Poeta del asco: A partir de La moneda falsa, de Charles Baudelaire

Por Héctor Daniel Rosales Lobato
 
Baudelaire escribió un poema, nunca publicado en vida, llamado La moneda falsa; versa acerca de dos amigos que al caminar por los bulevares de París se topan con un mendigo, concediéndole una limosna inmediatamente, sin embargo, uno de ellos es mucho más generoso; al ver la superioridad de la moneda otorgada el narrador se sorprende, pero se sorprende aún más cuando el amigo generoso confiesa tranquilamente: “Era una moneda falsa”.
Pero en mi cerebro miserable, siempre ocupado en buscar lo que no se halla (¡qué abrumadora facultad me ha regalado la naturaleza!), entró de repente la idea de que semejante conducta por parte de mi amigo sólo tenía excusa en el deseo de crear un acontecimiento en la vida de aquel infeliz, y quizá el de conocer las distintas consecuencias, funestas o no, que una moneda falsa puede engendrar en manos de un mendigo. Pero él rompió bruscamente mi divagación recogiendo mis propias palabras: Sí, estáis en lo cierto; no hay placer más dulce que el de sorprender a un hombre dándole más de lo que espera. Entonces vi claro que había querido hacer al mismo tiempo una caridad y un buen negocio. Nunca le perdonaré la inepcia de su cálculo. No hay excusa para la maldad; pero el que es malo, si lo sabe, tiene algún mérito; el vicio más irreparable es el de hacer el mal por tontería.

 

  

Con base en este poema trataré presentar a Charles Baudelaire, curioso poeta decimonónico, su entorno social y lo que significa para el desarrollo del pensamiento contemporáneo.
La figura del mendigo: Baudelaire (1821-1867) trata de comprender un París invadido por el tedio y la desgracia, emprendiendo la modernidad derribando todo lo viejo; y la gran novedad de ese París es la irrupción de los miserables, los desposeídos, los excluidos que Baudelaire llamara “pobres”. 
La gran maquinaria capitalista empieza a transformar las grandes ciudades en centros industriales que atraen a miles de personas en busca de la “felicidad”; sin embargo, no todos pueden acceder a un trabajo asalariado, ¿la alternativa?, mendigar, prostituirse, robar, estafar, o morirse en las calles. Viejos edificios son derrumbados para dar paso a grandes bulevares llenos de negocios de todo tipo y personajes de toda clase; un espacio donde se podía tener intimidad en público y estar entre la gente a solas. Inspirado en este paisaje Baudelaire transmite el contraste entre las ruinas y los escombros del viejo París, oscuro, denso, aterrador, y las nuevas calles que permiten a los pobres descubrir una belleza a la cual no pueden acceder. Describe una sociedad que entra al capitalismo sin haber resuelto los problemas del feudalismo, y en consecuencia una transformación social única en la historia llena de belleza, algarabía, arte, ciencia, progreso, asco y miseria… mucha miseria.
Un cerebro miserable: Imaginémonos a Baudelaire vestido elegantemente de negro, con su sombrero de copa, bombín y toda la cosa, llegando a las protestas del 48, junto con los obreros y los estudiantes. Charles, eres grande, ¿vienes a apoyar la revolución? No, vengo a ver si encuentro a mi padrastro para meterle un tiro en la cabeza.
Su padre murió cuando él tenía 6 años y su madre se casó con un coronel al cual odiará toda su vida. Empezó su carrera como crítico de arte, sin embargo, su primer éxito fueron sus traducciones al francés de Edgar Allan Poe. La fortuna de su padre biológico le permite disfrutar de una vida llena de lujos, viajes y excesos. Su obra más destacada, Las flores del mal, es acusada de atentar contra la moral pública (1857), y no levantará su censura sino hasta 1949. La magia de la vida de Baudelaire radica no en el hecho de crear arte, sino  en el arte de convertir su vida en un hecho estético. Estetiza su existencia en todo momento, cuando camina por París, cuando respira, cuando se droga, cuando hace el amor con sus novias mulatas y prostitutas quienes le contagiarán la sífilis que no lo abandonará en toda la vida, llevándolo a una muerte lenta y dolorosa el 31 de agosto de 1867 a los 46 años.
La moneda falsa: ¿De qué habla Baudelaire en sus poemas? De lo que todos los poetas hablan, del amor, de la muerte, de las mujeres, sin embargo, su diferenciador serán los  temas que su época le permite: la modernidad, las condiciones de creatividad, pero sobre todo la fealdad, el asco, lo horripilante y devastador que es el París que le tocó vivir. Elogia lo que no se podía, a las rameras, a la miseria, al asco, a satán, al hachís, al vino; es uno de los primeros poetas que empieza a configurar una estética de la fealdad, de una fealdad consecuencia directa de la modernización capitalista. Este nuevo sistema económico es la moneda falsa, pues genera belleza para los que están adentro y fealdad para los de afuera, y un poeta, dice Baudelaire, debe tener una pata en cada lado.
 
¡Oh Satán ten piedad de mi larga miseria!
Gloria y loas a ti, Satán, en las alturas del cielo donde reinas
y en las profundidades del infierno en el que sueñas,
vencido y silencioso, haz de mi alma, bajo el Árbol de la Ciencia,
como una iglesia nueva sus ramajes expandan.*
 
Pero, ¿cuál es el problema de fondo que condiciona la obra de Baudelaire? Si bien no hace filosofía en el sentido metodológico de la disciplina, vemos en su obra, al igual que en Marx o Nietzsche, un profundo análisis de lo que sucedía en su entorno, pues expresa en sus textos el clamor de un tiempo que no puede comprender, y lo que no puede comprender es el problema de lo moderno. Hay una conciencia central de lo transitorio, todo el tiempo pasa sin detenerse; existe un elemento efímero que nos arroya y nunca terminamos de comprenderlo, porque lo propio de la modernidad es el cambio, la novedad, la transformación, y se vuelve angustiante al revela un mundo efímero que nos devuelve a la conciencia originaria de nuestra mortalidad.

 

 

Lo efímero no es una creación de la modernidad, pero es en ella donde se vuelve consciente. ¿Cómo detenemos un mundo cambiante? Mediante paradigmas: Dios, la racionalidad, la cultura, los valores, la ciencia. Lo que hizo la modernidad es derribar esas grandes metáforas que intentaron contener el problema del cambió. Todo pasa, pero lo verdadero permanece, y esto era cierto hasta antes de su llegada, pues esos grandes diques contenedores que ordenaban al mundo explotan, y Baudelaire es uno de los grandes detonadores poniendo de manifiesto la belleza de la fealdad, de lo asqueroso.
 
¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo, 
Oh Belleza? Tu mirada infernal y divina,
vuelca confusamente el beneficio y el crimen,
y se puede, por eso, compararse con el vino.
 
Lo que ganamos al leer a un tipo como Baudelaire es darnos cuenta del hecho, no que Dios no exista, sino la posibilidad de que sea un Dios malvado, o peor aún, que sea un Dios apático y valemadrista al que no le importamos o no le simpatizamos. Así es, es probable que seamos los hijos malditos de la historia, pese a esto, gracias al arte y a tipos como Baudelaire, nos damos cuenta que somos capaces de reafirmar nuestra humanidad aún en el foso más profundo y lleno de mierda, en la desgracia, en la inconmensurabilidad del asco y del tedio.
 
 
* Traducción de Manuel J. Santayana. para Vaso Roto.
 
 

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