supervivencia del ser humano depende en gran medida de su capacidad de adaptación, que comprende fundamentalmente la habilidad de aprender y, de hecho, lograr nuevos conocimientos una y otra vez. He aquí el asunto: el problema y la cuestión de la empresa educativa.
Atendiendo debidamente el lenguaje en cuanto sistema, y también como medio, especialmente para la crítica continua a través del diálogo, es posible evitar excesos subjetivos y, en el extremo contrario, determinismos.
Para entender mejor esto último, o sea la forma en que dicho balance es posible, volvamos un momento, al principio:
Asombra cómo Szasz, en su ataque también al Psicoanálisis, se adelantó con acierto en cuanto a los hallazgos y propuestas de la Neurociencia en la década del año 2000 (al respecto, sin embargo, es recomendable leer a Steven Pinker, que no desdeña para nada el marco teórico de los arquetipos, construido por Jung). Llama más la atención, sin embargo, que Szasz inste, en cierta forma, a dejar de lado el aporte de Freud, influencia decisiva de Jung y Lacan, principal promotor del reconocimiento de la cultura, de la escritura y el ejercicio de la articulación del pensamiento tanto a nivel consciente como inconsciente, a través del reconocimiento de las estructuras de la narrativa simbólica. Dicho aporte (asimilado en el pensamiento contemporáneo en grado tal que resulta difícil reconocer lo reciente que es), constituye en buena cuenta, fundamento para el abordaje de una suerte de salud conductual individual basada en el refinamiento de sus estructuras –las del lenguaje y las del pensamiento– en comparación con el funcionamiento intelectivo de la persona humana en general.
Más allá de los límites a que llegaron las primeras terapias, la utilidad de este fundamento, aun comprendiendo términos hoy superados en varios círculos psicoanalíticos, como el de enfermedad mental, es significativo en cuanto a efectividad. Quien sea haya pasado por tratamiento psiquiátrico, reconocerá que la superación del problema fundamental no depende de un simple ejercicio de voluntad, ni de esperanzas, como tampoco de un simple desorden en el procesamiento de la serotonina y/u otros neurotransmisores –como bien señala Andrew Solomon en su obra El demonio de la depresión, por ejemplo.
¿Cómo, entonces, resolvemos el problema? ¿Cómo aprendemos de todo esto?
Aunque los seres humanos nos vemos sujetos a limitaciones evidentes desde el punto de vista de las ciencias, también es cierto que a través del desarrollo de estas, como de la ficción y, en última instancia, del propio ejercicio de la escritura (como articulación y, si se quiere, invención parcial de realidad o formulación de múltiples verdades), ampliamos nuestros horizontes, de cierta forma, al margen de los límites biológicos más básicos. Por otra parte, bien es sabido que la razón es una herramienta primordial, pero no constituye un fin en sí misma y no alcanza sola para entender –que no comprender– la complejidad de la vida. En todo caso, resulta paradójico que en la medida en que hacemos nuevos descubrimientos y abrimos puertas a nuevos conocimientos, establecemos, también, así sea por breve plazo, nuevas fronteras. En efecto, ampliamos nuestro uso de lenguajes y así, nuestro mundo.
Conviene advertir que el fin de la educación –conforme ha sido expuesto– consiste en el logro de la gestión de aprendizajes; por tanto, de la articulación funcional de conocimientos, lo que implica el desarrollo del pensamiento crítico. Esto garantiza consistencia, pero también y, sobre todo, versatilidad y adaptabilidad, a través de los sesgos de diferentes contextos. Siguiendo esta misma línea, un buen educador, no da simplemente respuestas, sino que desarrolla en el estudiante la capacidad de generar conocimientos, cuestionándolo. El diálogo es fundamental.
No es extraño que el Psicoanálisis, a diferencia de la Psiquiatría, no sea considerada una ciencia –tampoco entre psicoanalistas–, sino una disciplina que aunque implica en cierto grado el método científico, no se somete del todo a este, pues pretende abordar el desarrollo del lenguaje de una persona, mimetizándose con él, en parte. En ello, su relación con el diálogo educativo. Cuestión de saber aprovechar los conocimientos que ayuda a generar.
Nos movemos permanentemente entre dos tendencias in extremis: de una parte, la normativa racional y, de otro, la desafiante disruptiva (que prioriza el valor de lo irracional en sus distintas formas de constituir conocimiento). Un sistema educativo apropiado procurará la articulación de un lenguaje lo suficientemente consistente para sostener consensos y lo suficientemente flexible como para amparar o, al menos resistir, y aprovechar el ámbito de lo irracional; como en el arte, por ejemplo.
Sasz nunca atendió a ningún psicótico grave ni a ningún suicida. Él mismo se suicidó luego, defendiendo el derecho a la muerte voluntaria. No todos lo entendieron.
Un verdadero educador trabaja con todo tipo de “casos”: atiende y procura entender a cada quien como individuo e integrante de una sociedad, en pos de su funcionamiento “saludable”. Un auténtico educador acepta el diálogo, lo promueve.
 
 
 
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *